Opinión

Decrece patentamiento en el país

 
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Propiedad intelectual e industrial

Cualquier tipo de estadística que sea revisada en relación a patentamiento en México muestra una sola conclusión: no estamos incrementando nuestra tasa de innovación patentable y nuestra cifra comparativa con otros países es deficitaria. A pesar de que los números parecen “mantenerse” en los últimos años, o incluso aumentar marginalmente, la tasa de 5% de solicitudes nacionales frente al 95% de origen extranjero -en nuestra propia oficina de patentes-, conduce a cuestionar el modelo completo.

El número más preocupante, de hecho, no es siquiera la exigua tasa de patentes nacionales tramitadas en México, sino la que corresponde a solicitudes internacionales de mexicanos, que sigue también mostrando una debilidad prolongada. Los bajos números de solicitudes nacionales de patente internacional muestran que no se están produciendo tecnologías que aspiren a trascender más allá de nuestras fronteras.

De acuerdo a la política pública que se ha difundido sobre el tema, tenemos más de 15 años persiguiendo un incremento sensible en el número de patentes de mexicanos, como un síntoma revelador (o una causa), de nuestra inserción en el mercado mundial de tecnología. A partir de que nuestros centros de investigación, públicos y privados, y nuestras empresas, inventen y protejan sus derechos –se nos ha dicho-, podremos ver el despegue de innumerables rubros económicos a los que sólo les falta este precursor para ubicarse en los primeros puestos del comercio mundial. Sin embargo, algún componente sigue faltando, algún conocimiento no revelado, que los procesos virtuosos de la producción tecnológica no nos arrojan los beneficios esperados.

Bien se sabe que los procesos que se observan para esta clase de mutaciones generacionales deben estar acompañados de paciencia y disciplina; sin embargo, a 24 años de la firma del TLCAN, y de haber transformado nuestro sistema normativo para alcanzar el desarrollo en materia de propiedad intelectual, seguimos prácticamente en el mismo lugar de aquellas épocas. ¿Qué no se suponía que al solo influjo de tecnologías importadas de primer nivel aprenderíamos a utilizar el sistema? Mientras que países como Corea, China, India o Brasil incrementan sus números de manera drástica, México sigue esperando “su momento”.

Cuando nuestro país modificó su ley de propiedad industrial, incrementando sensiblemente los estándares de protección de derechos, uno de los efectos persuasivos era el de dotar a la planta productiva nacional, al mismo tiempo, de una base legal de observancia de derechos de invención tan eficaz que se convirtiera en el mejor estímulo para patentar. A dos décadas y media de tal decisión, ni por asomo se mira en el horizonte una acción, un programa, una organización o una pretensión que apunten en ese sentido.

Así como en otros temas dejar a las fuerzas del mercado las decisiones “eficientes” es suficiente para alcanzar objetivos, en el tema de la innovación la intervención instrumentista del Estado ha demostrado ser indispensable, y en ese renglón no se advierte que las instancias oficiales estén entendiendo la dimensión histórica de esta insuficiencia.

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