Opinión

Déjà vu: populismo y xenofobia en Europa

1
    

      

Merkel

Los populismos, sean de izquierda o de derecha, ofrecen a los votantes 'soluciones' aparentes a los problemas que enfrentan sociedades que rechazan la globalización, al considerar que pierden control sobre su entorno tradicional. Los ciudadanos encuentran opciones atractivas en los políticos que enarbolan estos discursos frente a los políticos de siempre. Donald Trump es parte de este grupo de políticos que se nutren del desencanto con la democracia liberal en los países occidentales.

En Austria el pasado domingo 24 de abril Norbert Hofer, candidato del partido de extrema derecha –Partido de la Libertad de Austria, FPÖ, por sus siglas en alemán– fue el más votado (36 por ciento) en las elecciones presidenciales de Austria. Algunas de las causas que explican el triunfo de Hofer son el desgaste de los partidos mayoritarios –el ÖVP (conservador) y el socialdemócrata–, el terrorismo, la crisis de los refugiados y el deterioro en las condiciones de vida de los austriacos. La llegada masiva de extranjeros fue el catalizador. En 2015 transitaron por Austria casi 750 mil refugiados –que representan casi 10 por ciento de la población de ese país– y se recibieron alrededor de 90 mil solicitudes de asilo. El discurso del FPÖ no es atípico en la vida pública de Austria. Hay que recordar la elección de Karl Lueger como alcalde de Viena en 1897, cuyos discursos antisemitas inspiraron al joven Hitler. Más recientemente, en 2000, el FPÖ formó brevemente un gobierno con el conservador ÖVP, ante el escándalo de la comunidad internacional.

Mientras tanto, en Alemania las políticas de asilo que ha propuesto la canciller Ángela Merkel radicalizaron el espacio público de ese país. Si bien a lo largo de los años habían persistido grupos marginales 'neonazis', la prosperidad económica de ese país y el sentimiento de culpa histórico, compartida por la mayoría de su población, habían impedido que trascendieran partidos políticos de ultraderecha, que postularan romper con el orden establecido y los valores de la pluralidad.

Fue apenas en 2013 que la joven política y empresaria Frauke Petry fundó el partido Alternativa para Alemania (AfD, en alemán). Con un programa euroescéptico, desde 2015 ha añadido el descontento por la crisis de refugiados. Las ideas que enarbola este partido son que el islam no forma parte de Alemania y proponen impulsar la asimilación a una cultura alemana “común” para reemplazar las políticas multiculturales. El AfD rechaza el financiamiento de mezquitas a cargo de los principados árabes y quiere prohibir el velo islámico en las escuelas. Acepta, por motivos económicos, a quienes cuenten con aptitudes laborales, pero condiciona este consentimiento a que se integren. Según las últimas encuestas, el AfD obtendría 13 por ciento de los votos en las elecciones generales del año próximo, sólo después de los dos principales partidos: los cristianos-demócratas de Merkel (33 por ciento) y los socialdemócratas (22 por ciento).

Hungría es el caso más extremo en Europa. Desde 2010 el primer ministro del país centroeuropeo es el líder nacionalista Viktor Orban, quien ha rechazado el reparto de 120 mil refugiados que le corresponderían a ese país según el acuerdo al que llegaron los jefes de Estado europeos. En ese país ha vuelto a brotar, como en el periodo de entreguerras, la discriminación contra judíos y gitanos. Este escenario ha favorecido la consolidación de partidos abiertamente racistas como Movimiento por una mejor Hungría (Jobbik). El Jobbik obtuvo cerca de 20 por ciento de los votos en las elecciones de junio del año pasado y se consolidó como la tercera fuerza política en el Parlamento en Budapest.

La democracia liberal enfrenta una vez más riesgos en el continente que la vio nacer. Los acontecimientos en estos tres países no son aislados: también preocupan el ascenso del Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia, del UKIP de Nigel Farage en Gran Bretaña y de Ley y Justicia fundado por los Kaczyński en Polonia. Muchos electores de los países europeos encuentran seguridades en discursos anclados en la xenofobia en momentos de crisis, ante posibles atentados terroristas y el aumento de personas migrantes. Los partidos que adoptan posiciones intransigentes tienen recompensas electorales inmediatas.

En los años por venir, el principal reto que debería combatir decididamente el proyecto integracionista es evitar que cada país de la Unión Europea se convierta en una fortaleza con enemigos externos e internos indistinguibles. Esperemos que las victorias de los populismos sean las menos y que el modelo de la democracia liberal, surgido después de dos guerras mundiales, sea defendido por todos los medios.

Twitter:
@lourdesaranda

También te puede interesar:
¿Con melón o con sandia? Trump vs Cruz
La práctica de los dobles estándares en las crisis humanitarias
El momento de Irán