Opinión

¿Debacle?

 
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Enrique Peña Nieto

La aprobación presidencial cayó a 23 por ciento entre la población según encuesta del diario Reforma y a 18 por ciento entre sus líderes. El 76 por ciento de los mexicanos cree que México va por mal camino y sólo 10 por ciento que vamos en la ruta correcta. En consonancia, el partido en el gobierno ha sufrido una merma significativa. Además de perder en siete de 12 gubernaturas en disputa, 58 municipios que gobernaba y 54 diputados locales en junio pasado, el PRI se ubica –por primera vez desde que se mide la intención del voto– en segundo lugar como marca, por debajo del Partido Acción Nacional.

El juicio de la población es más rudo que la realidad. La aprobación sigue cayendo como bola de nieve sin que el deterioro de las condiciones reales lo ameriten. Ciertamente lo ocurrido en los últimos días respecto a la negociación (fallida) con el magisterio disidente de la CNTE es una de las peores noticias en mucho tiempo –significa, quizás, el estancamiento de la reforma educativa y el retorno con mayor fuerza de la política de la extorsión y el clientelismo en el sureste del país–. Sin embargo, en otros ámbitos muchas de las condiciones de hace varios meses se mantienen estables, algunas quizás escuálidas y, sin embargo, el juicio popular es más adverso.

Aunque se han reducido las estimaciones de la economía, ésta crece a tasas modestas dentro de un rango de 2.0 a 3.0 por ciento. La inflación se mantiene en niveles por debajo de 3.0 por ciento desde mayo de 2015.

La gasolina aumentó de precio, pero otras fuentes de energía como la electricidad habían bajado a principios de años por una reducción en el precio de los insumos (para julio de este año las tarifas eléctricas aumentaron entre 2.0 y 7.0 por ciento dependiendo del sector).

La inseguridad se ha incrementado. Durante el primer semestre de 2016 los homicidios dolosos aumentaron 15.4 por ciento a nivel nacional, a pesar de que en 2014 se habían reducido en 27 por ciento.

Hace dos semanas el presidente promulgó la legislación del Sistema Nacional Anticorrupción, una de las mejores en la materia que se logró por el empuje de los partidos de oposición, de algunos organismos de la sociedad civil y con la aprobación del gobierno federal.

El gobierno ha sido sumamente lento en reaccionar frente algunos problemas como el de la corrupción –se comenta que son inminentes las acciones penales en contra de algunos gobernadores– y ese pasmo en el pasado explicaría el deterioro electoral del PRI y la caída de la aprobación presidencial. Por ello, cabe la posibilidad de que aun cuando se tomaran acciones espectaculares para iniciar procesos penales (cárcel) a servidores públicos corruptos (gobernadores), la opinión pública no reaccionase con aplauso y siga castigando al gobierno.

'Oportunistas', podrían decir algunos; 'lo hacen porque no les queda de otra', dirán los tuiteros antipriistas; 'es pura farsa', dirá Andrés Manuel López Obrador.

Si ello es así, el declive podría continuar a cuentagotas y dejar desnudo al gobierno de cara a 2018. ¿Hay algo que podría cambiar el humor y la antipatía frente al gobierno? ¿Cómo convertir la resbaladilla en una escalera que permita al gobierno reconstruir su legitimidad e intentar ser competitivo en 2018?

Sin duda una campaña en contra de la corrupción, que incluya acciones concretas en contra de presuntos corruptos que sean sometidos a proceso y terminen en la cárcel. Este sería un punto de partida para, al menos, darle el beneficio de la duda al gobierno entre segmentos incrédulos. Otra cosa que le ayudaría es que se resuelva el conflicto con la CNTE y que la reforma educativa camine (algo muy improbable dadas las declaraciones de los líderes envalentonados que después de la liberación de sus dirigentes se ven más dispuestos a radicalizarse). Que la economía se mantenga estable sin que el dólar rebase 20 pesos.

Mucho ayudará al gobierno que el nuevo presidente del PRI sea audaz y agudo en su defensa del gobierno y en la crítica de sus adversarios.

Es improbable que todas las condiciones anteriores se den de manera simultánea y por ello resulta improbable que el declive de la popularidad presidencial se revierta de forma significativa. También lo es que el PRI pueda remontar sus números como segunda fuerza en términos de intención del voto –al menos en el corto plazo. Más aun, es previsible que el PRI enfrente severas dificultades para ganar el gobierno del Estado de México en 2017 y, cabría esperar que Coahuila, por la narrativa previa de Nuevo León y Chihuahua en contra de la corrupción, sea otro estado menos para ese partido.

No obstante, el PRI tiene en su beneficio que, a pesar de todo, sigue siendo la primera fuerza política regional en término del número de cargos públicos que ocupa (la mitad de las gubernaturas, por ejemplo), que es un partido con sentido de enorme pragmatismo, disciplina y capacidad de adaptación, que el presidente –siendo débil en las encuestas es poderoso en los hechos: presupuesto, disciplina de su partido, cercanía empresarial y medios de comunicación y, finalmente, la fragmentación del voto que se anticipa en 2018.

Más allá del desenlace electoral, lo importante para México es que las reformas relevantes para el futuro del país, como la educativa o la energética, sobrevivan la prueba del ácido de dos años sumamente políticos que serán usados por líderes y demagogos para denostar lo que sea necesario para ganar simpatías. El deterioro de la popularidad del presidente sería un asunto personal de él y sólo de él si no fuera porque puede dañar las probabilidades de que algunas reformas sobrevivan en el camino por ser él uno de sus principales promotores.

Twitter: @LCUgalde

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