Opinión

Del Amexit al Brexit

 
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Brexit

La Revolución Americana no fue, como muchos creen, una rebelión contra el rey Jorge III. A quien se oponían Jefferson, Washington, Adams, Madison y los demás era al Parlamento británico. Lo que los convenció de buscar la independencia fue la absoluta falta de respeto con que Westminster trataba a las Asambleas, que desde décadas atrás existían en las colonias.

En la medida en que definieron sus propios objetivos, se profundizó el conflicto de jurisdicciones. El Parlamento en Londres cada vez se percibía más ajeno a los intereses locales. El punto de fricción era que un cuerpo político lejano, en el que no tenían ni voz ni voto, tomaba decisiones por encima de otro cercano y legitimado.

Los colonos se enteraban cada mes de nuevos impuestos y regulaciones al comercio que los perjudicaban, y muy poco podían hacer para evitarlo. Mandaron a Benjamín Franklin a que alegara con los parlamentarios y, a pesar de las buenas formas y razones del sabio, resultó inútil.

Precipitó la guerra el boicot y las acciones más directas que debieron que tomar los patriotas cuando eso no les funcionó. Destacadamente cuando algunos, disfrazados de indios, tiraron al mar los sacos de té que llevaba un barco de la East India Company, empresa favorecida por la Corona a costa de los de Nueva Inglaterra (la famosa Boston Tea Party). En seguida, torpemente, los ingleses impusieron serias restricciones a las libertades que hasta entonces habían tenido los habitantes de las trece colonias (lo que se conoció como las Leyes Intolerables).

Eso los unió en torno a un programa republicano: soberanía popular, separación de poderes, igualdad ante la ley y, sobre todo, el consentimiento de los gobernados. No más impuestos sin representación, no más decisiones que los afectaban tomadas por personas que no habían sido elegidas por ellos.

Se repite la historia. En el viejo continente la gente no se siente bien representada en el Parlamento europeo; considera que éste ha abusado de su poder pasando “leyes intolerables”, que nunca hubieran sido sancionadas por sus respectivas diputaciones.

Para peor, el Europarlamento ha querido validar su autoridad por medio de referendos, y cuando el voto de la gente ha rechazado lo propuesto, les ha dado la vuelta y ha acabado imponiéndose. Eso pasó en 2005: el intento de aprobar una Constitución Europea mediante un referéndum fracasó por la oposición de los votantes franceses y holandeses. Tres años después los jefes de Estado firmaron el Tratado de Lisboa, que vino a ser casi lo mismo.

El creciente intervencionismo de Bruselas en todo tipo de asuntos ha suscitado continuas desavenencias con las legislaturas y con los sistemas judiciales de los países miembros. Los mismos presidentes se sienten desplazados por una burocracia autorreferencial y duplicada, ineficiente y costosa, que lanza directivas sin tomar en cuenta las circunstancias de cada país; una Comisión que se arroga decisiones que no le corresponden y cuyos errores de política económica son frecuentes.

El asunto es el mismo que en América hace 250 años: la autodeterminación, gobernarse a sí mismos, no ser tratados como colonia. En el caso británico, repatriar competencias que fueron delegadas a la UE y sobre las que no se rinden cuentas.

Desde luego hay otras consideraciones (la inmigración, la presión sobre la seguridad social, el déficit comercial, la deuda impagable, el predominio de Alemania, el terrorismo), pero en la decisión que hoy tomen los británicos -y quizá pronto los polacos y los escandinavos- está presente el resentimiento hacia órganos de gobierno supranacionales, deficitarios en legitimidad.

La salida de Gran Bretaña de la Unión Europea le supondría innegables costos, pero también sería la oportunidad para desregular sus mercados (señaladamente el financiero), renegociar sus acuerdos comerciales y replantear su papel en el mundo multipolar. Para la UE implicaría un fuerte incentivo democratizador: más integración sólo si hay mejor representación.

En el Congreso Continental (Filadelfia 1776) muchos hicieron advertencias catastrofistas y llamaron a la prudencia. Incluso alguien de indudable patriotismo como John Dickinson no firmó el Acta de Independencia. Pero fueron más fuertes los anhelos de libertad. En perspectiva histórica, no les fue nada mal.

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