Opinión

Del cocol (parte 1)

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Carlos Salinas de Gortari

Uno. Al igual que acontece con las Letras, la Política Mexicana exige, para su estudio, una perspectiva que no disocie, antes funda, los siglos XIX y XX. Únicamente de esta suerte podrá desentrañase lo que va del XXI, a la Buena de Dios. Del todo previsibles, salvo alguna sorpresa, los resultados electorales del 7 de junio de 2015, despejan el camino a una clase política (dictadura de partidos), improductiva e insaciable, el mismo elenco desde los 70’s; y una Nación sin GPS. Lo asombroso es la nutrida concurrencia de votantes, por tratarse de una justa intermedia y el galopante descrédito de la oferta. Electorado en Busca de Expresión.

Dos. Explico lo de los siglos XIX y XX. Metafóricamente, el México Moderno y Contemporáneo, es hechura de tres movimientos de placas tectónicas, subsuelo profundo abisal. La Independencia, la Reforma y la Revolución. Los de la Democracia y la Neo – reforma (por llamarla de algún modo), son desplazamientos de superficie. Sólo electoral, electorera, una. Privatizadora, economicista, laboral, recaudatoria, de cúpula en lo medular, la otra.

Tres. Sin escapar a la pulsión del Poder, a toda costa y caiga quien caiga, pero no última ratio, Independencia, Reforma y Revolución mamaron ideología. Democracia y Neo –reforma, no. Más bien la excluyen, evaden, exorcizan. ¿Pescó usted alguna idea en la idiota “espotización” electoral? Industria millonaria de lo sandio.

Cuatro. En la Independencia se debatió, con ideas y armas, el punto fundamental de la Soberanía. Se logró frente al Imperio Español; quedó pendiente frente a la Iglesia. Poder, este último, esquizofrénicamente, intemporal y temporal.

Cinco. De gran riqueza fue el debate doctrinario de 1808/1810 – 1821, y aún después. O sujeción sin chistar, quién manda y quién obedece. O sujeción modernizadora, al modo de las Monarquías Constitucionales, pero sin perderse, en esencia, la condición colonial. O, para todas las Posesiones de Ultramar, adelantado Comonwelth. O desprendimiento total, como ocurriría. Todo razonado. Argumentación de lo uno, lo otro, lo esotro, aquello.

Seis. Confieso que sigo aguardando, Novela, Historia Contrafactual, Ficción Histórica o Divertimento, el relato de la Fórmula Carioca aplicada en la Nueva España. A nuestras tierras virreinales vienen a parar, escapando de Napoleón I y Pepe Botella, el Rey Fernando VII y su Corte. Travesía incómoda, de pesadilla, a través del Atlántico, con tantas galas, pelucas y afeites. Hato real maloliente y peor alimentado. El calor y la insalubridad de Veracruz matan a más de uno, pero no al desagradable de llorar Rey. En la Ciudad de México, siguiendo la ruta del comercio de la Nao de China, por el contrario, mi tocayo y cortejo son recibidos con Arcos alusivos, Certámenes de Poesía ditirámbica, Pendones y Tedeums. El Castillo de Chapultepec a modo del Palacio de la Zarzuela. La Alameda a modo de Parque del Buen Retiro. El Zócalo, Plaza Mayor (nada que ver con la clonación de la ajamonada Cibeles).

Siete. Las Reformas Borbónicas, tan escasamente estudiadas, significaron el inicio de la Tecnocracia entre nosotros. Tradición en la que se inscribirán, sin saberlo, Miguel de la Madrid y su adelgazamiento del Estado (hoy bulímico, anoréxico; no el Gobierno, glotón, adiposo); Carlos Salinas de Gortari y su apertura forzada al Mercado Exterior (norteamericano en realidad, no nos hagamos bolas); y Enrique peña Nieto y su neo-reformismo. Que, al parecer, si no hay golpe al timón, seguirá la suerte del régimen dietético aderezado de emplastos de moralidad, de don Miguel; y del primermundismo, chafa a la postre, de don Carlos.

