Opinión

Cumbre sin chorizo

Sergio Negrete

Hay cumbres que parecen reuniones navideñas entre parientes que se tratan poco: hay que cumplir con la obligación de juntarse, haciendo el viaje con prisa y sin expectativas, listos para intercambiar algún regalo y sonreír para la foto. El anfitrión de turno presume su rincón favorito de la casa y se esmera en la cena. Cumplido el trámite, todos de regreso con poco o nada que mostrar. No es que haya antipatía entre los asistentes, pero simplemente no hay mucho que se pueda esperar de la ocasión.

El presidente Barack Obama lo resumió bastante bien: era una visita rápida de trabajo, y no había tenido tiempo ni de paladear el famoso chorizo toluqueño. Tal vez para evitar llevarse un cargamento cortesía del anfitrión, dijo que lo probaría en la próxima ocasión que visitara la ciudad (esto es, probablemente nunca). Al menos, a diferencia de su antecesor Jimmy Carter, no tuvo la ocurrencia de decir en su discurso que, en una visita anterior a México, la comida le había provocado colosal diarrea. Por otra parte, fue peculiar escuchar a Obama referirse a su anfitrión como “Enrique” –habitualmente mejor conocido en discursos públicos como El-Señor-Presidente-de-la-República-Licenciado-Enrique-Peña-Nieto. Algo en esa informalidad habría que copiarles a los estadounidenses de vez en cuando.

La cumbre resultó igualmente sin plato fuerte. La frase más publicitada de Peña Nieto fue que había que “ir más allá” con respecto al TLCAN (palabras con un sonido a hueco impresionante). La otra oración central, igualmente sin mayor sustento, fue la de “hacer de América del Norte la región más dinámica y competitiva del mundo”. Obama evidentemente no pudo sustraerse de lo que ocurre en el resto del planeta, y sus palabras más contundentes en el día fueron para el Presidente… de Ucrania.

México no es prioridad para Obama ni siente cercanía por el país. Finalmente, nació en Hawái y se desarrolló políticamente en un estado norteño cercano a Canadá. Si George Bush hijo tiene una cuñada mexicana, Obama tiene en cambio un cuñado canadiense. Por otra parte, México ha dejado de ser (por el momento al menos) fuente de numerosos migrantes ilegales y la violencia relacionada con las drogas implica muchos muertos, sí, pero en tierras nacionales.

Si quiere alguien más identificado con el país, Peña tendrá que esperar que un texano o californiano sea electo en 2016. Al menos hay realismo en la relación bilateral, sin pretensiones de que el inquilino de la Casa Blanca es un cuate cercano (Vicente Fox) o sin frialdades innecesarias (Felipe Calderón). Peña ha sido muy cuidadoso en reiterar públicamente que cualquier reforma migratoria es un tema que corresponde al Congreso de Estados Unidos, eludiendo una cuestión espinosa sobre la que no tiene influencia.

Mientras tanto, la mejor política exterior será la política interior. Y eso implica combatir la inseguridad que aterra inversionistas, ahuyenta turistas, aumenta costos de las empresas y, de hecho, reduce la integración comercial. Tener la vecindad con el mercado más grande del mundo es magnífico, pero el peligro que se roben el tráiler con mercancías camino a la frontera, secuestren al directivo de la multinacional o se tenga a grupos criminales recibiendo parte de los dólares de exportación a cambio de “seguridad” ha implicado un brutal retroceso. No se trata sólo de “ir más allá” sino de recuperar lo que se tenía. Y vaya que cualquier reducción en el crimen ayudaría a que México fuera una economía más dinámica y competitiva.

Pero eso, ojalá, será el futuro. Por el momento, sin siquiera un buen chorizo de Toluca, concluyó el ritual.