Opinión

Décadas después, mismo euro, mismos problemas

 
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Paul Krugman.

Wolfgang Münchau declaró recientemente en su columna del Financial Times que el euro fue un error, y señaló una ilusión clave. Sus defensores “sabían que para resistir los rigores de un sistema de tipo de cambio fijo parecido más que nada al estándar de oro, los países tendrían que ajustarse a choques económicos a través de cambios en precios y salarios; línea que según creían, los miembros del euro serían forzados a adoptar” (lea aquí la columna del Sr. Münchau: on.ft.com/1MAoXgF).

Esto es, los partidarios del euro creían que las reformas podían crear suficiente flexibilidad para principalmente neutralizar la advertencia de Milton Friedman en el sentido de que de cara a impactos negativos, los países con tipos de cambio fijos sufrirían grandes costos: “Si los cambios externos están arraigados y son persistentes, el desempleo produce constante presión a la baja sobre los precios y salarios, y el ajuste no se habrá completado hasta que la deflación haya seguido su lamentable curso”, escribió el Sr. Friedman en “The Case for Flexible Exchange Rates”.

Pero nunca creí que esto funcionara, y fundamenté este escepticismo en evidencia real. Durante el periodo previo al Tratado de Maastricht, que puso en movimiento todo el proyecto del euro en 1992, diversos estudios se enfocaron en Estados Unidos, unión monetaria que funciona razonablemente bien. ¿Fue porque Estados Unidos, con sus débiles sindicatos y mercados laborales competitivos, tenía más flexibilidad salarial y en precios que otras naciones? y Lawrence Katz, que en ese entonces descubrieron que los salarios difícilmente habían jugado un papel en los ajustes regionales a impactos; todo se centró en la movilidad del trabajo. Entonces, la idea de que Europa podría alcanzar un tipo de flexibilidad no vista en ninguna parte del mundo (ni siquiera en la economía estadounidense de brutal dominio de los mercados) simplemente era implausible.

Lo que ninguno de nosotros pensó en ese entonces fue el problema adicional de la interacción entre la deflación y la deuda; la forma en que los intentos de ajuste vía caída en los salarios puede empeorar los problemas de deuda. Pero incluso con lo que sabíamos hace un cuarto de siglo, los problemas con el euro eran obvios.

No, según el economista Olivier Blanchard

Guerras de tipos de cambio
Ricardo Caballero, Emmanuel Farhi y Pierre Olivier Gourinchas publicaron recientemente una investigación teórica (léala aquí: bit.ly/1MmMMmE) sobre cómo imaginarse una trampa de liquidez mundial. Sigo revisando la analítica, pero es bastante consistente con lo que he estado diciendo durante años.

En particular, cuando los economistas escriben sobre cómo las trampas de liquidez de algunos países tienden a exportarse a todas partes, eso se parece mucho a lo que me ha estado preocupando.

Y señalan que ser dueño de una moneda de reserva, de tal forma que la gente quiere comprar nuestros activos, de hecho es algo malo en un mundo con trampa de liquidez; argumento que he estado presentando desde hace muchos años, con lamentablemente poco impacto en el pánico de “y qué pasaría si China deja de comprar nuestros bonos”.

Twitter: @NYTimeskrugman

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