'A Quiet Place', horror bien ensamblado
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'A Quiet Place', horror bien ensamblado

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'A Quiet Place', horror bien ensamblado

13/04/2018
Actualización 13/04/2018 - 15:43

Lo último que uno esperaría de John Krasinski como director, después de dos películas mediocres, la segunda un drama familiar bastante tibio, es una cinta de horror como A Quiet Place, en la que una familia debe sobrevivir en una granja asediada por criaturas que, al oír el más ligero ruido, atacan sin piedad. Conformada por tres niños y el propio Krasinski y Emily Blunt (quien también es su esposa en la vida real), la familia se comunica a través de gestos, advirtiéndose sobre la presencia de los monstruos con ayuda de luces amarillas, cuando no hay peligro, y rojas cuando los bichos rondan la casa. A Quiet Place es, digamos, una mezcla afortunada de The Village y Signs, de M. Night Shyamalan, y Don’t Breathe, un thriller en el que un grupo de chicos se quedan encerrados en el hogar de un asesino ciego e implacable. Como proveedora de sustos la película de Krasinski es una máquina efectivísima desde el arranque hasta el final, aun cuando opta por mostrar demasiado a sus criaturas y demasiado poco del horror que dejan a su paso.

Gran parte de la efectividad se debe a las situaciones en las que los personajes se ven envueltos. La madre, por ejemplo, está a punto de dar a luz, acto no precisamente silencioso. La amenaza del parto está presente a lo largo de toda la primera mitad. Aquí y allá A Quiet Place va plantando amenazas y detalles que cobrarán relevancia conforme la película avanza: un clavo, un respirador artificial, un granero. Se trata, pues, de un guion escrito con oficio, donde nada da la impresión de estar ahí por mera conveniencia. A veces, no obstante, las secuencias evitan llegar a extremos, muy ricos en el horror, que un director más avezado quizás hubiera explorado. Hay momentos desperdiciados: pienso, por ejemplo, en una cierta cunita que está armada como un ataúd.

Me hubiera gustado, también, que la película intentara atar su premisa y los problemas que aquejan a la familia de una manera más elaborada. El guion juega con la idea de la falta de comunicación entre padres e hijos como amenaza íntima y externa, pero no la desarrolla. Nada de eso le resta un ápice de fuerza a la atmósfera auténticamente perturbadora del lugar, ni a la paciencia con la que la película se desenvuelve. Krasinski, que como actor es conocido por papeles bonachones como Jim Halpert en The Office, logra reinventarse de un plumazo. Quizá después de A Quiet Place le espere una larga y fructífera carrera como director.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.