Opinión

De inserciones y aterrizajes

 
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China

En un aleccionador ensayo sobre la economía mundial y el papel futuro de China el profesor de Harvard, Jeffrey Frankel propone dos grandes dilemas para adentrarnos en las grandes tendencias del mañana.

Primera, ¿continuará la tendencia de largo plazo de la globalización? Y segunda, ¿se mantendrá el crecimiento rápido de las economías emergentes y de ser así, de cuáles? (“Globalization and Chinese Growth: Ends of Trends?”, Harvard Kennedy School, Faculty Research Working Papers Series, July, 2016).

Las preguntas no son ociosas ni meramente académicas. El crecimiento del comercio mundial se ha reducido sustancialmente desde la Gran Recesión de 2008-2009, hasta caer por debajo del crecimiento promedio del producto global. Por su parte, muchas economías emergentes aparecen sumergidas, como ocurre en el Cono Sur de América y especialmente en Brasil, mientras en China se explora un profundo cambio en su forma de crecimiento, que derivaría en hacer de este fantástico país un comprador externo menos voluptuoso de lo que ha sido. Fue el explosivo comportamiento de las importaciones chinas de materias primas y alimentos, lo que “jaló” el crecimiento de Argentina (soja y carne), Brasil (alimentos y minerales) y Perú (cobre, minerales, alimentos) hasta llevar a pensar que no sólo habían dejado atrás la “década perdida” sino que se iniciaba un nuevo ciclo de crecimiento que se volvería desarrollo merced a las capacidades de los Estados para intervenir en la distribución de las rentas externas y en general del producto social.

Frankel propone que el papel actual y futuro de China puede ser decisivo. Por el tamaño alcanzado por su economía y su inserción dinámica en la economía mundial, anterior a que estallara la crisis global, el desempeño futuro de China puede ser crucial no sólo para el porvenir de sus proveedores actuales de materias primas y alimentos, sino para el conjunto del sistema o de lo que vaya a resultar de los mil y un juegos de abalorios en que están embarcados los poderes del mundo. Ya veremos lo que dicen sobre estos panoramas el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional en su reunión conjunta en Washington, capital electrizada por la gran disputa por su presidencia y, en no menor medida, por la conducción de la potencia imperial.

Por lo que toca al futuro del “reino del medio” dejo aquí mi comunicación, con la seguridad de que mis colegas y amigos del Centro China-México de la Facultad de Economía de la UNAM están sobre el tema y nos ofrecerán razonados avistamientos del estado de esa economía y de las perspectivas de un “aterrizaje” más o menos suave en su transición hacia otra forma de crecer.

El otro gran dilema nos compete sobre manera, porque a esas tendencias y dinámicas, a su mantenimiento y aceleración, apostaron el Estado y su dirigencia a finales del siglo XX.

De que nos insertamos con celeridad en las corrientes del comercio internacional que desbordaban cualquier expectativa no hay duda; las cifras del crecimiento y volumen de nuestras exportaciones al mundo y en especial a Estados Unidos son contundentes. Algo similar ocurrió con las importaciones, muchas de las cuales se vincularon con las exportaciones nuevas, predominantemente industriales, y a la inversión vinculada con el comercio exterior.

Lo que no hicimos, o no lo suficiente, fue estimular la capacidad interna de producción de partes y componentes, ni la capacitación de los trabajadores y técnicos que se involucraron en este indudable cambio estructural que, sin embargo, no desembarcó en un mayor crecimiento de la economía ni en una progresiva articulación de las fuerzas productivas, creadas por la apertura externa, con las que se mantuvieron, sobrevivieron o surgieron para proveer al mercado interno que, concentrado y todo, de todas formas creció y generó oportunidades de ganancia a viejos y nuevos emprendimientos.

El resultado ha sido no sólo decepcionante sino preocupante. La falta de conexiones dinámicas entre las exportaciones y el resto del cuerpo económico ha propiciado un “trialismo”, una heterogeneidad estructural, que conforma la matriz de las varias trampas de estancamiento y desigualdad que bloquean la recuperación del ritmo de crecimiento anterior a los dolorosos ochentas y, sobre todo, empañan el horizonte para un desarrollo efectivo y sostenido en las nuevas condiciones que la posglobalización neoliberal está impulsando.

La palanca principal de una interiorización consistente de las ganancias externas depende del inicio de una nueva oleada industrializadora que, sin rechazar el patrón exportador, recupere la centralidad del mercado interno. El freno a esto es la debilidad del Estado. Al renunciar a hacer lo que tiene que hacer en el frente fiscal contributivo, el Estado se aparta de sus funciones promotoras del crecimiento y el desarrollo y deja al mercado, concentrado y deforme, la tarea principal de los Estados modernos que es la redistribución y la protección sociales. El ejercicio del poder se ha reducido a “bien administrar” el litigio sucesorio, con su consecuente desgaste y pérdida de credibilidad ante los grandes grupos sociales que reclaman atención y seguridad.

Nuestra transición requiere de un Estado dispuesto a arriesgar y a consolidarse fiscalmente, para así encarar los reclamos de promoción y protección de la empresa y los grupos vulnerables que se han vuelto mayoría. De no marchar por ahí, el aterrizaje no sólo será forzoso sino trágico. Cuando muchos lo esperaban suave y bien manejado desde tierra.

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