'The Shape of Water’, la nobleza de los monstruos
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'The Shape of Water’, la nobleza de los monstruos

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Opinión

'The Shape of Water’, la nobleza de los monstruos

19/01/2018
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shape of water
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Me gustó The Shape of Water. Me gustó cómo el director Guillermo del Toro condensa durante el montaje inicial la soledad y el deseo sin remitente en la vida de Elisa (Sally Hawkins), una mujer muda que trabaja de noche en un laboratorio militar y pasa su tiempo libre con Giles (Richard Jenkins), un hombre gay que tampoco encuentra compañía. Desde el principio me gustó la eficacia y el ingenio de su guion, escrito por el propio Del Toro y Vanessa Taylor. Basta un vistazo al refrigerador de Giles para saber que todos los días va a la misma cafetería a comprar el mismo pastel, buscando la atención del mismo mesero, así como basta que Elisa encuentre una gota de sangre en un baño para que ella, y nosotros, sepamos que el verdadero monstruo de la película no es el hombre anfibio (Doug Jones) que llega al laboratorio, sino el militar que lo trajo: Richard Strickland (Michael Shannon), un tipo implacable, quien trata al anfibio y a sus subordinados como si no fueran seres humanos. Me gustó que desde el arranque se asomaran las obsesiones recurrentes del cine de Del Toro, donde los verdaderos monstruos son los hombres, y los monstruos (y quienes creen en ellos) son, en el fondo, nobles.

Me gusta que The Shape of Water sea una variación de temas que Del Toro ya ha tocado, pero me gusta más cuando abreva de cines distintos. El diseño del anfibio nos remite al de Abe Sapien, un personaje de Hellboy, pero también a la criatura de la laguna negra. Elisa y Giles viven en un departamento cuyos claroscuros ambarinos nos recuerdan a la suntuosa fotografía de Eugenio Navarro en El laberinto del fauno, pero también viven arriba de un cine que proyecta películas de la época, y en la sala de Giles ambos se divierten viendo a Shirley Temple.

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Me gusta, pues, que The Shape of Water no sólo ahonde en las inquietudes de su escritor y director, sino que esté interesada directa u oblicuamente en el cine de otras décadas y latitudes. La insistencia del color verde, por ejemplo, probablemente le recuerde al espectador a Amélie, de Jean-Pierre Jeunet. El romance entre Elisa y el anfibio tiene elementos que hemos visto antes, en amistades entre personas y seres extraños como E.T. o The Iron Giant, o relaciones amorosas como Starman, pero me gusta que The Shape of Water se atreva a empujar las convenciones hacia regiones inexploradas –¿qué otra cinta de este tipo es así de abiertamente sexual?–, sin temor al absurdo. Me gustan, por lo tanto, sus ganas de mezclar géneros: la fantasía, el drama y el horror. Pero me gusta más su arrojo.

Me gusta que sea una película narrada sin ironía: directa y, digamos, impúdica. Me gusta que su discurso de inclusión, de empatía con las minorías, sea parte de su esencia y que sea así abiertamente, sin necesidad de filtros. Me gusta la actuación de Shannon: en el catálogo de hombres monstruosos de Del Toro, sólo lo rebasa el Capitán Vidal de El laberinto del fauno. Pero me gustan todavía más Jenkins y Hawkins, cuyo compromiso con su personaje es total y quien logra, sin decir una sola palabra, que Elisa no sea una víctima en busca de nuestra conmiseración sino un ser humano complejo, firme y hasta recio. Me gusta el desenlace de fábula que Del Toro le regala, en la que debe ser una de las tomas más bellas de su –frecuentemente bella– obra. Me gusta, sobre todo, que una película tan romántica y dulce pueda ser premiada en tiempos aciagos como estos. The Shape of Water quizá sea el bálsamo o el escape que necesitábamos. Y eso también me gusta.

Twitter: @dkrauze156

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.