Opinión

Delgado hilo

Para nadie es un secreto la creciente inconformidad social que se expresa en México en las semanas recientes. Marchas, plantones, protestas en varias ciudades del país parecieron el tono dominante al cumplirse los dos años de este gobierno.

Ese sentimiento de molestia, de cansancio, de hartazgo de autoridades e instituciones detona ciertamente a partir del trágico caso de los normalistas de Ayotzinapa, pero en dos meses ha crecido en múltiples direcciones y sentidos.

Uno de ellos es la legítima expresión de un sistema caduco, inoperante, viciado y corrupto que construye alianzas y pactos con grupos criminales. Es el caso de Abarca en Iguala, de Aguirre en Guerrero quien, por lo menos por omisión, es también responsable indirecto de las docenas de fosas que se suman cada semana. Todo indica que existió ahí un auténtico sistema de eliminación, crimen y desaparición de gente que pasó desapercibido por las autoridades, o se hicieron cómplices del proceso.

Pero otro hilo distinto, difícil de seguir y retratar con total claridad, es el de fuerzas que aceitan y avivan conflictos y grupos violentos como los que vimos en Paseo de la Reforma el pasado 1 de diciembre.

Son dos corrientes que se juntan, la segunda pretendiendo fundirse en la primera y colocando a las autoridades en una difícil disyuntiva. Nadie está en contra de la libre expresión y manifestación de quejas, críticas y cuestionamientos más que justificados.

Pero eso dista sensiblemente de la evidente y ostentosa violación de los derechos de terceros, de delitos claros que no sólo dañan propiedad privada, causan repercusiones y consecuencias que afectan la actividad comercial y económica, sino que perjudican profundamente la imagen de este país en el mundo.

¿Aquí es dónde quieren venir a invertir docenas de empresarios después de ver esas imágenes en la televisión francesa, alemana, española, británica? ¿Aquí es dónde les aseguramos marco jurídico, Estado de derecho, respeto y protección a sus inversiones, crecimiento de industria, etcétera?

Existe sin duda una inconformidad ciudadana por un estado incapaz de renovarse, de innovar en diálogo y discurso con la ciudadanía, pero existe otra inconformidad igualmente grande y de crecimiento extendido, que se encuentra cansada de ver a un gobierno acosado, arrinconado por grupos de presión, por delincuentes y vándalos callejeros. Es muy delgado el hilo que divide a un cansancio del otro, si bien en sentido opuesto, pero igualmente inconforme con los hechos que vivimos.

La distorsión en la defensa de los derechos humanos en México ha conducido al exceso de que un grupo de “abogados y defensores” de la CNDH escoltaran hasta el acceso del Metro a un grupo de los belicosos manifestantes y vándalos comunes que rompieron y destrozaron a su antojo el 1 de diciembre en Reforma.

Distorsión total confundir a abogados con escoltas, a juristas estudiosos y defensores del derecho, con activistas políticos que rebasan funciones y atribuciones al proteger a delincuentes. ¿Tienen derecho a romper y dañar a particulares porque la causa de una protesta –a la que no pertenecen de hecho– es justa y legítima? ¿La defensa de un derecho, el de libre expresión, puede colocarse por encima del derecho al libre tránsito, a la protección de la propiedad, a la seguridad ciudadana?
Me temo que son respuestas que hoy no tiene nadie, mientras que la realidad descompuesta y distorsionada que vivimos, orilla a la confusión, al extravío.

Un exceso más es el de la liberación automática de los belicosos, que salen y se les celebra como héroes de un proceso de derechos humanos. Error, falso, eso no así.

México no es la Sudáfrica del Apartheid, ni los jóvenes violentos de Reforma o la Puerta Mariana son héroes de nada. Son la expresión radical, extremista, del deterioro de las instituciones, de la desaparición total de credibilidad por parte de la ciudadanía.

¿Aguantará el hilo? ¿Hasta cuándo? ¿Cuál se romperá primero?

Twitter: @LKourchenko