Opinión

¿De qué nos enamoramos?

     
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Love

Si le preguntan qué es lo que lo enamora de una persona, quizá no tenga tan clara la respuesta. La elección de un objeto (persona) como le llama la teoría de las relaciones de objeto (Fairbairn, Winnicott, Kernberg, Kohut, Mahler y otros) al acto de elegir una pareja, nos dice que tendemos a buscar patrones familiares, formas cotidianas de ser mujer o de ser hombre. Cuestionarse qué tendría que tener alguien para que usted le ame a veces es difícil de responder. A veces son sutilezas como el olor, el tono de voz, las palabras con las que se expresa, un vago aire de familia que le hace sentir que se conocen de toda la vida aunque acaben de presentarlos.

Las respuestas que típicamente damos suelen tener que ver con la apariencia física, la inteligencia, la química para conversar, para el sexo o el sentido del humor compartido.

Son muchas las reflexiones sobre la vida amorosa: podemos ser utilitaristas en la forma de relacionarnos, buscando a alguien que satisfaga nuestras necesidades y deseos narcisistas. Alguien que por su hermosura o por su mente brillante, nos dé belleza y brillo por contagio. Eso difícilmente podría llamarse amor del bueno, es decir, cariño que perdura y que sobrevive al embate del tiempo y de los desencuentros.

Tener una maravillosa vida sexual con alguien no es garantía de nada. Claro que el sexo funciona como pegamento para la pareja, aceita las dificultades, hace más pequeños los defectos y engrandece las cualidades. Pero por sí mismo, el buen sexo no deriva en amor, que está más cerca de los sentimientos de solidaridad, ternura y de querer a alguien por las coincidencias pero también por lo que los hace diferentes. Amar a alguien con defectos incluidos es una de las tareas más nobles y escurridizas para el corazón.

A veces elegimos a alguien porque hace cosas por nosotros: como si fuera nuestra madre o nuestro padre ideal, nos cuida, nos protege, piensa en lo que necesitamos, nos ayuda a resolver problemas, nos acompaña en las tormentas. Esta forma de enamorarse de un objeto porque es útil, es otra forma menos grotesca del utilitarismo pero no deja de serlo y tampoco es cercana al amor en tanto sentimiento altruista que busca dar y no solamente recibir.

Vale la pena preguntarse qué es lo que somos capaces de dar en una relación. Habitualmente hacemos el recuento de nuestras historias amorosas relatando lo que no hemos recibido, nuestros deseos frustrados, los aspectos de la personalidad del otro que no nos gustan, pero quizá pensamos poco en la calidad de lo que somos capaces de ofrecer y compartir. ¿Cuánto se entrega usted? ¿Es una compañía agradable, es generosa, cariñoso, solidario, buena escucha, paciente, capaz de comprensión cuando todo sale mal?

La capacidad de amar se traduce en afectos estables. La frustración no debería derivar en desamor, aunque quizá nos decepcionemos de momento. El amante que cumple con precisión todo lo que usted desea es una fantasía y como tal producto de su inconsciente, que habla de usted pero no de la realidad del otro.

Resulta pertinente pensar de qué nos sirven los otros a los que elegimos como objetos de amor. No todas las relaciones tienen el mismo sentido existencial. Algunas han durado poco pero han sido importantes y han marcado una huella. Hay relaciones de toda la vida que pueden estar vacías de intimidad. Parejas que cohabitan durante décadas no son garantía de una relación amorosa auténtica. A veces, cuando no podemos amar o entregarnos, el otro nos sirve para depositarle todas las cosas de nosotros mismos que odiamos o que nos parecen horribles.

Freud ha dicho que entendemos muy bien cómo interpretar en los demás los mismos actos que nos negamos a reconocer en nosotros.

Es frecuente que alguien confiese que no es feliz en su relación pero la idea de terminar y quedarse sola o solo es tan aterradora, que prefiere quedarse. A veces las relaciones tienen funciones de sobrevivencia: ¿Qué haríamos si no tuviéramos a los otros para proyectarles nuestra frustración, nuestra tristeza, nuestras exigencias infinitas, los deseos que hemos sido incapaces de colmar solos y que esperamos con ingenuidad y a veces con maldad que los otros nos cumplan?

Dice Winnicott que el primer espejo es el rostro de la madre. ¿Qué reflejo le devolvió su madre de sí mismo? ¿Es capaz de ver al otro o solo de verse a usted?

Aquello que tememos, suele ser biográfico. Si hemos sido devaluados o poco amados, siempre tendremos miedo de volverlo a vivir. Lo difícil de las relaciones es saber reconocer nuestra historia puesta en otro, nuestros sentimientos depositados en alguien más. Las diferencias entre quienes se aman son indispensables para evitar que el nosotros se devore al tú y yo.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional.

Twitter: @valevillag

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