Opinión

Debe irse

    
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Trump

Para vivir juntos, los seres humanos construimos historias, cuentos, mitos, que dan sentido a esa vida en sociedad. Por miles de años, nuestros cuentos se hicieron alrededor de lo sobrenatural, pero hace 500 años decidimos que podíamos hacernos cargo de nosotros mismos sin apelar a entidades de otras dimensiones. El mito que construimos, que en mi opinión es el más importante de nuestra existencia como humanos, es considerar que todos somos, en esencia, iguales.

Sin duda, hay entre los seres humanos grandes diferencias. Unos nacen para ser altos, y otros no tanto. Algunos tienen habilidades atléticas, mientras otros tienen facilidad artística. Y, dependiendo del criterio estético, unos son más bonitos que otros. Y hay también quienes tienen mayor capacidad de resolver problemas, y a veces se les dice que son más inteligentes que otros. Pero estas diferencias, y muchas otras, no afectan a lo que consideramos la esencia del ser humano, de acuerdo con el mito que construimos en los últimos cinco siglos.

Considerarnos todos iguales es un paso indispensable para romper con nuestra dependencia de lo sobrenatural. Desde que inventamos esas entidades, había grupos de personas que tenían una relación más cercana con ellas, y por tanto eran más importante que el resto. En su faceta religiosa, o de plano como gobernantes, se hacían del poder y con base en él, de la riqueza. En tiempos recientes se les llamaba nobles, y de entre ellos, algunos eran príncipes o reyes. Su única virtud era haber nacido en el grupo privilegiado; es decir, el que tenía cercanía con las entidades sobrenaturales. De vez en cuando se incorporaba algún elemento nuevo a este grupo, pero no había mayor cambio.

Al considerar que todos somos iguales, la relación de cercanía con lo sobrenatural dejó de tener importancia, y obtener el poder requirió del apoyo de otras personas. Los que podían participar, al principio, eran muy pocos, siempre hombres, mayores de edad, ricos y educados, pero eso fue cambiando con el tiempo. Hoy, todos participamos en decidir quién debe gobernarnos, porque todos somos iguales frente a la ley y al poder. Esto no es la norma en todos los países del mundo, y sólo lo ha sido en muchos de ellos por unas pocas décadas, pero es la mejor forma que hemos encontrado para coordinar una sociedad.

No es fácil que todos entiendan que los seres humanos somos todos iguales. Hay quien se siente mejor que los demás, por su color de piel, por su religión, por sus prácticas sexuales o por la cantidad de dinero que tiene. Obligarlos a entender es determinante para la supervivencia de la sociedad moderna. Parte del trabajo del sistema educativo es eso: educar para la democracia, la tolerancia, los derechos de todos.

En ese sentido, es absolutamente inaceptable que un grupo de personas pretenda ser superior a los demás, y es necesario que lo entiendan pronto. Por eso los eventos recientes en Estados Unidos son tan importantes. Un enfrentamiento entre simpatizantes de distintas corrientes políticas no es un problema serio. Un grupo que grita a voz en cuello que piensa desaparecer a otros porque son 'inferiores', es una cosa totalmente distinta. Por eso el señor Trump se equivoca por completo. Lo que ocurrió el viernes por la noche en Charlottesville, Virginia, no es algo normal: es la declaración de superioridad de un grupo de personas con base en el color de su piel. Eso es intolerable. No hay más.

Ya es totalmente claro quién es Donald J. Trump. No puede seguir siendo presidente de Estados Unidos. Creo que ya lo entendieron los empresarios, que decidieron abandonarlo; los republicanos, que han salido a criticarlo abiertamente; y millones de personas que votaron por él sin creer que sería el supremacista que ha demostrado ser.

No se puede arriesgar el mito fundacional de la modernidad. Es momento de corregir.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter:
@macariomx

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