'Borg vs McEnroe' y el encanto de las grandes rivalidades
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'Borg vs McEnroe' y el encanto de las grandes rivalidades

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'Borg vs McEnroe' y el encanto de las grandes rivalidades

29/09/2017
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Borg vs McEnroe
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¿Quién no disfruta una gran rivalidad deportiva? Quizá porque nos permiten elegir un bando que refleje lo que nosotros entendemos como virtudes; quizás porque encapsulan la dicotomía con la que a veces interpretamos el mundo, separando a los buenos de los villanos, o quizá porque son muy entretenidas, lo cierto es que pocos fenómenos atizan más el interés en un deporte que ver a dos figuras, con el mismo nivel de destreza pero distinto carácter, enfrentarse una y otra vez. Recordemos a Pete Sampras y André Agassi -la solemnidad contra el desparpajo, esa derecha contra ese revés- cuya rivalidad fue tan intensa que incluso continúa hasta hoy (como prueba están las burlas ácidas que se repartieron en un partido de exhibición en 2010). En todos los deportes existen estas confrontaciones. Verlas es un privilegio.

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Borg vs McEnroe, dirigida por el danés Janus Metz, aborda otra gran rivalidad del tenis, entre dos atletas que no podrían ser más distintos. Por un lado está Björn Borg, el impasible sueco que va por su quinto Wimbledon al hilo, a quien Sverrir Gudnason interpreta como un hombre a tal grado incómodo con la fama y el éxito que es incapaz de sostenerle la mirada a sus fans cuando da un autógrafo. Por el otro tenemos a John McEnroe (Shia LaBeouf), la gran promesa del tenis en 1980. Tan locuaz como Borg es taciturno, McEnroe pasa la mitad de los partidos insultando al juez de línea. El sueco es metódico y supersticioso; el gringo es volátil e impulsivo. McEnroe sale de fiesta horas antes de jugar su primer partido en Wimbledon, mientras Borg entra a Studio 54 como si lo hubieran metido a un cuarto de tortura medieval. Lo curioso es que la película de Metz no llama la atención cuando registra estas diferencias –expuestas, además, con brocha gorda-, sino sus similitudes. Borg vs McEnroe acierta como una mirada a las excentricidades de ambos así como a la rabia y ambición que deben conservar para mantener el mismo nivel de excelencia a lo largo de su carrera.

En su extraordinaria autobiografía, André Agassi explica que, más que cualquier otro deporte, el tenis es una isla. Ni tu entrenador ni nadie está ahí para aconsejarte en la cancha: sólo estás tú y el rival del otro lado. Es natural, entonces, que Borg vs McEnroe también sea una película sobre la soledad de ese deporte. Son incontables los encuadres donde nadie más acompaña a Borg y a McEnroe, donde están solos en sus recámaras, sus vestidores y sus casas. Vaya, están solos hasta cuando están acompañados. Metz y su guionista Ronnie Sandahl por desgracia tienden a abandonar las escenas antes de permitir que lleguen al punto de ebullición, dando como resultado una narrativa que puede parecer una serie de instantes y observaciones psicológicas más bien obvias sobre ambos tenistas. Tal vez por eso el final, donde Metz se da vuelo con una secuencia melodramática y tensa, emociona tanto: liberado de la necesidad de contar a partir de diálogos, el danés se enfoca en regalarnos un espectáculo. Lo que viene antes de ese partido tal vez se quede en la red, pero el desenlace es un servicio as.

Twitter: @dkrauze156

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.