Opinión

De la “dictadura perfecta” a la capitulación

 
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Vargas Llosa, de 79 años, anunció recientemente la separación de su esposa Patricia Llosa tras 50 años de matrimonio. (AP)

En buen brete están el país y la sociedad mexicana. Todo por culpa –sí, culpa lisa y llana- del actual gobierno y sus antecesores, los que durante siete décadas ejercieron el poder político omnímodamente hasta el año 2000, sin restricción ni control alguno. El priismo pues, que gobernó de manera atroz y (cuasi) dictatorial. Y hoy los mexicanos sufrimos las consecuencias.

En realidad haciéndole un gran favor, el después Premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa definió en los años 80 a ese grupo histórico como el de la “dictadura perfecta”. Fue una expresión afortunada porque de inmediato ganó popularidad y se acuñó para quedarse. El que no pudo quedarse entonces más días en territorio nacional fue su autor, quien ipso facto fue invitado por el gobierno a abandonar el país.

Con el mote inventado quiso –quizá- Vargas Llosa dar a entender, al menos así se ha interpretado, que se trataba de un régimen férreamente autoritario pero con apariencia de benigno (benefactor, bonachón, benevolente, “buena onda”), de allí el adjetivo de “perfecto” aplicado a una dictadura a fin de cuentas brutal, pero que daba otra impresión, dentro y aun fuera del país, por la habilidad con que manejaba -maneja- ciertos instrumentos.

La clave consiste en lograr una cierta armonización o equilibrio entre, por un lado: la violación sistemática de derechos humanos, fraude electoral permanente, corrupción de campeonato e impunidad garantizada para todos los integrantes del grupo, la llamada “familia revolucionaria”, salvo los casos más bien raros de quienes infringen las reglas no escritas del sistema, pero bien conocidas por todos, pues entonces son sancionados. Porque hasta entre los bandidos es conveniente que haya reglas que se cumplan, como le dijo don Quijote al bandolero Roque Guinart en las cercanías de Barcelona.

Y por el otro, saber que todo lo anterior es plenamente posible si, primero, las reglas hacia adentro del grupo se cumplen debidamente. Y segundo, hacia afuera de la numerosa camarilla, hostilizar a los disidentes, para lo cual hay mil formas de hacerlo. De no dar resultado esas medidas u otras similares, entonces cooptarlos, o si es necesario corromperlos, tanto como sea posible. Y mientras más, mejor aún. Se pensaba que así quedaba garantizado de manera permanente el funcionamiento de ese habilidoso sistema. Hasta que se llegó al momento presente en que ya de plano dio de sí.

De algunos de esos instrumentos de perversión, como la cooptación o la compra vil de los disidentes y opositores al negociar con ellos, se decía con increíble cinismo y seguramente aún se dice, que en política todo lo que se pueda comprar con dinero es barato. Ahora ahí tienen las consecuencias con la reforma educativa que se les ha salido de las manos y varias entidades paralizadas, en las que no saben qué hacer.

Nada podrán hacer. En el uso de la fuerza o violencia como atribución fundamental del estado, ni pensarlo, por carecer de toda legitimidad y de autoridad moral. No les queda más que capitular. De ser así lo es, ¿qué futuro puede tener el PRI? Ninguno.

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