Opinión

De la sana distancia a la sana cercanía

Gerardo René Herrera Huízar

“Como Presidente de la República procuraré, con todos los partidos por igual, un trato fundado en el diálogo, el respeto y la verdad. Esa será la norma en mi relación con sus dirigencias y con sus representantes populares, cumpliré estrictamente con la ley, gobernando para todos, sin distinción ni favoritismos de ninguna especie.

“Repito enfáticamente que, como Presidente de la República, no intervendré, bajo ninguna forma, en los procesos ni en las decisiones que corresponden únicamente al partido que pertenezco.” Ernesto Zedillo, 1 de diciembre 1994.

El elocuente discurso pronunciado por el Presidente Zedillo durante su toma de posesión hacía un puntual reconocimiento de las precarias condiciones que en lo político, lo social y lo económico vivía el país en el momento que recibía su encargo, a la vez que dibujaba su proyecto de gobierno, en el que enfáticamente anunciaba que habría un cambio en la relación del ejecutivo con todas las fuerzas políticas, incluido su propio partido.

Entre incredulidad y desconcierto, el anuncio de la “sana distancia” ofrecía un amplio margen para la especulación. El momento era propicio, los acontecimientos violentos que precedieron a su postulación al cargo reclamaban una nueva oferta, algo diferente, una transformación en los modos y las formas de ejercer el mando en vísperas del nuevo milenio.

En la práctica, la dinámica se mantuvo, si acaso se imprimió, como es costumbre, el particular estilo del jefe en turno, pero sujeto a la tradición, sin grandes modificaciones. Tras el error de diciembre, se hizo lo posible para mantener la nave a flote y sortear de la mejor manera el temporal durante su sexenio.

La alternancia del año 2000, que significó la derrota del tricolor, de la cual todavía algunos fundamentalistas responsabilizan al expresidente, fue producto de muchos factores, pero particularmente del hartazgo social y de la exigencia de cambio. El soberano se orientó a una figura diferente, más fresca y desparpajada, con un discurso alternativo y esperanzador, alejado de los vicios tradicionales de nuestra clase política.

Sin embargo, los doce años de administración panista no hicieron más que seguir las pautas, apropiarse del botín, desplazar a los perdedores, ocupar sus espacios y reinventar la administración bajo los mismos paradigmas. La ocurrencia como método, la improvisación disfrazada de innovación. Viejos actores permanecieron, nuevos socios se hicieron presentes, la administración se pintó de azul pero los añejos vicios se mantuvieron y se acentuaron.

Por su naturaleza, cualquier partido político se integra por el afán de poder, lograrlo, mantenerlo y usufructuarlo es su génesis y su fin. Para ello requiere de una estructura que le otorgue fuerza y presencia, revestida de ideología, principios y valores que orienten su actuar ético y moral hacia fines virtuosos y le permitan presentar una oferta seductora a las masas. El uso que se le dé al poder obtenido es lo que hace la diferencia, los resultados son los que definen su perfil y verdadera personalidad.

La sana distancia o la sana cercanía no son sino eufemismos, simple retórica que adorna el discurso, aunque sin duda proyectan la vocación de su autor.

Cercanos o distantes, partido y ejecutivo, para efectos prácticos, en cualquier país constituyen la clase gobernante, responsable de la dicha o el infortunio de la nación. Poco importan a las más sentidas aspiraciones del soberano los guiños o desplantes que se produzcan en su relación doméstica. Lo que interesa es simplemente que hagan su trabajo, con apego a la ley, que éste se traduzca realmente en bienestar general y que su eventual conflicto no repercuta negativamente en la sociedad.

Amor u odio, en una plena democracia y en un estado de derecho, son secundarios.

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