Opinión

Cuando la prisa mata la prosperidad

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Gente a prisa. (Especial)

La corrupción e impunidad tienen prisa, mientras que los tiempos para aplicar la ley pueden ser eternos.

Vivir con prisa y de prisa, es lo de hoy. Es estar a la moda y cumplir con uno de los atributos de esto que llamamos éxito en la actualidad. Tener agendas sin espacio es sólo un indicativo de cómo debe vivirse el día a día si algo valioso se quiere lograr.

Tener prisa y vivir de prisa, es sinónimo de mujeres y hombres ocupados y productivos, o por lo menos de gente que si tiene cosas importantes que hacer, nos ha llevado a una vorágine en la que fácilmente hemos confundido prisa con velocidad. Prisa para quienes detentan el poder y ordenan que se cumplan sus caprichos y ambiciones, aunque ello signifique pérdidas costosas en tiempo, oportunidades, libertades y derechos para miles de ciudadanos.

Algunos gobernadores, alcaldes o empresarios viven de prisa para obtener sus ventajas políticas o económicas, en tanto que sus gobernados o colaboradores invierten minutos y horas invaluables en hacer un trámite o deben aguardar sin prisa la antesala obligada, si quieren procesar una gestión y dialogar –así sea unos minutos– con quienes sí están muy ocupados y tienen prisa.

Los minutos de algunas autoridades valen todo y los minutos y horas de miles de ciudadanos se van directo al bote de la basura porque simple y sencillamente son tiempo perdido.

Por supuesto, siempre habrá un coyote dispuesto a que el ciudadano, pagando una cuota, transite un atajo y acorte los tiempos de espera. Deben pagar un costo extra para lograr darle prisa a lo que en derecho debiesen tener con prontitud.

Algunos grupos de maestros tienen prisa para que les cumplan sus reclamos, sean éstos legales o no. Mientras los niños, generalmente los más pobres, deben aguardar horas, días o incluso meses para que ese profesor regrese a cumplir con su mandato y enseñar en las aulas. La prisa de unos para mantener prebendas y privilegios se convierte en historias de pérdidas invaluables para los más necesitados. Así, mientras relativamente pocos gritan y reclaman respuestas rápidas para proteger sus intereses y prebendas, la mayoría de los estudiantes debe renunciar a la urgencia por aprender y contar con una mínima plataforma de acceso a oportunidades y a un futuro menos doloroso y vulnerable.

Frente a la corrupción e impunidad que enfrentamos en nuestro país, están quienes tienen prisa por enriquecerse y acumular grandes fortunas con el trabajo paciente, constante y creativo de millones de mexicanos. Quienes por años e incluso generaciones completas han arriesgado, invertido, ahorrado y trabajado incansablemente, observan la extraordinaria rapidez con la que algunos en muy cortos periodos, gozan de bienes y patrimonios, en donde el esfuerzo brilló por su ausencia.

Se contratan deudas que de entrada suenan impagables y altamente irresponsables, frente a la prisa de financiar obras, campañas electorales, o repartir dádivas.

Esa prisa en un solo gobierno por endeudar, requerirá el trabajo constante, paciente, y la terrible injusticia de que generaciones enteras de ciudadanos tengan que ir saldando una deuda que no sólo no contrataron, sino de la que en su gran mayoría jamás recibieron beneficio alguno.

Hay prisa de partidos políticos por lanzar candidatos “populares” o caciques con el único fin de no perder su registro, así sean impresentables, o bien, por apropiarse de posiciones estratégicas.
La prisa de unos cuantos roba la prosperidad de miles, les arrebata oportunidades y los coloca en pisos de partida realmente desventajosos.

La prisa nada tiene que ver con la velocidad que hace posible la tecnología, la innovación, la rendición de cuentas y la valoración con un mismo rasero del tiempo propio y del tiempo de los demás.
Hay prisa por comprar pero no la hay para pagar.

Hay prisa por obtener reconocimientos, pero no hay paciencia para construir los méritos.

Hay prisa para acallar a los mensajeros, pero lentitud para resolver las causas o transformar las realidades.

Hay prisa por llegar y si ello demanda atropellar derechos y libertades, entonces la prisa será el instrumento para lograrlo: entre más rápido para unos pocos, aumentarán los males para millones.

La prisa de las élites y de aquellos que se saben impunes está matando la prosperidad, la esperanza y el ánimo de miles y miles de ciudadanos.

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