Opinión

De la evaluación a la mejora, trabajo de todos

Jennifer L. O'Donoghue*
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La prueba dejará de aplicarse este año a los alumnos de educación básica.

Esta semana, con el arranque de la aplicación del Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés), entramos a una etapa de evaluación de los aprendizajes de los alumnos mexicanos. Este primer examen se aplicará a partir del 27 de abril hasta el 14 de mayo a una muestra representativa –a nivel nacional, así como en cinco estados de la república– de alumnos de 15 años, la mayoría cursando su último año de secundaria o su primero de bachillerato. Casi un mes después, desde el 8 y hasta el 19 de junio, se realizará la aplicación de la prueba PLANEA, la que reemplaza ENLACE, a todos los alumnos de sexto de primaria y tercero de secundaria del país.

Si bien es cierto que un examen estandarizado no muestra la foto completa de un problema complejo, como es la educación, una evaluación sí sirve para diagnosticar, primer paso necesario para impulsar procesos de mejora. En este sentido, nos brinda información fundamental a nosotros como madres y padres de familia, maestros, directores, autoridades educativas y ciudadanos.

Las evaluaciones, como PISA y también ENLACE en su momento, nos han permitido identificar las grandes deficiencias que existen en el sistema educativo mexicano. Ya sabemos, por ejemplo, que más que la mitad de los jóvenes mexicanos no desarrollan las competencias básicas necesarias para tener una vida plena en el mundo actual; y también podemos saber que esta situación no ha mejorado, sino que ha empeorado en los últimos años. Asimismo, hemos podido demostrar las preocupantes inequidades que existen dentro de México: entre estados o regiones del país, entre modalidades educativas, por nivel socioeconómico y por género. Tal vez no necesitábamos un examen para darnos cuenta que la educación que recibe una niña indígena en Chiapas no es la misma que recibe un niño de una familia privilegiada en Nuevo León, pero contar con estos datos duros nos abre el camino para tomar acciones y transformar esta situación.

Las evaluaciones también nos pueden aportar información fundamental para progresar de niveles bajos a niveles altos de aprendizaje. Con la información recabada, se puede establecer una línea base, así como objetivos de aprendizaje para cada alumno, aula, escuela, zona, estado o nación. Además, las pruebas estandarizadas brindan evidencia de la eficacia de las intervenciones educativas; sin esta información, ¿cómo podemos saber cuáles prácticas, programas o innovaciones funcionan
–y para cuáles alumnos– y cuáles no? Las evaluaciones posibilitan una mejor toma de decisiones y diseño de sistemas de apoyo, ya sea por parte de madres y padres de familia, maestros o responsables de la política educativa.

En suma, las evaluaciones estandarizadas de aprendizaje pueden ser herramientas críticas para el diagnóstico y el cambio. Alcanzar este potencial, por supuesto, depende de las acciones tomadas alrededor de ellas. Se escucha con frecuencia, y es verdad, que evaluar no significa mejorar. La pregunta clave es: ¿qué hacemos con esta información?

En este sentido, quedan todavía preguntas fundamentales por aclarar. Si una crítica importante de ENLACE fue la poca difusión y uso de los resultados entre las familias y el desconocimiento entre los docentes para interpretar sus resultados, ¿qué será diferente esta vez?, ¿cómo se involucrará a las familias y los maestros? Y si queremos que las evaluaciones educativas se utilicen para tomar decisiones de mejora, como se estipula en el mandato del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), ¿los resultados serán públicos de manera que se facilite su análisis y utilidad (es decir, a nivel escuela, salón de clase y alumno)?, ¿cómo aseguramos que la información generada se traduzca en el desarrollo de esquemas de apoyo a alumnos, maestros y escuelas?

No contar con pruebas de aprendizaje como PISA y PLANEA nos remitiría a un sistema educativo que toma decisiones sin tomar en cuenta la evidencia, simplemente porque la evidencia no existe. La evaluación, en cambio, puede ser un poderoso vehículo para promover el derecho de todas las niñas y los niños a aprender, pero queda en nuestras manos asegurar que así sea.

* La autora es directora de Investigación en Mexicanos Primero.

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