Opinión

De famas fugaces y linchamientos públicos

   
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Smartphone, celular (Shutterstock)

Hay un par de actividades que parecen ser primordiales en estos tiempos: salir en la tele o en algún medio –para el efecto que sea, pero salir– y participar en algún linchamiento público en las redes sociales. La primera, que hace años era muy difícil y se reservaba solamente a gente famosa (artistas y políticos fundamentalmente), hoy está a la vuelta de la esquina: es la democratización de la fama. La tele ya no es privilegio de unos cuantos. Aparecer resulta fundamental no sólo para el ego y para las relaciones sociales. Es la posibilidad de destacar en algo.

Umberto Eco (De la estupidez a la locura, ed. Lumen), dice: “El primer héroe de la aparición fue el imbécil que se colocaba detrás de los entrevistados y saludaba con la manita. Esto le permitía ser reconocido luego en el bar ('¿Sabes que te vi en la televisión?'), pero estas apariciones duraban muy poco. Así que de manera gradual se fue aceptando la idea de que para aparecer de una forma constante y evidente había que hacer cosas que en otro tiempo hubiera causado una mala reputación”. Eco señala que antes “había una diferencia muy rígida entre ser famoso y estar en boca de todos. Eso ya casi desapareció pues se hace lo que sea 'con tal de que le vean y hablen de él'. No habrá diferencia entre la fama del gran inmunólogo y la del jovencito que ha matado a su madre a golpes de hacha; entre el gran amante y el ganador del concurso mundial de quién la tiene más corta; entre el que haya fundado una leprosería y el que haya defraudado al fisco con más habilidad”.

En esas estamos. Sólo que ahora esa fama fugaz a la que se aspira también va de la mano con la posibilidad de triturar a alguien en las redes sociales. Matarlo en vida aunque sea por algunos momentos, un par de días, que lo corran del trabajo, romperle la pareja, desacreditarlo en su círculo, despellejarlo con los demás, que su familia se avergüence, que sus amistades l@ abandonen, desgraciarle la vida de alguna manera. Las redes sociales son esa plaza pública en que la gente se reúne a ver rodar la cabeza de algún semejante y a que le salpique la sangre. No importa no conocerlo, lo relevante es participar. No importa si es un personaje público o no –los públicos se tienen que aguantar, aunque debiera haber un límite–, la cuestión es satanizar, entrar a la lapidación sin más criterio que la indignación instantánea que puede generar un tuit, un video en el 'feis', sin saber si es la venganza de alguien o el simple afán de demoler al otro.

El caso del profesor de la Universidad de Guadalajara esta semana es un buen ejemplo. Le truquearon un video en el que aparecía diciendo frases misóginas. El veredicto popular fue inmediato: que lo corran, que se le sancione socialmente, que se le desprecie por el resto de sus patéticos días. Resultó que el propósito de sus dichos era precisamente el contrario. El caso terminó bien porque tuvo a la mano la defensa, pero el repudio de esos momentos no se le olvidará.

Vivimos épocas en las que no nos detenemos ante nada. Lo mismo da un profesor de bien o una chamaca que acude a una despedida de soltera en la que alguien decide exhibirla y echarle a perder la vida. Asistimos a las venganzas privadas en lugares públicos. Lo peor es que nadie está a salvo.

Twitter: @JuanIZavala

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