Opinión

Cuotas que distorsionan
la investigación científica

 
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Laboratorio de Genética

En 2014 el indicador de gasto en investigación científica y desarrollo experimental llegó a 0.54 por ciento del PIB y, de acuerdo con la meta que se ha propuesto el gobierno federal, puede llegar a 1.0 por ciento al finalizar la actual administración.

Es poco, si se compara este porcentaje con el que destinan países desarrollados como, por ejemplo, Israel (4.21 por ciento), Corea (4.15), Finlandia (3.69), Japón (3.62) y Estados Unidos (2.79).

¿Pero se tratará sólo de invertir más o de hacerlo mejor?

En la década de 1980, en lugar de estar administrando la riqueza, según el dicho presidencial de aquellos tiempos, todos estábamos en crisis económica. También los investigadores. Era frecuente encontrar a personas que se ofrecían a colocar en bolsas las compras en las tiendas del ISSSTE o de la UNAM. La estampa no tenía nada extraordinario si no fuera porque estas personas portaban, atado al cuello, un anuncio que rezaba: soy investigador (o soy científico), mi salario no me alcanza. Agradezco su ayuda.

Los investigadores de la ciencia estaban, en efecto, muy mal remunerados y el poder adquisitivo de su ingreso había disminuido, como el de todos, de manera estrepitosa.

En 1984 se creó el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), mediante el cual se pretendía paliar la insuficiencia salarial de quienes se dedicaban a la investigación científica y tecnológica.

Se trataba de ofrecerles la posibilidad de recibir ingresos adicionales a los que percibían de las instituciones en las que trabajaban. Se ideó entonces un mecanismo para que los investigadores presentaran sus candidaturas a una especie de beca, para lo cual tenían que entregar la documentación que acreditara sus méritos.

Se establecieron tres niveles en función de trayectorias. A más logros y aportaciones, mayor compensación.

Tanto para ingresar al SNI como para permanecer en él, los investigadores tenían que demostrar que eran merecedores de ello. ¿Cómo medir este desempeño?

Se optó, esencialmente, por unidades de medida cuantitativas, ante la dificultad, supongo, de establecer parámetros cualitativos.

Para seguir formando parte del SNI, los investigadores debían y deben cumplir ciertos requisitos: por ejemplo, publicar tal número de artículos, dirigir tal cantidad de tesis o “doctorar” a cierto número de alumnos.

Es decir: se establecieron cuotas. Lo importante, desde entonces, es cubrir esta cuota, no necesariamente investigar a fondo, hacer aportaciones reales, plantear problemas y ofrecer soluciones para la salud, la economía, la producción agrícola, la conservación de las riquezas naturales o la productividad.

Muchos investigadores mexicanos lo hacen, desde luego, pero la inmensa mayoría orienta su actividad a cubrir la cuota, no importa si las publicaciones son irrelevantes, las tesis intrascendentes o los alumnos doctorados mediocres.

El objetivo, lejano a los objetivos de la investigación científica, es conservar el ingreso adicional, que puede ir de los 15 mil a los 30 mil pesos, si se es parte del SNI.

Estos investigadores, cuyos estudios son total o parcialmente financiados con recursos públicos, pueden ir ascendiendo en nivel e ingresos sin que necesariamente realicen aportaciones en sus materias al interés público.

Hacer una investigación de fondo es incierto, puede llevar años, hay que equivocarse y rectificar, mantener el enfoque, darse cuenta de lo que procede y de lo que no. Es un trabajo que da resultados luego de años y que puede contribuir a mejorar el nivel de vida de la población.

Estas investigaciones son hoy, en México, la excepción, porque miles de investigadores están concentrados en cubrir la cuota a la que los ata el SNI, del que forman parte más de 20 mil académicos.

Y, desde luego, ya se han ido desarrollando, inventando, fraguando, diversas formas de cubrir la cuota sin que ello implique trabajo útil y de fondo.

De ello hablaremos el próximo jueves. Hasta entonces.

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