Opinión

8 de junio

   
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CNTE

 Pasadas las elecciones tiene que venir el necesario restablecimiento de orden en país, o la situación se va a salir de control.

No puede ser que una minoría, ínfima minoría, atente de manera abierta contra la democracia a través de métodos violentos.

Lo que hacen la CNTE, la CETEG y anexos es fascismo puro, al arrogarse el derecho a impedir que la mayoría decida sobre el cambio de sus autoridades mediante el voto.

En estos días hemos padecido ausencia de autoridad, sólo entendible como una estrategia para evitar que el mal se extienda a más entidades y la violencia perjudique a regiones que por ahora no están contaminadas.

Pocas cosas resultan tan insultantes como ver a pandillas de vándalos quitar a miembros del Ejército de sus lugares asignados para resguardar material electoral.

Ahí se conjuntan dos valores que han sido pisoteados por la CNTE: la institucionalidad del país que es representada por el Ejército, y la papelería electoral, que es la expresión práctica de la democracia.

El gobierno tiene que poner orden. Cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes. Eso juraron hacer.

La renuencia a aplicar la ley porque les pueden decir represores no se justifica, pues de todas maneras se lo dicen. Y se lo dicen peor.

No se pueden deshacer regiones del país en manos de camarillas violentas que atentan abiertamente contra la democracia y la libertad de las personas.

¿Qué culpa tiene la mayoría pacífica y trabajadora? ¿Por qué seguir condenando al atraso a zonas enteras por causa de grupos violentos arropados con banderas políticas?

Eso tiene que cambiar el 8 de junio.

Pasadas las elecciones debe venir un reacomodo en el gabinete presidencial.

No pueden permanecer en sus cargos los que llevaron al gobierno a ser rechazado por amplios sectores de la población, al tiempo que se realizaban reformas históricas.

El presidente ya no puede seguir cargando con aquellos que no lo han cargado a él.

Urge cambiar el estado de ánimo de la población. Hay logros que son demeritados por el propio lenguaje pesimista de funcionarios gubernamentales.

Para cambiar el estado de ánimo de la población se tiene que desterrar el halo prepotente de servidores públicos, que los distancia de la población y de sus interlocutores naturales.

En los funcionarios del gobierno –no en todos, desde luego– ha faltado humildad en el ejercicio de su encargo y para relacionarse con la población.

Sería una desgracia que el esfuerzo reformador del presidente Peña naufragara por una mala comunicación de sus secretarios con los gobernados.

Se necesitan dos, tres o cuatro programas realizables, útiles y tangibles, para dar sentido al gobierno en los años que le quedan.

No se puede ofrecer más de lo mismo de aquí a 2018. Y para recuperar el orden y la confianza hay que comenzar ya. El 8 de junio.

Twitter: @PabloHiriart

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