Opinión

De oportunidades
y partidos

 
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Miguel Barbosa

La reciente telenovela protagonizada por el PRD en el Senado, la renuncia tardía y a regañadientes del coordinador Barbosa porque le apuesta al candidato de otro partido, además de una actitud penosa de 'esta silla es mía', pone de manifiesto algo que todos sabíamos: el PRD se acabó.

El incidente va mucho más allá de una disputa por el control de la bancada y la soberbia de Barbosa al retar a la dirigencia. El grupo de exsenadores del PRD, una serie de legisladores serios –en su mayoría– que de forma absurda le otorgaron 'su apoyo' a Barbosa para la coordinación, exhibe un vergonzoso oportunismo político. ¿La unidad de la bancada? ¿Cuál bancada? Ya se fue la mayoría: Encinas, Rabindranath, Robledo, Ríos Piter, Zoé Robledo... ¿Cuál bancada?

Más aún, Alejandra Barrales, presidenta de un partido en declive, juega el papel de maestra de clase a quien nadie le hace caso, o Dolores Padierna en un llamado a la normatividad y al reglamento que tampoco nadie atiende. ¡Qué espectáculo!

Estos tan dignos señores pseudorepresentantes populares se preguntarán alguna vez: ¿y la ciudadanía?, ¿qué pensarán de mí los electores con el aferramiento a la silla o la revuelta en la bancada?

Nada, ellos nunca piensan en la ciudadanía y en lo que los ciudadanos y votantes juzguen de su actuación y conducta. Somos irrelevantes, insubstanciales, porque el diputado y el senador de mayoría, los auténticamente votados, se desprenden de los electores una vez que han asumido su curul, los otros, los plurinominales, ni siquiera voltean a ver a ningún electorado porque no tienen a quien responder más que a la jerarquía del partido.

El PRD exhibe el fracaso de un partido político que representó alguna vez una auténtica opción seria y profesional de izquierda, con propuestas sociales, con planes de acción para amplios segmentos de la población. Hoy son, tristemente, un remedo de lo que fueron y de lo que jamás alcanzaron a ser.

Pero no son los únicos. Revise usted la oportunidad histórica que el PRI ha tenido con el regreso al poder desde 2012. Para muchos, un espacio de reconstrucción, de relanzamiento de un partido –ellos decían– renovado, refundado. La agenda transformadora y reformista que el PRI –y el pacto– logró en el ámbito legislativo tuvo significativo impacto. Sin embargo, el PRI deja enormes cuentas a deber –nunca más literal– con el escandaloso crecimiento de la corrupción en México.

El PAN tuvo una enorme oportunidad al gobernar durante 12 años en que la expectativa de la ciudadanía era refundar al país, erradicar vicios, acabar con la corrupción, desmantelar el crimen, reconstruir un gobierno cercano a la ciudadanía. Tampoco lo logró.

En el ejercicio del poder, el PAN terminó pareciéndose tanto a ese PRI al que había criticado y defenestrado.

De los partidos pequeños, casi no vale la pena ni mencionar algo. El Verde es el mayor chasco político de los últimos 18 años. Oportunista, veleidoso, conducido por la mercadotecnia electoral, distante y lejano de principios o de ética partidista alguna. Franquicia personal del hijo del fundador, que lo ha convertido en rentable corporación y plataforma de carreras breves y centelleantes.

El Panal y el PT son más franquicias de otros grupos sin auténtica base social, sólo gremios y sectores controlados por caciques y liderazgos cuestionables.

El PES, de reciente creación, debutó en la ruta del oportunismo al incluir al inigualable Cuauhtémoc Blanco en sus filas para impulsar su candidatura al gobierno de Morelos. No se trata de propuestas, sino de personajes populares, vacíos, ignorantes, de ética extraviada, pero eso sí, de gran arrastre en la plaza y la grada.

Nos quedaría Morena, al que incluyo para que no me vayan a acusar de favoritismos, pero ese ni partido es, sino club de fans, coro de acólitos del profeta.

Ninguno sale bien librado, ninguno como una organización apegada a principios, ideológicos o políticos, ajenos al oportunismo y a la coyuntura electoral.

Los ciudadanos piensan y creen de forma creciente –documentado en encuestas y estudios– que el único auténtico interés de los partidos es permanecer en el poder, ganar curules y elecciones, mantenerse en el ejercicio del presupuesto. Esa es su razón de existir, la naturaleza de su función. No lo es impulsar agendas, propuestas, cambios sociales, iniciativas que otorguen beneficios a sectores de la sociedad.

¿Qué alternativa queda a la ciudadanía? Prácticamente ninguna. Ni siquiera los independientes, cuya auténtica autonomía y libertad también es motivo de desconfianza social.

Modificar y reformar el sistema de partidos. Terminar con los abultados presupuestos electorales. Dejar de financiar las burocracias partidistas, extraer los dineros de la ecuación. Limpiar los negocios y concesiones de los partidos. Tal vez con ello daríamos un significativo paso en la maduración de nuestra incipiente democracia.

Twitter: @LKourchenko

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