Opinión

Cuidado con el brote de nuevo pesimismo

05 diciembre 2013 5:2

 
El gobierno y las empresas requieren hacer un esfuerzo mucho mayor para alentar la confianza de los agentes económicos.
 
 
Ayer, el INEGI dio a conocer los resultados de sus encuestas sobre confianza. La del consumidor bajó en noviembre en 5.8 por ciento respecto al nivel del mismo mes del año pasado. Esta es la menor cifra de los últimos tres años, pues desde noviembre de 2010 no teníamos un registro tan bajo.
 
 
En el caso del índice de confianza del productor, la caída es de 5.1 por ciento y se ubicó en el nivel más bajo desde febrero de 2010.
 
 
Hay que recordar que durante los meses de octubre y noviembre ocurrió la discusión sobre la reforma hacendaria y también se hicieron las revisiones a la baja de las expectativas de crecimiento del país para este año.
 
 
Ese clima, al que fueron expuestos los consumidores y los empresarios, generó un gran pesimismo, que se ha hecho manifiesto en las variaciones de los indicadores mencionados.
 
 
Ya le he comentado en este espacio que a mi juicio, el efecto global de la reforma hacendaria no será tan grave sobre la disponibilidad del gasto privado, pues aunque implicará mayores pagos de las empresas y las personas, también traerá consigo un mayor flujo de recursos a través de un gasto público bastante mayor.
 
 
Sin embargo, este balance de efectos no ha logrado comunicarse entre los agentes económicos.
 
 
Pregunte usted prácticamente a cualquier persona y verá que tiene presentes los costos pero nada sabe respecto a los beneficios.
 
 
Le he comentado en diversas ocasiones en este espacio que existe un gran vacío en la comunicación de los impactos globales de la reforma hacendaria, tanto en su efecto sobre la demanda agregada, como en sus implicaciones distributivas.
 
 
Y ya estamos viendo los efectos de esta percepción en los índices que ayer se dieron a conocer.
 
 
En el caso de la revisión de la estimación a la baja del crecimiento de la economía, hace falta explicarle a los agentes económicos, consumidores y productores, que los efectos ya ocurrieron.
 
 
La revisión de las cifras no es porque las cosas vayan a estar más mal en el futuro sino principalmente porque estuvieron más mal de lo previsto. Es decir, la revisión se hizo porque ya se presentaron hechos consumados.
 
 
Las instituciones públicas son las principales responsables de generar las expectativas pero también el sector privado tiene cierta responsabilidad. Cuando se trazan panoramas apocalípticos se genera la impresión de que estamos frente a una crisis económica de proporciones mayores, cuando no es así.
 
 
Va a ser muy difícil que en diciembre tengamos un giro drástico en los indicadores de opinión de los agentes económicos.
 
 
Pero la oportunidad será el primer trimestre de 2014.
 
 
La autoridad y el sector privado deben afrontar una tarea que no se ha hecho. Dejar de fijarse posiciones ideológicas, como se hizo durante el debate de la reforma, que servían para tratar de inclinar la balanza de las decisiones legislativas en cierta dirección, y deberían presentar las cosas de manera objetiva y creíble.
 
 
Las decisiones se tomaron ya y no hay razón para seguir en polémicas interminables.
 
 
También debe dejarse de lado la idea de que será la realidad la que al final de cuentas se imponga y cambie las percepciones cuando las cosas vayan mejorando.
 
 
Sí, debe cambiar la realidad, pero también debe inducirse a un ajuste deliberado en las percepciones, ofreciendo datos y análisis pertinentes.
 
 
Los economistas saben desde hace muchos años de la gran importancia de las expectativas. Tan malo es crear optimismos infundados como dejar que el pesimismo mal informado se adueñe de la visión de la gente.
 
 
La tarea no es menor ni accesoria. El talento, energía y recursos del gobierno deben dirigirse a ella de manera decidida.
 
 
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