Opinión

De la transición a la regresión

La aún frágil democracia mexicana tuvo un largo proceso de parto. Los tratadistas suelen llamar a éste “transición a la democracia”. Lo entienden como el paso de un régimen autoritario a otro que en lo esencial ya no lo es. Históricamente el tránsito fue largo, lento y sinuoso. Y como todo parto, doloroso. Así fue al menos la experiencia mexicana.

Con tropiezos y dificultades, el viejo régimen autoritario subsiste tal cual era. Es difícil negar que la etapa final de la transición ya tuvo lugar, pero al mismo tiempo resulta un tanto temerario sostener que aún no están presentes rasgos autoritarios del pasado, en particular en ciertos estados, en los cuales las formas de hacer política se anclaron en la década de los sesenta. Necio sería negarlo.

Como mejor botón de muestra, ahí está el estado de Coahuila, aunque no es el único. No deja de ser irónico que precisamente la tierra de Madero esté sumida en la antidemocracia total. Lo menos que cabe preguntar es de qué sirvió la lucha de don Francisco, que le costó la vida, si en su estado la democracia no avanza.

Cómo explicar que los ideales, los principios y los valores democráticos sean punto menos que inexistentes en la región donde el Apóstol de la Democracia inició su lucha desde el ámbito más modesto, el municipal, en San Pedro de las Colonias; que sea hoy una de las entidades con mayor atraso democrático. Porque no es posible desconocer y menos aún ignorar que la barbarie y el salvajismo políticos se han entronizado en Coahuila. Jugadas e ironías de la historia.

En fin, el hecho es que en varias entidades parece –y además es cierto–que el proceso transitorio a la democracia continúa. Hace tres lustros con la elegancia expresiva y la agudeza que le eran características, Carlos Castillo Peraza solía afirmar que el momento –hacia finales de los 90– era difícil, porque el autoritarismo no acababa de morir ni la democracia de nacer. Hoy no sería posible ni honrado decir lo mismo, salvo territorios o casos de excepción.

Como si se cayera en una especie de trampa, parece que el país vive en dos dimensiones: la realidad democrática, que ahora sí ya nació, en un plano; y lo que ya murió pero no se ha sepultado, en el otro. Y no se trata de un mero juego de palabras, sino de una realidad tangible. Como si fueran –que de hecho son– dos Méxicos. No existe la integración de una sola y única realidad.

Si la democracia mexicana es una realidad, también lo es que no cubre todo el territorio del país ni todos los ámbitos de la vida nacional. Ni siquiera en su aspecto más visible, que es lo político-electoral. Por ello, aunque parezca contradictorio, que en sentido estricto no lo es, estamos y a la vez no estamos en el mundo de la democracia. Sobran los ejemplos que confirman esta verdad.
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Con las elecciones del próximo 2015, que serán no sólo las federales intermedias para renovar la Cámara de Diputados, sino también las locales para nueve gubernaturas, 17 legislaturas estatales y más de un millar de ayuntamientos, se tendrá que dar un quiebre definitivo. O se da de plano el regreso total del antiguo régimen, como en principio ya apuntó la elección presidencial de 2012, o se va ahora sí en definitiva hacia la consolidación democrática.

Si se presenta el primer escenario, malos tiempos y quizá muy largos en duración le tocará vivir al país. No hay nada peor que la regresión antidemocrática. Que desde otro ángulo equivaldrá al desencanto democrático, pues luego será muy difícil superarlo. Por eso estas elecciones de 2015 serán muy importantes. Mucho más por lo que estará verdaderamente en juego, que las 500 diputaciones federales en disputa y las demás elecciones locales.