Opinión

Decir la verdad y dar ruta

 
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Miguel de la Madrid, expresidente de México. (Archivo)

Los líderes políticos suelen mentir por razones estratégicas. En ciertas circunstancias mentir les parece inevitable, inteligente o hasta virtuoso.

Para que sean eficaces, dicen, hay acciones de Estado cuyas motivaciones o destinatarios no conviene revelar. Se encogerán de hombros y aceptarán como “indeseables pero necesarias” negociaciones en la penumbra con grupos de interés u organizaciones criminales, pues “pueden poner en jaque la estabilidad”. En la esfera de la seguridad, las autoridades rechazan la idea de difundir públicamente riesgos o amenazas, pues podría ocasionar sobresalto social, y propiciar con ello manifestaciones sociales que perjudican la gobernabilidad, además de hacerles el caldo gordo a los criminales. En fin, a los jefes políticos nunca les faltará un buen pretexto para mentir.

Sin embargo, hay momentos en que también por razones estratégicas los líderes políticos deciden hablar con la verdad. Cuando es alta la probabilidad de que sus mentiras sean velozmente detectadas, los gobernantes pueden llegar a sufrir ataques de sinceridad. Cuando sus dichos contrastan dramáticamente con la realidad, cuando sus embustes rozan el cinismo, los políticos terminan siendo exhibidos y denostados públicamente. Sus mentiras se convierten en su ruina. Y una vez que los gobernantes pierden la confianza de los ciudadanos, recuperarla se convertirá en su castigo de Sísifo, pues aunque busquen matizar sus mentiras previas con sofisticación y artificio, la realidad continuará refutándolos.

De modo que hay momentos, como decía, en que conviene más a los políticos decir la verdad a través de un discurso directo y honesto. En México, algo así sucedió el 1 de diciembre de 1982 cuando, al tomar posesión como presidente de la república, Miguel de la Madrid dijo que asumía el gobierno en “una situación de emergencia”, pues la economía del país experimentaba “una grave crisis”. Enseguida De la Madrid describió un panorama escalofriante: inflación del cien por ciento, déficit sin precedentes del sector público, carencia de ahorro, rezago en precios y tarifas públicas, crecimiento cero, parálisis financiera, deuda externa desmesurada, recaudación fiscal débil e inequitativa, altísimo desempleo. Para De la Madrid comunicar este duro diagnóstico a la población era necesario, pues había que “mantener una perspectiva realista, sin catastrofismos, pero sin ingenuidad ante las graves circunstancias”.

En aquellos momentos De la Madrid buscaba recuperar la confianza y la credibilidad perdidas después de que Echeverría y López Portillo negaran las crisis económicas recurrentes que asolaban el país. En su Sexto Informe de Gobierno, Echeverría señaló que gracias “a la oportuna intervención del Estado” se habían evitado “situaciones explosivas de marginamiento y conflicto social”. López Portillo, por su parte, apuntó a modo de disculpa en su último Informe que crecimiento económico no era lo mismo que desarrollo económico, y culpó a factores externos de los problemas financieros por los que atravesaba México.

Al final, ese diagnóstico duro, pero honesto y preciso, con que arrancó la administración de De la Madrid, fue la piedra fundacional para empezar a construir un distinto y mejor futuro económico. El gobierno tuvo que empujar acciones dolorosas para diversos estratos sociales, pero también indispensables para que la economía mexicana recuperara la salud: apertura comercial, desregulación, disciplina y austeridad en el gasto, privatización de empresas improductivas, pactos antiinflacionarios con grupos de interés, entre otras. Como De la Madrid ya había comunicado públicamente la gravedad de la situación, la gente aceptó con cierta resignación la amarga medicina, sin sentirse engañados. Que la gente supiera en esos años qué tipo de terreno estaba pisando, y hacia dónde el gobierno quería dirigir el país, fue un factor decisivo para concretar, dos décadas después, cambios estructurales en las finanzas públicas y la economía.

En contraste, vivimos actualmente una grave crisis de violencia e inseguridad, y las últimas dos administraciones, como en su momento las de Echeverría y López Portillo, han preferido callar o mentir sobre la gravedad de la situación y la dimensión de los retos. Para iniciar una transformación genuina en este ámbito necesitamos ya que políticos y autoridades aborden con franqueza y hondura el tema. Que reconozcan errores y nos hablen también sobre los límites y restricciones que enfrenta su propia actuación. Que nos digan cómo creen que podemos vencer al crimen, y qué harán si se equivocan. Esto les conviene, en primer lugar, a los propios políticos, pues evitarán arruinar tempranamente sus gestiones, como fue el caso de Javier Duarte y parece que también será el de Héctor Astudillo. Pero un discurso “sin catastrofismos” pero también “sin ingenuidad”, como el que propuso De la Madrid, le conviene sobre todo al futuro del país. Necesitamos que las autoridades nos digan por qué los homicidios crecieron 6.3 por ciento en 2015, y qué acciones se están tomando hoy para impedir que otro aumento vuelva a verificarse en 2016. Pedimos un diagnóstico certero y también una hoja de ruta. Sabemos que será un trabajo en que quizá se nos vaya la vida, pero sabemos también que debemos iniciarlo hoy.

Twitter: @laloguerrero

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