Opinión
  

Cuando soplen otros vientos

    
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Decreto de Trump

En un poema que muchos mexicanos recitaron de niños, Amado Nervo le advierte al México de sus tiempos (que apenas emergía de la violenta convulsión que fue el siglo XIX): “…del lado opuesto de tu río / te está mirando hostil y frío, / el ojo claro del sajón…”. Hasta el ascenso de Trump, la visión de Nervo no era más que el recuerdo de un pasado remoto, cuando nuestros vecinos del norte eran en efecto extraños enemigos, que amenazaban la existencia misma de México como una nación independiente. Sin embargo, los exabruptos del nuevo inquilino de la Casa Blanca han revivido ese nacionalismo, bastante sentimental y ramplón, que insiste en interpretar la actual crisis como una confrontación entre dos países. Este nacionalismo sentimental ha prendido, incluso entre intelectuales y líderes de opinión de primer nivel, que han llamado al boicot de empresas y a manifestaciones, y que incluso han avizorado una “segunda independencia”.

Desde el nacionalismo sentimental se menosprecia a Donald Trump por las razones equivocadas y se le dibuja como una bestia irracional. Una bestia irracional no hubiera barrido con el establishment republicano ni hubiera derrotado al formidable aparato electoral que Hillary Clinton construyó durante muchos años. El estilo golpeador, la retórica incendiaria, y el desdén de Trump por las formas tradicionales de la política forman parte de un estilo y una estrategia que hasta ahora ha sido muy eficaz para lograr sus objetivos (que no incluyen ni el mejor interés del pueblo de Estados Unidos, ni mucho menos mantener relaciones cordiales con México). A Trump le interesa asestar golpes que consoliden su imagen de vencedor, de ahí su empeño en construir un muro que no servirá para nada y su insistencia en que México lo pague. Golpear primero es parte de su estrategia racional de negociación. Por eso recibió el pasado miércoles a la delegación mexicana encabezada por Videgaray con la firma de dos órdenes ejecutivas, una para iniciar la construcción del muro y otra para incrementar el número de deportaciones.

El tema del muro tal vez se pudo haber resuelto de mejor forma (es decir, sin que México acepte pagar, pero también sin la amenaza de un inminente arancel de 20 por ciento a todas nuestras exportaciones). Sin embargo, el nacionalismo emocional le entró al juego de Trump: en los medios, la mayoría de las voces que se pronunciaron exigieron la cancelación inmediata de la visita oficial que el presidente Peña tenía contemplada para el día de mañana, como finalmente ocurrió –tuit mediante.

México tiene algunas cartas que jugar, pero debe hacerlo con inteligencia. Las bofetadas patrioteras al Tío Sam nos pueden doler más a nosotros que a ellos. Por ejemplo, dejar que los migrantes centroamericanos lleguen sin restricciones a la frontera norte podría liberar recursos. Sin embargo, también sería inevitable que los migrantes, si se internan sin restricciones al país, terminaran por concentrarse en las ciudades de la frontera norte, generando una potencial crisis humanitaria. De igual forma, muchas de las propuestas de retaliación en materia comercial y de seguridad terminarían por generarnos costos importantes.

Las fuerzas que tienen mayores probabilidades reales para detener, o al menos moderar, los excesos de Trump contra nuestro país –y esto es algo que no se quiere ver desde el nacionalismo sentimental–, no están en México sino dentro de Estados Unidos. Es fundamental que el gobierno y nuestros líderes sociales, políticos y empresariales hagan causa común frente a la crisis, pero también que promuevan un nacionalismo más sosegado, que busque defender el interés nacional en sintonía con los aliados naturales que México tiene en Estados Unidos: los voceros de los consumidores, que verán un drástico aumento en productos de consumo popular (desde autos compactos hasta alimentos) si se imponen aranceles a las importaciones procedentes de México; los sectores productivos, que dejarían de ser viables sin la participación de mano de obra migrante; la burocracia, la comunidad académica y los sectores más informados de la sociedad norteamericana, que entienden el enorme costo que la caprichosa embestida de Trump contra México tendrá en el largo plazo para la su economía y para sus instituciones.

Los siguientes cuatro años serán largos y difíciles, pero necesitamos una visión de Estado y de largo plazo. Más allá de la impopularidad del presidente. Más allá de las elecciones de este año y del próximo, es muy probable que el 20 de enero de 2021 Donald Trump deje la Casa Blanca. Incluso si logra la reelección, la retórica antimexicana, tan eficaz en campaña, no dará buenos resultados en el gobierno. Como señaló el expresidente Zedillo en un lúcido texto publicado en el Washington Post, el mejor interés de México es “mantener, e incluso fortalecer nuestra posición como un buen lugar para que las compañías globales produzcan, tanto para nuestro mercado como para otros mercados, particularmente el de Estados Unidos”. Hoy, al calor de las afrentas de Trump, se pueden tomar decisiones impulsivas que muy probablemente terminaríamos por lamentar una vez que soplen otros vientos.

Twitter: @laloguerrero

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