Opinión

Del cocol (3)

 
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Arturo Escobar, dirigente nacional del PVEM, durante una sesión en la Cámara de Diputados. (Archivo/Cuartoscuro)

Uno. Vengo sosteniendo que la vergonzosa realidad política vernácula, obvia pero perniciosa, ha terminado por embotar el juicio crítico (aquel de Cabrera con el porfiriato; de Cosío Villegas con el alemanismo; de don Daniel otra vez y García Cantú con el echeverriato, donde todo empezó a descomponerse).

Los hechos sobrepujan a su análisis. Éste, salvo excepciones contadas, o se declara en derrota, o toma partido, o se anquilosa.

Dos. Salvo excepciones, insisto, comentaristas, editorialistas, novelistas habilitados de opinantes, académicos sacados del cubículo, nos las hemos visto duras para sortear tal cúmulo de oportunismo, malabares, acusaciones, evidencias que no lo son, inconsistencias en cadena, manejos torcidos de la ley, jeremiadas.

Quedan en la superficie hueso duros de roer.

La idiota “espotización” que, días tras día, mes con mes, ofendió la inteligencia nacional (y siguen transmitiéndose las paparruchadas del, digamos Partido, del digamos Humanista).

El criminal gasto electoral sobre el que partidos y autoridades electorales guardan conmovedor silencio.

El absurdo anuncio por parte del INE del trabajo hecho por la UNAM en el monitorio de tiempos electrónicos de los partidos (¿a quién sirvió? ¿con cuáles indicadores se cotejan?).

El grado cero de ideas en la verborrea de los capitostes de los 10 partidos (¡albricias!, dos menos).

De hecho, sobre el último punto, se antoja una antología del disparate con lumbreras del pensamiento político de la talla de (orden histórico) Camacho, Madero, Navarrete.

Tres. Como quedan en la superficie, en términos de una crítica innovadora, capaz de romper el círculo vicioso que nos paraliza:
El resultado real de la disputa por el botín de dos mil cientos y pico cargos de elección popular.

La calculada desobediencia electoral de los “Verdes”.

El significado profundo de un electorado en busca de expresión política y el porcentaje de votos anulados.

La corriente de candidatos independientes más allá de la anécdota (El Bronco, El Bronquito, El Bronquititito).

El publirrelacionismo, ausente de la menor autocrítica, que la Presidencia de la República hace del resultado electoral (dos Méxicos opuestos: el de la crisis cotidiana con atonía económica, y el Los Pinos que nos retrotrae al salinismo y al foxismo).

El “ahí muere” de brutales expedientes abiertos (cito dos: Tlatlaya, Iguala).

Cuatro. No poco tiempo he dedicado a la lectura de estadísticas, cuadros de tendencias, numeralia, interpretaciones a diestra y a siniestra. No me place, antes me preocupa, mi insatisfacción.

Nos anclamos en la Picaresca o, mejor, en una mixtura de Nota Roja y Telenovela (la vieja, la que Televisa se empeña en mantener en el aire, la que sacó de balance pero a la postre abandonó Televisión Azteca).
Verdaderos garbanzos de a libra los que fijan el descrédito general: del Gobierno (reconocido por cierto por una guapa y discreta funcionara federal); del sistema de partidos, partidos grandes, de relleno y emergentes; de la alta burocracia arbitral, toda asesores (estado terminal de aquella “ciudadanización” que tantas infundadas esperanzas despertara en los 80’s y que devino en Bolsa de Trabajo y organismos autónomos).

Cinco. Podemos rumear, hasta el bagazo, los resultados del 7 de junio. Bromear con el triunfo de Cuauhtémoc Blanco en Cuernavaca, olvidando la tradición futbolera de Morelos con los equipos Marte y Zacatepec (a ambos alcancé e verlos jugar).

Podemos, por el contrario, regocijarnos de que, pese a la oligofrénica publicidad que atascó intangible las onda hertzianas y tangible postes, bardas, autobuses; pese a la miseria política de los partidos contendientes; pese a la ausencia francamente grosera de oferta ideológica digna de tal nombre; etcétera, etcétera; el electorado acudió a las urnas más allá de lo estimado para elecciones intermedias.

Cinco. En efecto, el electorado toleró el chipichipi, la tardanza en la instalación de muchas casillas (la mía, hacia las diez y media), la ausencia a última hora (imperdonable) de funcionarios de casillas. Llegó, votó, anuló, lanzó la pelota a los poderes Legislativo y Ejecutivo (y a los mejor, inconscientemente, abrió la demanda de la votación ciudadano del Judicial).

Pero, ¿y lo por venir? ¿En tan deplorable situación llegaremos al 2018, a la vuelta?

Seis. Para terminar, apunto que también ha escapado a la atención crítica, tratadas a fondo, algunas comparaciones que nos vienen como anillo al dedo.

Con la Argentina post-post.-post-post peronista.

Con el estruendoso fracaso español de la Alternancia, herida de muerte, antes por la corrupción de los políticos y el desahucio de propietarios insolventes, ahora por Podemos y Ciudadanos (apropiados de las alcaldías, respectivamente, de Madrid y Barcelona).

Y, desde luego, con Italia.

La de la Democracia Cristiana y el Partido Comunista Italiano; pinzas que sacrificaron a Aldo Moro.

Y advierto que, para iluminarnos, no sólo contamos con las novelas político-policiales y las agudas reflexiones de Lenardo Sciascia, siciliano experto en Vieja y Nueva Mafia (sólo adelanto que entre los rasgos de la segunda está la mediocridad y el haber penetrado, ya, la estructura del Estado).

No. Asimismo contamos con las jugosas memorias de Indro Montanelli, periodista e historiador que recorre el siglo XX (cenó con, y entrevistó a, Evita Perón). Adelanto una de sus categorías de análisis, cuya autoría reconoce a Pánfilo Gentile.

¿Qué categoría?

¿Le suena a usted?

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