'The Last Jedi': perdidos en el espacio
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'The Last Jedi': perdidos en el espacio

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'The Last Jedi': perdidos en el espacio

22/12/2017
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No se necesita ser un obsesivo de Star Wars para saber que The Force Awakens, la primera película de esta nueva trilogía, fue una suerte de greatest hits de la trilogía original. Tanto en tono y atmósfera como en trama, el Episodio VII simplemente reprodujo lo mejor del Episodio IV y V. The Last Jedi, la más reciente entrega en el universo de Star Wars, parece consciente de que es la secuela de una cinta demasiado apegada al molde inicial. Quizás por eso su impulso es ir en contra de su predecesora y buscar las sorpresas, por más ridículas o decepcionantes que resulten. No es casualidad que la historia prácticamente empiece arruinando el desenlace de The Force Awakens con un chistorete: Luke (Mark Hamill) tirando su espada después de que Rey (Daisy Ridley) se la devuelve. Este ánimo, digamos, iconoclasta infecta toda la narrativa, en un afán por brindarle matices a un universo firmemente dividido entre malos y buenos, intentando buscar vetas de originalidad en una serie que ya cumplió 40 años. La misión es noble. El resultado, desastroso.

El director Rian Johnson evita cometer los mismos errores que J.J. Abrams o el propio George Lucas –la repetición de fórmulas, el apego a dicotomías simplonas–, pero eso no lo salva de cometer errores completamente nuevos. Nunca una película de Star Wars había pasado tanto tiempo estacionada en tramas así de sosas. La primera hora y media se va en una persecución interestelar repetitiva, metiendo personajes olvidables al tiempo que descuida a los que nos presentó la película anterior. Los romances y las amistades establecidas en The Force Awakens se desactivan (Finn y Rey como posible pareja) o quedan sin desarrollarse (Finn y Poe como posibles secuaces).

Mientras tanto, en la isla, el afán de no repetir la dinámica de Luke y Yoda en The Empire Strikes Back trae como consecuencia el entrenamiento más inútil que ha tenido un jedi en ciernes. Rey –una superdotada de la fuerza, que sabe perfectamente cómo utilizar un lightsaber sin entrenamiento previo– sigue a Luke de arriba para abajo mientras su maestro ordeña anfibios, pesca y le gruñe. Cuando The Last Jedi suelta estos hilos es para llevarnos a un Montecarlo alienígena donde se desprende otra trama que, a la larga, no le aportará nada al conjunto. Aunque el guion nos haya asegurado lo contrario, en The Last Jedi siempre hay otro plan, otra opción y nadie realmente necesita a nadie. Los personajes más poderosos pueden ser aniquilados de las formas más bobas y los más sabios no tienen nada que aportarles a los más verdes. Olvídense de la fuerza como un poder místico que tomaba años domar. Aquí, para volverse jedi lo único que se necesita es prender un sable.

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Es cierto que, al igual que The Force Awakens, The Last Jedi nos regala momentitos de belleza: un planeta cubierto de sal, una gigantesca recámara de rojos y dorados y una larga secuencia en la que, buscado su origen, Rey se ve repetida en un espejo. También se agradece que, conforme avanza la película, Hamill –el actor menos sofisticado de la trilogía original– poco a poco nos dibuja a un Luke excéntrico, contradictorio e incluso conmovedor: una de las mejores interpretaciones de la saga. Es una lástima, no obstante, que su personaje esté subordinado a una trama obsesionada con restarles importancia a su credo y su persona, culminando en una secuencia moralmente difusa que confunde el heroísmo y el sacrificio con la marrullería del cobarde. Evidentemente, nunca hemos visto a un jedi comportarse así. Que su conducta sea novedosa, sin embargo, no la hace emocionante ni comprensible. Lo mismo pasa con Kylo Ren: un berrinchudo al que ni Adam Driver puede darle coherencia. Star Wars nunca había tenido un villano así. ¿Necesitaba la saga a un chillón que no sabe qué quiere ni de qué lado está? ¿Es interesante? ¿Suscita nuestra simpatía o nuestro desprecio? A mí, francamente, no me engancha en absoluto.

Alarma la adoración casi unánime de la crítica estadounidense, a la que basta darle un elenco variopinto para que sea incapaz de juzgar una película por sus méritos formales y estéticos. Como espectadores, debería importarnos menos el ánimo incluyente de una cinta –que también puede ser un ardid publicitario– que su calidad. Es como si Disney hubiera dado ya con una fórmula infalible: representar a las minorías para evadir el juicio del reseñista, quien prefiere elogiar algo mediano que revelarse como un insensible.

Para gustar, The Last Jedi pretende ser una quema del pasado. Quizás lo sea, en el peor de los sentidos: una película que abarata la magia de la fuerza y sustituye la limpieza del discurso de Lucas con grises dizque sofisticados. Prefiero la copia calca del Episodio VII que esta evolución.

Twitter: @dkrauze156

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