'The Meyerowitz Stories': historias a las que les urge un editor
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'The Meyerowitz Stories': historias a las que les urge un editor

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'The Meyerowitz Stories': historias a las que les urge un editor

15/12/2017
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En The Squid and the Whale, dos chicos, viviendo en Brooklyn en los 80, veían cómo el divorcio de sus padres trastornaba sus vidas. Bernard, el padre, sigue siendo el mejor personaje de la carrera de Jeff Daniels: una cátedra de narcisismo, incapaz de perder ni jugando ping pong contra su hijo menor, obsesionado con recobrar los cinco minutos de prestigio que tuvo antes de que Joan (Laura Linney), su esposa, se volviera una escritora de renombre. Doce años después de estrenar The Squid and the Whale, el director Noah Baumbach nos entrega The Meyerowitz Stories, un regreso tan claro a los temas centrales de su primera gran película, que bien podría funcionar como una especie de secuela, con personajes distintos, pero dinámicas similares, esta vez situada en el 2017.

Tres adultos vuelven a casa de su padre, Harold Meyerowitz (Dustin Hoffman), un escultor venido a menos cuya frustración profesional es muy similar a la de Bernard. El exceso o falta de atención que Harold les puso a sus hijos de niños se revela, en la adultez, como una sentencia de la que ninguno de ellos puede escapar. Matthew (Ben Stiller) gana dinero, pero su padre no respeta lo que hace; Danny (Adam Sandler) es un músico que ya no toca ni en el bar de la esquina y Jean (Elizabeth Marvel) es un fantasma. La película registra el camino de los tres para finalmente ver a Harold en su justa dimensión y aceptar sus defectos y limitaciones.

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The Meyerowitz Stories es más amplia y ambiciosa que The Squid and the Whale, no sólo por la cantidad de personajes que baraja sino porque su estructura es más osada, tanto a pequeña como a gran escala. Baumbach emplea cortes abruptos para llevarnos de un miembro a otro de la familia y cada capítulo puede durar media hora o cinco minutos, como si se tratara de una serie de cuentos sobre el mismo clan. También hay arrojo (o desfachatez) en la dinámica de las escenas. Algunas, por ejemplo, son larguísimas charlas en las que cada integrante insiste en su propio tema, similar a la relación que los personajes de Seinfeld llevaban en las primeras temporadas. Otras son montajes, canciones y hasta cortos de películas estudiantiles: la prueba, vaya, del ánimo lúdico que Baumbach ha adquirido con los años. Su cine es cada vez menos estricto consigo mismo, y este nuevo ritmo está a años luz de The Squid and the Whale, donde cada escena, casi cada diálogo, nos sugería algo fundamental de los personajes: un resentimiento, un rasgo caracterológico o un patrón de conducta transmitido de los padres a los hijos.

Aunque es innegable que Baumbach es un dialoguista dotado, con un tacto insuperable para armar escenas incómodas, a The Meyerowitz Stories le hace falta el rigor que su director y escritor mostraba en sus primeras películas. La cinta sobre todo se descarrila hacia el desenlace, cuando tropieza con algunos clichés hollywoodenses como esos discursos donde los personajes desnudan su sique. Baumbach tampoco sabe dónde acabar cada una de las historias, un problema que The Squid and the Whale no tuvo: se me ocurren pocos finales más sucintos, pero elocuentes, que esa última secuencia en el Museo de Historia Natural. La más reciente de Baumbach acaba en una interminable verborrea; su mejor película, junto con Greenberg, culmina en una escena en la que nadie dice una sola palabra. Es preferible la sutileza que la obviedad.

Twitter: @dkrauze156

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.