Opinión

De augurios y agoreros

 
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TLCAN (Shutterstock)

La mesa sigue puesta, aunque los negociadores parecen agotados. Víctimas de todo tipo de augurios, malos, buenos, displicentes, entre otros los del doctor Carstens que antes de volar a Basilea 'nos desea' lo mejor con o sin TLCAN. Nada de qué preocuparse nos dice el adiós del banquero.

Podríamos hacer todo esto a un lado y optar por las seguridades que el secretario de Economía nos ofrece a diario, en el sentido de que la negociación está en curso y, por lo tanto, derivar la gran conclusión científica: mientras hay vida hay esperanza. Sin embargo, la catarata informativa y especulativa no da tregua: vivimos y viviremos peligrosamente con tratado y sin él, y precisamente es esta bifurcación la que debe ocupar nuestros desvelos.

Las propuestas del bando estadounidense parecen extravagantes y excesivas, y según los que saben, poco o nada tienen que ver con el conocimiento que inspira proyectos como los tratados de libre comercio. Tampoco con la ampliación comercial y nadie podría apostar hoy que incrementos discriminatorios en las reglas de origen, como los propuestos, redundarían en mayores inversiones productivas, foráneas o regionales.

Mucho puede decirse en igual sentido de la ocurrencia de acabar con el régimen de controversias, contraria frontal al 'espíritu de Houston' que según sus progenitores los habría inspirado. Para no hablar de la cláusula 'crepuscular' que echaría por la borda cualquier idea sobre un eventual programa de inversiones.

No hay iniciativas novedosas ni renovadas para la cooperación trinacional o el desarrollo de una región constituida a tropezones. Lo que sí tenemos conjugado, con cada vez mayor dureza, es el verbo derogatorio de México y los mexicanos. Un abierto, frontal y agresivo discurso del empresario-presidente contra el país y, al final de cuentas, contra sus gobernantes que presiden un Estado punto menos que fallido según él.

El contexto retórico y político se ha agravado y las opciones se han estrechado, llevándonos a dilemas arriesgados: ¿pararse ahora de la mesa y sufrir las consecuencias con la esperanza de negociar dentro de cinco o seis años y hacerlo desde cero? ¿Aguantar los efectos inmediatos y no tanto de un mal acuerdo, con la creencia en el arribo de un nuevo inquilino en la Casa Blanca en cuatro años?

Ni qué decir, el dilema nos plantea una circunstancia complicada, sin mapas claros de navegación, ni compases para arriesgarse a explorar casi a ciegas nuevos rumbos.

Sin hacer a un lado lo que la contingencia nos impone, habría que empezar ya a hacer un intento por identificar temas y problemas con y sin TLCAN. A muchos de éstos se les ha soslayado por demasiado tiempo y sus implicaciones negativas se han acumulado; otros, han irrumpido en los últimos años y conspiran contra el aprovechamiento y operación del Tratado, modernizado o no.

Se trata de tareas y políticas indispensables bajo cualquier hipótesis, salvo en la providencialista que mantiene en alto la bandera de la magia del mercado. Lo que urge es, sin duda, replantear la estrategia de desarrollo y, en función de ello, poder (re) reconstruir el aparato institucional y mental.

Sacar del olvido y el subsuelo a la política industrial y agrícola, y abordar de frente el gran desafío de los salarios y los derechos laborales. Ni “A“ ni “B“, sino “O“, por obligado. 

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