Ocho. Historia nacional decimonónica: hiperideologización. Liberales versus Conservadores, Monárquicos versus Republicanos; la pendencia Realistas-Insurgentes por otros medios. Triunfo Liberal. Con todo y su “Mexican Moment” y su “Saving Mexico”: I867-1868. Triple definición medular. De organización política: SÍ a la República, NO a la Monarquía. De lo público laico: Leyes de Reforma. De la educación como espacio de observación y experimentación: Escuela Nacional Preparatoria (Alma Mater, a comienzos del siglo XX, de la Universidad Nacional de México).

Nueve. Traje a cuento la patria literatura. De 1868 es el primer intento de emancipación. Esto a través del hijo de Tixtla Ignacio Manuel Altamirano, su propuesta de literatura nacional y propia, su revista El Renacimiento. Reconciliación de bandos enemigos. Privilegiándose los dos géneros más sociales de la hora: la Novela, el Teatro (la Elocuencia, la Oratoria, la traían por dentro, unos y otros, jacobinos y mochos).

Diez. Ideología, ideología, ideología, ideología. Políticos pensantes. Y no poca gasolina echan al fuego doctrinal, arrasador, las intervenciones francesa (ingleses y españoles le sacan al parche) y norteamericana. Fuente de la Segunda Independencia la primera intervención. De un nacionalismo anti-imperialista e hispanoamericano la guerra con Estados Unidos, que amputa la mitad del territorio original (pero que, en reconquista, se mexicaniza cada 24 horas, y no sólo con Taco Bell y Pollo Loco). ¿Dos ejemplos preclaros de ideario nacionalista, de liberación nacional e hispanoamericano? Respectivamente, el vasconcelismo educativo de los 20’s, el cardenismo de los 30’s.

Once. En el momento y retrospectivamente, el efímero Imperio de Agustín I, y el efímero Imperio de Maximiliano de Habsburgo, tienen efectos progresistas. El primero citado, al exacerbar la vena republicana, federal o centralista. El segundo, al escenificar un monarquismo liberal de avanzada (y no sólo trazar el Paseo de la Reforma, que algunos, ya no muchos, vivimos en su señorial armonía porfiriana; ni sombra hoy, de lo que fue).

Doce. Fruto de la Independencia, fue un Estado-Nación con su Capital Federal y de campiña el Distrito Federal (hoy, improvisadamente, “grillescamente”, la Ciudad de México se ve amenazada de ninguneo cuando no bocabajeo).

Trece. Fruto de la Reforma fue un Estado Liberal, que construye la Restauración de la República y remata el porfiriato (dictadura sui generis obsesionada por el acatamiento formal de la ley).

Catorce. Fruto de la Revolución fue un Estado Nuevo Revolucionario, a cuya factura, aunque algunos historiadores y politólogos no lo crean, concurrieron, en sus particulares circunstancias, Venustiano Carranza (Madero apenas tuvo tiempo de respirar en 13 meses de conjuras; de Victoriano Huerta mejor me callo), Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, los del Maximato y el que manda a paseo al Maximato y, llegado el momento, al propio Jefe Máximo de la Revolución. Hablo por supuesto de Lázaro Cárdenas. La cosa cambia a partir de Manuel Ávila Camacho. Aunque no hasta el extremo de aniquilar los fundamentos estatales.

Quince. Por fundamentos del Estado Liberal y del Estado Nuevo Revolucionario (y aún del Estado-Nación), aludo a: Soberanía, Territorio, Población y, nota radical, el uso legítimo de la violencia (reparo que a esta atribución punitiva del Estado, que la sustrae y prohíbe a los particulares, dediqué mi tesis de abogado penalista).

Dieciséis. De Luis Echeverría en adelante, se desquician, niegan, desoyen, reforman a la mala, desconocen, unos más otros menos, Soberanía, Territorio, Población y Violencia Legal.

Diecisiete. Continuará.

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