Opinión

De recluso en Puente Grande, a promotor del arte carcelario

 
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Jorge Cueto. (Cortesía)

JORGE CUETO quizá pudiera pasar por un náufrago, pero no como un criminal.

Lamentablemente ello no fue tomado en consideración por quienes lo aprendieron alguna mañana del mes de julio de 2012. Sin rodeos lo privaron de su libertad a pesar de no ser responsable de lo que se imputaba a “alguno de los trabajadores” de una empresa de la que Jorge renunció 18 meses antes de que lo llevaran a Puente Grande, un penal de “alta seguridad”.

Es decir, a Jorge lo aprendieron por algo que presumiblemente sucedió 18 meses después de que el renunciara a esa empresa extranjera multinacional que cerró sus puertas en México dejando a Jorge en prisión. Al resto de sus excompañeros no les hicieron nada porque, enterados de la acusación que pesaba sobre todo aquel que hubiera estado en la plana administrativa del corporativo norteamericano, consiguieron todos un amparo, pero Jorge, en la ignorancia de que el proceso estaba en curso, no se amparó y fue el único que acabó en “el bote”.

Actuario de profesión, a poco más de 40 años de vida, de ojo azul y cabello largo hoy Jorge sonríe pero en aquel entonces, durante su permanencia en prisión, durante todo su proceso legal que acabaría por absorberlo de cualquier culpa, no permitió que ni su esposa, ni sus hijos ni sus amigos fueran a verlo a Puente Grande.

Era de los pocos privados de su libertad que durante 11 meses no recibió una sola visita, excepto la del abogado que llevaba su caso. Eso acabó dándole un halo de intriga que le sirvió en su relación con presidiarios ya sentenciados. Violadores, narcotraficantes, secuestradores, rateros, defraudadores, asesinos, pero también ante quienes, como él, sabía que no le correspondía estar en un penal de alta seguridad, dentro de ningún penal. Jorge también fue respetado por personas, como él, inocentes.

Ese asunto acabaría de marcarle la vida, para bien, aunque durante los primeros meses de su reclusión, en pleno proceso legal en marcha, ni siquiera lo imaginaba.

En prisión acabó conociendo a los prisioneros más “famosos”, los más descarnados asesinos, secuestradores connotados y sin alma, narcotraficantes que fueron los más buscados. A Jorge le llamaron “Tío” porque su edad, más de 40 años, no era una edad promedio para un recluso.

Durante la ceremonia de “bienvenida” las autoridades de un penal aclaran a los presos o privados de su libertad bajo sospecha de ser culpables de algún delito del que se les acusa que si el delito por el que se le priva no es considerado grave, asumir una actividad laboral puede representar una reducción en la condena.

El ni siquiera había sido considerado culpable, pero asumió que trabajar no le haría ningún daño. Hay oficios generales que se enseñan en prisión y que se ejercen en ese territorio por lo que se les paga un “salario” simbólico de entre 30 y 40 pesos por semana.

En prisión una de las actividades que más le llamó la atención a Jorge fue el de los tatuajes. Nadie tiene estudios para hacerlos, ni maquinarias tatuadoras adecuadas, pero es una de las actividades más comunes.

Los tatuajes se hacen invariablemente sobre piel “viva” hasta que a Jorge se le ocurrió que pudieran hacerse sobre piel “muerta” para manufacturar con ella artículos de piel como carteras, bolsos, chamarras, abrigos, portafolios e incluso calzado.

En un principio Jorge pagó seis mil pesos mensuales a los prisioneros que aceptaron la oferta de incorporarse como tatuadores de piel muerta. Jorge no sabía qué podía hacer con esos ejemplares tatuados sobre vaquetilla que su abogado conseguía.

Algunos reos, ya con experiencia, comenzaron a hacer figuras complicadas y grandes. Los que no tenían experiencia comenzaron a hacer piezas pequeñas y sin mucho trabajo laborioso. Todo trabajo se pagaba, todo, invariablemente, no importando su calidad o complejidad.

Todas las piezas fueron acumuladas por Jorge en su domicilio al que su abogado llevaba las piezas compradas por su cliente. Luego de once meses, la jueza que llevaba el caso de Jorge renunció o fue relevada del asunto. Eso permitió que una de las primeras cosas que hizo el siguiente juez encargado del expediente fuera ordenar la liberación de Jorge.

A sus colegas tatuadores Jorge prometió que seguiría comprándoles sus piezas. No pocos internos desearon que la libertad de Jorge nunca llegara.

Ya en libertad, recordando las promesas que hizo a los internos en el sentido de que les seguirá comprando sus piezas, Jorge se asesoró para crear una fundación que promueve el arte carcelario.

Y con las piezas de los internos elabora diversos productos que usted está invitado a apreciar en el sitio de esta iniciativa en FaceBook y que tiene como dirección Prisionart, arte de prisión, cuya prueba acompaña a esta columna.

Para no dar detalles innecesarios le agrego que la primera tienda para la exhibición y venta de estos productos se pudo abrir en noviembre de 2013 en San Miguel de Allende. Hoy hay más de 50 modelos diferentes de productos, todos ellos con piel tatuada, lo que hace de cada artículo uno exclusivo y original, irrepetible. Habían iniciado con cinco modelos en prisión y ahora ya son 50 distintos. La marca ya está registrada y lo demás ha ido cayendo solo.

El dinero que se da a los presos generalmente se destina en su mayoría a sus familias porque, aunque no parezca, una de las preocupaciones de los presos es la manutención de sus hijos y esposas, madres y familia en general. Las familias reciben con periodicidad un dinero que antes ni remotamente siquiera imaginaban.

Las cosas fueron bien con la primera tienda, lo que motivó abrir una segunda. De un penal, el de Puente Grande, pudieron extender la experiencia a otro y a otro y a otro hasta completar cinco, cinco penales en los que hay artistas trabajando “piel muerta” para conformar productos que se expenden en cuatro tiendas.

La segunda tienda se abrió en Playa del Carmen, la tercera en el aeropuerto de Cancún y la cuarta en la ciudad de México, en Isabel La Católica 30.

Si usted quiere, puede apreciar los ejemplos de los productos que se venden en el sitio de Facebook que recomiendo. Véalos, son piezas bellísimas.

Los prisioneros que obtienen su libertad por falta de pruebas respecto al delito del que se les acusa o bien que han cumplido sentencia pueden incorporarse a la iniciativa en libertad y ganar más por su trabajo. Los talleres en donde desarrollan su labor creativa han sido llamados “Talleres en Libertad” y entre los que están fuera y quienes están en proceso de obtener nuevamente su libertad habrá hoy 250 pares de manos que hacen arte carcelario.

Ya hay internas en uno de los penales con los que se ha conseguido difundir la labor y que ofrecen piezas de mucho mayor detalle al que ya de por sí es un trabajo exquisito que ofrecen los hombres en prisión.

Incluso el asunto comienza a diversificarse. Ya hay calzado para dama, camisetas y tenis que reciben tatuajes de los prisioneros. La iniciativa ha recibido reconocimiento mundial y ahora las piezas comienzan a ser exportadas de manera indirecta. Jorge jamás imaginó que quien lo metió en “el bote” le habría hecho un favor al marcar su futuro luego de haber sido un huésped en el penal de máxima seguridad en Puente Grande.

Para comunicarse con Jorge a jorgecueto@gmail.com

Correo: direccion@universopyme.com.mx

Twitter: @ETORREBLANCAJ

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