Opinión

Cumbre de foto

Las llamadas cumbres entre mandatarios de diferentes países comparten una serie de características, ya sean vecinos, socios aliados o simples convidados a una misma reunión.

Generalmente hay una agenda elaborada con precisión, con horarios, temas y reuniones que aprovechan cada segundo de la jornada. Están las fotos oficiales, los discursos obligados y las posiciones claramente previsibles. Algunas, esto depende de la cercanía o empatía entre los dignatarios, abren espacios informales de convivencia personal, una comida privada o cena donde se hacen a un lado los funcionarios y miembros de comitivas. Ocasionalmente conviven con las esposas que, en reuniones grandes, tienen programadas agendas paralelas generalmente orientadas al arte, la cultura o la asistencia social.

Pero lo cierto, es que a pesar de su elevado costo, significativo despliegue, enorme movilización de personal de seguridad y vigilancia, estas reuniones con frecuencia se quedan sin avances concretos, acuerdos, documentos puntuales que fijen medidas y estrategias a seguir. Son como reuniones de buena voluntad, oportunidades para fotografía, desfiles de banderas y promesas de una amistad etérea, insubstancial.

En el caso de México y Estados Unidos, la lista de encuentros es interminable, y siempre se ha hablado de la “química especial” que debe existir entre los presidentes para lograr un encuentro valioso y trascendente. Se dijo entonces que Salinas y Clinton se entendían bien, y ese fue un ingrediente esencial para lograr la firma del TLC en 1993. Años después Fox logró una buena conexión con Bush hijo, los dos rancheros, botudos y extremadamente primitivos alcanzaron un buen nivel de entendimiento. Que no se tradujo en nada concreto.
Calderón fue aplaudido en Washington por su estrategia contra el crimen, por sus acciones para reforzar la seguridad y combatir el narcotráfico. La Iniciativa Mérida, es el mayor logro de esa alianza anticrimen.

Curiosamente, a pesar de este mito en torno a que los presidentes demócratas siempre han tenido una mayor propensión a construir lazos firmes y cercanos con México, son justamente Clinton y Obama cuyos gobiernos han combatido con mayor fuerza y energía la inmigración ilegal. Bajo el gobierno de Bill Clinton, la patrulla fronteriza recibió el mayor incremento jamás obtenido para su presupuesto, mientras que en los años de Obama se han deportado más mexicanos que nunca antes en la historia. La última gran reforma migratoria que otorgó ciudadanía a millones de indocumentados, muchos de ellos de origen mexicano, tuvo lugar en los años 80, en el gobierno de Reagan, un furibundo republicano muy simpatizante con los hispanos por su origen californiano.

La reunión de ayer en Toluca es una buena oportunidad de saludarse, revisar asuntos de energía y competitividad, pedir un informe sobre el TLC y sus posibles “adendúms”, pero nada más.

Avance sería obtener el compromiso del premier Harper para modificar los términos de visado que tanto ha golpeado al turismo mexicano en Canadá, pero que en pleno derecho ha frenado las oleados de asilados mexicanos a ese país.

Logro sería el anuncio de la reforma migratoria como hecho consumado, algo imposible por la incapacidad legislativa del presidente de Estados Unidos, pero más distante e improbable por la férrea oposición republicana en el Congreso, bastante dividida al respecto, por cierto.

El nuevo paquete de reformas, impulsado por el gobierno de Peña Nieto y por los integrantes del fenecido Pacto por México, ha picado la curiosidad y la atención de nuestros vecinos. Le han prodigado loas y gestos de admiración y respeto. Obama declaró incluso que piensa “seguir la estrategia marcada por su homólogo mexicano”. El sector energético es el que atrae especialmente su mirada, ante los gigantescos negocios que en ese terreno se pueden hacer.

Muy pocas horas pues de Obama en México y del propio Harper para poder profundizar en una auténtica agenda de cambio regional, de explotación del comercio.

Hace 20 años nos veían como la mano de obra barata que iba a realizar muchas tareas que sus propios trabajadores ya no querían, -vean Detroit y la industria automotriz como ejemplo. Tal vez hoy nos puedan ver como un mercado en crecimiento, como una clase media en expansión, como una economía que si logra superar los endémicos problemas de pobreza e inseguridad, pudiéramos, probablemente, ser vistos como auténticos socios, de igual a igual.

Mucho me temo que aún falta mucho para que eso pueda convertirse en realidad.