Opinión

De la humillación y la dignidad

 
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Inmigrantes. (Cuartoscuro)

Mientras en la cancillería deciden el menú para la cena con los secretarios de Estado y de Seguridad de los Estados Unidos de América, los encargados de convertir a Estados Unidos en una enorme e inexpugnable isla se aprestan a perseguir inmigrantes que “parezcan ser ilegales” o simplemente porque son considerados “otros”, que por serlo les resultan odiados y temibles. En un solo acto, como parece gustarle al presidente Trump, su gobierno desembarca en el aeropuerto mexicano a sus marines para dizque platicar con el Presidente mexicano y su canciller, mientras ordena el despliegue de implacables razias anti inmigrantes que estarán dirigidas sobre todo a los mexicanos y a nuestros hermanos del sur del Suchiate. Y así va la nueva “diplomacia” de la bofetada y la befa.

La humillación de que nos ha hecho objeto Trump no tendrá respuesta pronta que nos satisfaga y abra paso a una nueva relación; a un diálogo renovado que no renuncie a lo alcanzado en las tres últimas décadas.

No contamos con los instrumentos mínimos necesarios y lo que nos queda es tragarnos el orgullo y aprestarnos a hacer honor a la Constitución y proteger los derechos fundamentales de nuestros compatriotas. Allá desde luego y siempre, pero ahora aquí ante la inminente deportación ordenada como acción inmediata.

Recibirlos y acomodarlos, asegurarles un mínimo apoyo y solidaridad, atender a los niños afectados por el trauma de la expulsión y el mal trato, garantizar que los centro americanos que lleguen no sean vejados implica desde luego mucha organización y, ni modo, gasto extra. México no puede darse el lujo de ser exhibido como hambreador de sus connacionales indefensos y desempleados; tampoco podría presentarse en los foros internacionales de la educación y la niñez con unos reportes que señalen descuidos y falta de atención de quienes han tenido que seguir la mala fortuna de sus padres; probablemente hablen y entiendan mal el español y, para decirlo rápido, no sienten otra cosa que desolación, abandono, angustia y miedo, el peor de los batidos para alimentar la violencia o de plano el terrible paso al infernal lado de la criminalidad organizada que pulula en nuestras fronteras y veja sin distinción a los que osan buscar traslado a la tierra prometida.

Es la hora de actuar reflexivamente y de asumir que la agresión trumpiana reclama del país entero una revisión a fondo y pronta de los tejidos y mecanismos principales de su economía política, que no han sido capaces de asegurarle a la sociedad por treinta largos años, empleo digno y expectativas de progreso, seguridad y bienestar. El reclamo está a la puerta y se va a volver estentóreo cuando de más allá del Río Bravo arriben hombres y mujeres, jóvenes y niños acostumbrados a aspirar mejoría, a trabajar por sueldos que aquí hasta los especializados sueñan, a contar con techo firme y hielera llena.

Insisto y me repito: en 1985, tras haber cruzado la línea en Tijuana sin darme cuenta y para regocijo de mi “sherpa” el amigo José Luis Pérez Canchola, entablamos plática con un grupo de jóvenes indocumentados provenientes de la zona metropolitana de Guadalajara. El cruce era entonces suave y sin aspavientos, los que vendrían después, ya en camino a San Diego o Los Ángeles. Ante la insistente pregunta de ¿por qué? habían decidido arriesgarlo todo y pasar el charco uno de ellos, joven y bien plantado, valiente tapatío, con sencillez y seriedad nos dijo: “Es que a uno lo amargan todo en su país”.

Fin de mi aventura de antropólogo descalzo. Inicio de mi aprendizaje interminable de la profundidad fronteriza, de la rica cultura binacional, de lo cruel e injusta que puede ser la economía. De este lado, del otro y de los otros.

Es probable que no sean suficientes ni el coraje ni la dignidad ante el ventarrón de majadería y prepotencia encarnado por Trump. Pero sólo así podremos invocar el derecho y la justicia que están y estarán de nuestro lado, como bien lo ha dicho el jurista y excanciller Bernardo Sepúlveda, quien encaró el enojo y la inquina yanqui por la iniciativa de Contadora del presidente De la Madrid y cumplió dignamente con su deber de representarnos ante el mundo.

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