Opinión

¿Cuántos récords más se pueden romper?

   

Money is the Moment to me.
Money is my Mood.

Andy Warhol


Sí, uno más. Después de la histórica subasta del 12 de noviembre 2014 en la que Christie’s vendió más de 850 millones de dólares, la casa Sotheby’s contraatacó el 20 de noviembre con su evento American Art en Nueva York, donde Jimson Weed/White Flower No. 1 (1932), de la pintora estadounidense Georgia O’Keeffe (1887-1986), alcanzó la suma más elevada en la historia para una mujer artista: 44.4 millones de dólares, rompiendo la marca que Joan Mitchell (1925-1992) mantenía desde mayo de este año con Untitled (1960), vendida en 11.9 millones de dólares.

Antes del jueves pasado, el precio más alto alcanzado por un Georgia O’Keeffe había sido de 6.2 millones de dólares en 2001. ¿Existe otro mercado como el del arte que haya tenido tanto crecimiento en sólo 13 años? ¿Hay alguna otra plataforma de inversión que en tan poco tiempo dé rendimientos de 300 o 500 por ciento? Algo está fuera de control y los actores de este juego de especulación lo saben, tan es así que están aprovechando la cresta de la ola.

De las muchas dudas que esta burbuja del arte contemporáneo genera hay dos que me gustaría puntualizar.

Primero, estas grandes sumas de dinero que, por ejemplo, mueve mensualmente Christie’s, son anónimas; lo único que se hace público son las cifras finales, no los compradores. Entonces: ¿de dónde viene ese dinero y a dónde va?

Segundo, ¿cómo esta locura especulativa afecta la producción artística? Es decir, que algún joven coleccionista se deje llevar por las tendencias de mercado y no por su gusto o intuición no es tan grave culturalmente a que un joven artista encauce su ánimo creativo a satisfacer las necesidades de mercado. El caso de Oscar Murillo es digno de mención. Este colombiano de tan sólo 28 años –promesa de la pintura y el arte contemporáneo– llegó a cotizar en subasta hasta 400 mil dólares, triplicando los estimados. Lo sorprendente es que este artista, antes del año pasado, no tenía una sola exposición de museo y, a pesar de dominar el mercado de los artistas jóvenes en Nueva York, su única exposición individual en esa ciudad fue con la galería David Zwirner (una de las grandes jugadoras dentro del mercado). Su obra, incluso su apariencia física e historia personal, recuerdan, ¿propositivamente? a Jean Michel-Basquiat.

Murillo, el chico prodigio del mercado del arte que rompió récords el año pasado en todas las subastas de arte joven, en 2014 ha tenido una caída escandalosa: en las últimas ediciones de Phillips, apenas llega al estimado, mientras que los dealers y asesores recomiendan liquidar y deshacerse de sus obras. Pobre Leonardo DiCaprio, que fue el comprador de Untitled en 2013 pagando más de 400 mil dólares.

¿Cómo puede un artista –tan joven– reponerse de este tremendo golpe para su carrera? ¿Su discurso artístico tuvo alguna relevancia o sólo era un producto? ¿Pueden todavía los sistemas tradicionales validadores del arte confrontarse con el poder financiero? ¿Acaso estos sistemas todavía tienen alguna relevancia por sí mismos o se han vuelto parte del andamiaje que hace del arte tan magnífico negocio? Para muestra un botón, la mancuerna del crítico Benjamin Buchloh y la galerista Marian Goodman, en la que el primero ratifica teóricamente a los artistas de la galería, ¿en pro de nuevos compradores?

Como el caso Murillo, el martes en la subasta México Contemporáneo de Sotheby’s, los lotes de Gabriel Orozco, Francis Alÿs, Minerva Cuevas, Daniel Guzmán o Miguel Calderón no se vendieron. Lo único seguro en este caprichoso mercado es como dice el icónico verso de Dreams: “players only love you when they’re playing”.