Opinión

Cuidado con la complacencia


 
México se ha puesto de moda nuevamente entre empresarios e inversionistas de todo el mundo.
 
Apenas el fin de semana pasado, el Premio Nobel de Economía y uno de los más feroces críticos de la ortodoxia y de los poderes financieros, Joseph Stiglitz, declaró que a su juicio, México ya es ahora más competitivo que China.
 
Hace una semana, en su edición del 19 de enero, el semanario 'The Economist', uno de los más influyentes del mundo, también señaló lo siguiente:
 
"México, que tiene una enorme ventaja por su frontera con Estados Unidos, está atrayendo de manera creciente producción destinada a las Américas, que previamente se hubiera realizado en China."
 
Ya no es novedad, México nuevamente está resultando atractivo para inversionistas extranjeros, pero también para empresarios nacionales.
 
Ese hecho, positivo en sí mismo, puede dar lugar a un efecto indeseable: la complacencia.
 
Empiezo a percibir entre algunos empresarios y funcionarios públicos un trazo de conformidad con lo que se ha hecho en los últimos meses.
 
Es humano enorgullecerse de proyectos que salen bien, pero en un país como el nuestro y en el mundo tremendamente competitivo en el que estamos, el complacerse de lo hecho hasta ahora puede resultar riesgoso.
 
Hay que tomar en cuenta que hasta este momento en México no se ha realizado ninguna de las reformas estructurales de profundidad, a saber, la fiscal, la energética y la de la seguridad social.
 
No es despreciable la reforma laboral que ya ocurrió, de ninguna manera, pero sin las demás, va a resultar completamente insuficiente para crear los empleos que se necesitan, tanto en número como en calidad.
 
La reforma constitucional en materia de educación es trascendente, pero falta instrumentar toda su operación, sin lo cual puede quedar sólo como un texto, eso sí Constitucional, pero distante a la realidad.
 
Como quien dice, se ha avanzado, pero todavía falta lo principal.
 
Y, sin esas reformas, México sólo puede aspirar a que lo consideren interesante como destino de las inversiones por su cercanía con Estados Unidos, pero quedaría lejos de generar el dinamismo económico que el país requiere.
 
Hay que recordar que ya una vez, al comenzar la década de los noventa en el siglo pasado, parecía que habíamos dado el salto hacia el desarrollo. México había firmado el TLC y estaba en camino de modernizar sus instituciones.
 
Pero, nos solazamos —como país— en esos supuestos logros y hubo un exceso de confianza que nuevamente nos hundió en la crisis de 1995.
 
Hubo, lo que en esos tiempos se denominó: 'sobregiros de la confianza'.
 
El reto de evitar la complacencia no es sólo para Peña y su gobierno; lo es también para el Congreso, para los gobiernos locales; para los empresarios y también para la sociedad.
 
Hay que aprender del pasado y desarrollar una actitud alerta, al tiempo que mantener la visión crítica frente a la oportunidad que hoy nuevamente se nos presenta en el país.
 
Tenemos frente a nosotros probablemente 24 meses que van a ser determinantes para lo que ocurra en México en los siguientes 10 a 15 años.
 
La ventana de oportunidad no se va a extender más allá de ese plazo, pues las reformas requieren alianzas entre las fuerzas políticas, que difícilmente van a darse si estamos frente a procesos electorales federales, como los que van a tener lugar en 2015.
 
Y, en la segunda parte del sexenio, como en todos, las posibilidades de concretar reformas estructurales serán menores y dependerán del resultado de las elecciones de 2015.
 
¿Podremos con el paquete?
 
Regreso
 
El 1 de febrero de 1988, hace prácticamente 25 años, Coordenadas comenzó a publicarse en EL FINANCIERO.
 
A partir del día de hoy, esta columna empezará a publicarse de nuevo todos los días en este medio, que fue la casa en la que nació y creció.