Opinión

Del cocol (2)

 
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Morena. AMLO.

Uno. M. L. Guzmán, uno de los más incisivos analistas (y narradores supremos, claro está) de nuestra vida pública, exilado una temporada en Nueva York, afirmó por los 20’s del siglo anterior, que, para la política norteamericana, somos tan sólo un “argumento de partido” en las contiendas electorales. Demócratas y Republicanos, ya sabe usted.

Dos. Hoy por hoy podemos afirmar que presidentes gringos suceden a otros, se desatan guerras, se mantienen o surgen problemas binacionales (migración, narcotráfico), y la situación sigue la misma. Y ya se desató la carrera por la Casa Blanca (la de Washington).

Tres. Así pues, en la política allende el Bravo (como se estilaba decir), no encontramos consideración alguna sobre una Nación, la nuestra, cuya historia se equipara a la de civilizaciones clásicas.

Cuatro. Porque cubre eras; vive ardua construcción; posee una grandeza cultural cuyo principal signo actual es la resistencia; tan racista como allá; protagonista de episodios legendarios; atravesada por la desigualdad y la inequidad y, de intensas luces y cargadas sombras; pero bastante para fraguar tres revoluciones.

Cinco. La Revolución de la Independencia de España. La que separa a la Iglesia del Estado y laiciza la sociedad, al término de dos simulacros de Imperio y dos intervenciones extrajeras. La de los Planes de San Luis y de Ayala y, remate, una Constitución de agenda y garantías sociales. Tamaña historia no interesa a la política norteamericana. Allá ella.

Tres. Lo grave, lo oprobioso, es que para los partidos políticos autóctonos, un titipuchal, la Nación Mexicana sea también un mero pretexto electoral. Cuando debería constituir su razón de ser, su leitmotiv; dándose por supuesto, sólo eso faltaba, una instintiva pulsión por el Poder (para eso son partidos y lo integran, se supone, políticos).

Cuatro. Lo indudable es que logrado su objetivo, el certificado de legitimidad expedido por el electorado (no le queda hasta hoy de otras), la Nación, su proyecto (y vaya que el momento lo reclama a gritos), pasan al olvido y al ceremonial oratorio (bastante a la baja).

Cuatro. El botín del Poder, y su secuela de privilegios, canonjías, impunidad, ocasión de “moches” (¿quién se acuerda de los prodigados por el panismo?), nicho de negocios; no los Destinos Nacionales; explica las cifras que arroja la contienda.

Cinco. Cifras, hasta donde alcanzo, que no han merecido, más allá de su fría mención, detenidos análisis. Veinticinco mil candidatos. Dos mil doscientos y tantos cargos de elección popular. Con razón el forcejeo, los asesinatos, las malas artes, el chantaje, los acarreos de todo signo; esto en medio de un manoteo pos electoral no menos calculado.

Seis. Tiempo de tribunales que quitando aquí, entregando allá, no modifica el cuadro esencial. Gubernaturas, diputaciones, la Asamblea del DF, presidencias municipales, delegaciones políticas también del DF, repartidas entre los que pasaron del requisito manga ancha del tres por ciento.

Cinco. De previsibles deben tomarse, a fe mía, los resultados de la “fiesta cívica” del domingo 7 de junio (“Domingo 7”). Sobrevive, no sin pérdidas fuertes, el PRI; el Verde a su sombra (¿o al revés?). Bajón del PAN. Caída del PRD gracias a MORENA. Subidón de éste último merced, sobre todo, a las defecciones del PRD. En peligro de desaparición el PT, puntada si no recuerdo mal del salinismo.

Seis. El partido que ostentó desvergonzadamente la enseña del Humanismo, que no por vivir honda crisis de identidad y papel social, queda al mejor postor, a freír espárragos. Y con lo que costaron las paparruchas que nos asestó en radio y televisión. Cursilería engolada.

Siete. Modalidad arrebata a la partidocracia, dos que tres candidatos independientes se imponen a los cobijados por los partidos y su voto “duro”. Que en Nuevo León, Guadalajara, Morelia resulto sin puños.

Ocho. Y total, los “líderes” de los partidos principales ya con su salvoconducto a las curules. Sin campañas, sin méritos, de probada mediocridad. Con todo y camarillas, pandillas si usted quiere y relojes de marca. Que a los mejor van corriendo sus manecillas para atrás.

Ocho. La verdadera sorpresa, a fe mía, deriva de la copiosa asistencia y del no muy elevado porcentaje de votos anulados (el mío, más que anulado, grafiteado).

Nueve. Copiosa concurrencia pese a tratarse de elecciones intermedias, de la idiota “spotización” cuyo número y costo sacan chispas, del retraso con que se abrieron no pocas casillas y de la inasistencia de numerosos funcionarios electorales.

Nueve. Si la oferta ideológico-política era inexistente, lo que se impone es la certeza de una Electorado en Busca de Expresión, imponiéndose al margen de los partidos y de sus instancias arbitral y judicial.

Diez. ¿Qué viene? ¿Qué hacer como se preguntó Lenin? Advierto, y no soy el único puedo jurarlo, dos caminos. En primer término, la sonsera y aburrimiento de las auto justificaciones.

Once. Sin nada nuevo que ofrecer, con su proverbial pero no próvida retórica, el PRI.
Doce. Envalentonado, muy al estilo fanfarrón de su dirigencia, el PAN.

Trece. Intelectual, quién iba a pensarlo, el PRD (va a convocar a académicos y críticos a mesas de análisis, ¡guau!).

Catorce. Fundamentalista, “No me toques”, como era de esperarse, MORENA.

Quince. Por su parte, La Presidencia de la República en plan tierno, enarbolando la humidad (¿y la auto crítica, a qué horas?), quizá para que no se alebreste el cotarro con otro viaje internacional, de utilidad incierta, encima.

Dieciseis. El INE, por la suya, en plan New Edge, anticipado abraso navideño (después de tamañas broncas). Abrazos, albricias, gratitudes, reconocimientos.

Diecisiete. El Jefe del Departamento de Distrito Federal, gran perdedor, en plan tautológico: la división de la izquierda divide a la izquierda.

Dieciocho. ¿Y el otro camino? Tema de la próxima entrega.

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