Gary Oldman se merecía el Oscar
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Gary Oldman se merecía el Oscar

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Gary Oldman se merecía el Oscar

08/03/2018
Actualización 09/03/2018 - 15:13

Los Oscar a menudo premian la trayectoria de un actor o un cineasta más que su calidad en una sola película. El ejemplo más trillado es Martin Scorsese, quien no recibió la estatuilla a mejor director por Taxi Driver, Raging Bull o Goodfellas, sino por The Departed. La Academia prefirió premiarlo por una de sus (pocas) cintas menores que arriesgarse a no premiarlo nunca.

Da la impresión de que este premio de consolación ahora le tocó a Gary Oldman, galardonado por su actuación como Winston Churchill en Darkest Hour. Si es así, pues ya era hora. Pocos actores han tenido una carrera tan variopinta como él y todavía menos han sabido envejecer sin caer en la autoparodia, el pastelazo o la repetición, como Robert De Niro, Al Pacino, Anthony Hopkins y Morgan Freeman, el actor más perezoso de la actualidad. Oldman, camaleón por excelencia, un elemento combustible en pantalla y uno de los grandes villanos de los ochenta y noventa, supo apartarse de los personajes siniestros que le salían tan bien para convertirse en una presencia sólida y discreta en cine de abultado presupuesto. Claro que ha habido uno que otro bodrio en el camino, pero la transformación de Oldman es notable. Antes se robaba películas con papeles ruidosos; ahora hace lo mismo sin siquiera alzar la voz (basta recordar a su conmovedor y recatado Sirius Black).

Su trayectoria ameritaba el Oscar. Sin embargo, después de ver Darkest Hour –un drama convencional, sí, pero escrito con oficio y filmado con el brío que caracteriza a Joe Wright– me parece que la actuación de Oldman también hubiera merecido la estatuilla por sí sola. Su Churchill reúne los mejores rasgos de su carrera: nos toca el vistoso truco de magia de verlo desaparecer dentro de un ser humano tan distinto a él, pero también esos silencios elocuentes que desde hace tiempo lo caracterizan. Oldman domina el medio: ensancha su interpretación cuando la cámara lo observa de lejos y deja que su mirada hable cuando la lente se acerca a su rostro. Vean, por ejemplo, cómo cambia al dar un discurso frente a todos sus colegas y al hablar por teléfono con Franklin D. Roosevelt (la mejor escena de la película). La actuación de Oldman no es sólo riquísima, también funciona como un recordatorio de aquello que lo hace único. Tanto por trayectoria como por una sola película, el Oscar fue más que justo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.