Opinión

La crítica periodística se viste de luto

Fue Vicente Leñero, mi primer maestro de periodismo, quien me presentó a Julio Scherer allá en las viejas oficinas de Paseo de la Reforma. Con su ingenio característico, Vicente me adjudicó la posibilidad de hacer comentarios, entrevistas y crónicas que podría hacer durante mi beca de dos años en París.

Don Julio me miró cortésmente y me dijo: “Es una recomendación que sólo se demuestra en los hechos, ¿cree usted merecerla?” Como testigo circunstancial estaba Eduardo Deschamps quien desde su nerviosismo permanente soltó esta frase: “Consiga una entrevista con André Malraux, cuanto antes”. Todos nos vimos como si estuviéramos frente a un inevitable terremoto. ¿Cómo encargarle a un recién egresado de la carrera de Ciencias de la Información un trabajo semejante?

Como podía le quitaba tiempo a mis cursos y al entrenamiento en la ORTF, (la casa de radio y televisión) para buscar entrevistas con escritores, políticos, artistas que se publicaban en diferentes páginas y secciones.

Meses después, Excelsior me publicaba en primera plana, sí, en front page, la entrevista que le hice a Miguel Ángel Asturias, embajador de Guatemala en Francia e inesperadamente nombrado Premio Nobel de Literatura. La cabeza de la entrevista la tituló SchererAsturias, manantial que habla. Siguieron otras pero sólo una más ocupó el sitial de la primera página; esta fue a Salvador Dalí, quien con una carcajada terminó el encuentro diciéndome: “…envíe el recorte en un sobre que sólo diga Dalí, Francia, así me llegará”.

A mi regreso de Europa, Scherer, influido por Eduardo Deschamps, me encargó una columna sobre crítica de televisión; textos que se salieran de lo común que en esos tiempos eran estrictamente de chismes. Se llamó El Tercer Ojo y durante cinco años se publicó tres veces por semana. Fueron colaboraciones con un abordaje social y político. Me sirvieron muchísimo en mis clases en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM.

Hoy a la distancia en que, por pequeñeces, tuve momentos de distanciamiento con don Julio, lo recuerdo siempre con viva emoción, con la conciencia de haber colaborado con el periodista de mayor calado en la historia moderna del país.

Y otro sentimiento, igualmente de luto, me inunda al enterarme de la infamia ocurrida al semanario satírico Charlie Hebdo en donde fueron acribilladas 12 personas y heridas gravemente otra media docena. Su delito fue ejercer la libertad de dibujar y escribir notas alusivas al oscurantismo islámico. Al Charlie nunca entré ni tuve trato directo con sus directivos, pero sí tengo amistad con al menos tres de sus colaboradores y en innumerables ocasiones tuve sus ediciones en mis manos. Sólo en el pasado mes de octubre, acompañado de un entrañable ser, pasé frente a sus oficinas e inevitablemente pensé en Jean Ferdinand y Marcel Vartrond, quienes además de escribir en otros diarios y editar libros, eventualmente lo hacen en Charlie Hebdo. De haber imaginado entonces lo que ocurriría, con ellos y conmigo, seguramente hubiera destinado más, mucho más tiempo a vivir con más intensidad el amor con que recorría París y que hoy me llena de pena.

En ambos lados del Atlántico la muerte está presente entre quienes hemos ejercido el periodismo. En los dos casos, sus protagonistas han hecho de la crítica el elemento sustantivo en sus trabajos; han ejercido una de la libertades más caras y definitivas en la formación del ser humano. Dígalo el hecho de cuando los fundadores de la Carta Magna de Estados Unidos elaboraban sus párrafos y enunciados, y James Madison, considerado como redactor en jefe y padre de la Constitución les dijo: El primer artículo deberá ser sobre la libertad de expresión porque sin ella, nada puede existir.

Twitter: @RaulCremoux