Opinión

De candidatos y compromisos

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Conferencia de prensa de Marcelo Ebrard, exjefe de gobierno del Distrito Federal. (Cuartoscuro)

El PRD “enderezó” por instantes el curso al frenar la llegada insultante de Marcelo Ebrard a la lista de aspirantes plurinominales a una curul en la próxima Cámara de Diputados.

Candidatura deshonrosa para cualquier partido y ofensiva a la ciudadanía, porque postularía a un personaje cuestionado por su ejercicio como servidor público. Las evidencias en su contra y en contra de su equipo de colaboradores (Delgado, Horcasitas, etcétera) son como una catarata de corrupción, desvío de fondos, 'lavado' de dinero, incompetencia técnica, negligencia y más.

Mal haría el Movimiento Ciudadano en presentarlo como candidato para otorgar un fuero anacrónico a un exfuncionario que debiera, antes de otra cosa, limpiar su nombre y demostrar su honestidad y profesionalismo.

Pero en la política –en general y en la mexicana con frecuencia– el tema de la trayectoria y la reputación suelen estar sujetos a interpretación. No importa si tienen fama de corruptos o ladrones, de todos modos, los partidos comprometen su imagen y “prestigio” en cumplimiento de viejos compromisos y alianzas.

Por eso el PRD sólo “enderezó” las pifias y errores recientes, porque aparece en las listas el señor Jesús Valencia, exdelegado en Iztapalapa, con investigaciones pendientes por tráfico de influencias, nepotismo y otras más.

Es como el pasito “tun-tun”: uno para adelante y dos para atrás.

No entran Ebrard, ni Aguirre hijo, ni Bejarano –aunque su larga década de pagar la imborrable culpa de las ligas, parece no terminar por reivindicarlo– y dejan pasar a Valencia y a Godoy, cuya historia en Michoacán contribuyó sensiblemente al conocido deterioro de esa entidad.

Aunque Emilio Gamboa (PRI) asegure que en su partido no hay Abarcas, o Navarrete (PRD) declare que a “cualquiera se le puede colar un Abarca”, los partidos debieran, en esta decisiva etapa de selección
–esperanzadoramente minuciosa– comportarse con elevados niveles de ética y responsabilidad ciudadana. Dejar a un lado los compromisos de grupos y clanes, los apoyos y las alianzas para pensar en la gente, en los ciudadanos, en los electores. Lo mismo Morena y los nuevos partidos que de forma desesperada andan buscando aspirantes, más en la ruta de las celebridades que garanticen votantes, que en la de servidores con trayectoria y honestidad a prueba de puestos y presupuestos.

El partido político debiera ser garante de un candidato honesto, probo, de trayectoria eficiente y profesional, de compromiso social y de probado servicio público. No corresponde a la PGR o al Tribunal Electoral revisar fichas ni antecedentes, ni al Cisen comprobar sus orígenes y trabajos, porque no son esas las instancias que los “someten” a la consideración de los electores. Esa es tarea de los partidos, que quisieran trasladar o delegar a otras instancias de la vida política.

México no aguanta más a funcionarios de cuestionable comportamiento público, con abundantes evidencias de corrupción, o por lo menos, de ineficiencia y torpeza.

La política –perdón por el tono idealista– debe abandonar su estilo de negocio turbio y componenda entre los miembros de una misma clase, para recuperar –si alguna vez la tuvo– su misión y vocación de servicio ejemplar a la sociedad.

Los partidos que postulen a personajes de dudosa trayectoria, a exfuncionarios con investigaciones en curso, a tránsfugas de otros partidos que súbitamente encontraron la luz y se convirtieron a una nueva fe, cargarán con el juicio de la ciudadanía, el señalamiento público de su ineficacia, el descrédito por su falta de transparencia.

Twitter: @LKourchenko

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