Opinión

De percepciones y tiempos

 
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ME. El reto de proyectar confianza en Banxico.

Como lo hace mes tras mes, el Banco de México encuestó a los principales analistas del sector privado sobre sus expectativas sobre el crecimiento de la economía, el futuro de la inflación y del peso y, en general, el clima de los negocios que se espera para el futuro cercano.

En ninguna de estas dimensiones se nos ofreció aliento, mucho menos un “optimismo razonado” que estimule los apetitos de consumidores, ahorradores o inversionistas financieros o empresariales.

En diciembre del año pasado, los encuestados proyectaban un crecimiento del PIB en 2017 de 3.25%, que en mayo del presente año fue reducido a 2.80% y en octubre a 2.30%, casi un punto porcentual menos que el pronosticado en diciembre de 2015. Ahora, en diciembre de 2016, el consenso espera que la economía crezca en 2017 sólo 1.70%, con una inflación de 4.13%. Se espera que este año cierre con un crecimiento del PIB de 2.10% y una inflación de 3.40%.

Precios arriba; empleos y, muy probablemente, salarios reales abajo, como fruto de la pérdida de la dinámica productiva y de un decaimiento sostenido en los ánimos económicos. Los “animal spirits” se dedican a la especulación política y el 69% de los analistas encuestados estima que prevalecerá el clima negativo sobre la economía y sólo 6% afirma que mejorará. 90% de los informantes contestó que la economía no estará mejor que hace un año y 66% señaló que no es un buen momento para las inversiones (Cartera, El Universal, 17/12/16, A 28. Nota de Leonor Flores).

En poco ayudan a desvanecer este panorama nublado que se obscurece con los días, actos de fe en una supuesta fortaleza de la economía mexicana que habría “permitido al país sortear la coyuntura económica mundial y ser un espacio atractivo para los negocios”, como el realizado hace unos días por el secretario Meade en Toronto, Canadá. De mucho serviría, sin duda, empezar a construir un clima de cooperación e intercambio comercial entre los países, como también dijo el secretario, pero es eso precisamente lo que se ha ausentado del horizonte mundial y mexicano.

Para recuperar o forjar tal cooperación se requiere mucho más que las subastas de petróleo en que están empeñados el director de PEMEX y el secretario de Energía, con unos “farm outs” que no entusiasman a nadie. Se requiere, más bien, del ejercicio razonado de una voluntad de recuperación desarrollista, dispuesta a arriesgarse a ver más allá de la actual coyuntura adversa para proponerle al país un nuevo pacto, un “nuevo trato” habría dicho Roosevelt, que desde su inicio ponga en acto programas de protección y aliento para los más desfavorecidos por la actual y las anteriores “coyunturas” que para nosotros se han vuelto estructuras, “jaulas de hierro”, que nos condenan a un interminable túnel de desaliento colectivo, un mal desempeño recurrente del tejido económico y a una erosión progresiva del entramado en el que descansa la cohesión social, hoy lleno de hoyos y girones inaprensibles.

La insistencia del gobierno en presentar la estabilidad financiera como el pilar central de sus empeños contra la adversidad, no deja mucho espacio para imaginar la factura y posterior arranque de un giro desarrollista como el sugerido. Pero del reconocimiento conjunto del secretario Meade y el gobernador Carstens del carácter complejo del problema de la deuda, en conversación con Enrique Quintana, podría abrirse la puerta a un entendimiento distinto al imperante (Cf., El Financiero, 20/12/16, p., 2). El peso de la deuda pública ni es excesivo ni tiene por qué serlo en adelante.

Si se le examina en su relación con el PIB, lo que importa es que este último crezca por encima del endeudamiento, como lo dicen las propias (des) calificadoras, y así el riesgo tenderá a amainar. Y el espacio fiscal a aumentar incluso sin recuperar la truncada reforma fiscal a que renunció el gobierno sin causa justificada.

Con todo, la obsesión austericida sigue al mando. Por eso y, desgraciadamente, por peores motivos, muchos han empezado a ver 2017 como un “año cero” para un eventual, nada precisado, cambio de curso a partir del 18. Sin considerar que en estos cortos, cortísimos, plazos nos puede ir la vida.

Nadie puede hoy asegurar que la proverbial capacidad de aguante de las comunidades mexicanas se va a extender por dos años más. Menos aún, si el nuevo gobierno estadunidense empieza su gestión persiguiendo migrantes y obstaculizando el envío de remesas. Y poniendo en jaque al TLCAN.

El gobierno mexicano todavía gobierna y debe hacerlo hasta diciembre de 2018. Esta esquiva obviedad, debería conformar el punto de partida de un reclamo firme de un cambio de giro y mirada. Sólo así nos resguardaremos de la agresividad anunciada que Trump no dejó en el campo de campaña sino que ha empezado a armar con sus ominosos nombramientos.

Sabia virtud de conocer el tiempo, decía el poeta Leduc. Empecemos por reconocer que el tiempo no está de nuestra parte…y que se agota.

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