Opinión
ADRIANA LÓPEZ CATALÁN, SOCIÓLOGA Y MAESTRA

“Cuando hablan mal de los maestros siento indignación “

   
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Adriana López Catalán es hija y nieta de maestros. Ella no podía ser otra cosa. Su abuelo paterno era maestro rural y, sin saberlo, su nieta dio clase muchos años después a su estilo. Creaba proyectos, comprometía y entusiasmaba a los niños y a sus padres, iba mucho más allá que el trabajo en el aula. “No sé si estas cosas se transfieran con la genética, pero soy maestra como lo fue mi abuelo”.

Su familia materna viene de Apaxtla de Castrejón, una comunidad próxima a la montaña; la paterna es de la costa chica. “Soy afrodescendiente, aunque no lo parezca”.

Las familias López y Catalán migraron a la Ciudad de México por separado. El padre se inscribió a leyes en la UNAM, donde conoció a su mujer, que había venido de Iguala a la UAM Xochimilco para estudiar la licenciatura en psicología educativa. Él acabó como maestro de historia en una secundaria pública y ella como maestra de primaria.

Su hija optó por sociología, pero a mitad de la carrera se unió a un grupo de estudiantes que emprendieron unas jornadas de apoyo educativo en la costa alta de Oaxaca, después del azote del huracán Paulina. La gente no quería víveres ni ropa; exigía educación. Los estudiantes respondieron y Adriana, sin método alguno, fue con el grupo a cantarles a los niños oaxaqueños, como hacía su madre mucho tiempo atrás. “Fue maravilloso. No había luz, no había agua, apenas había comida y teníamos que caminar horas para llegar a las escuelas, en rancherías y comunidades diminutas. Y a pesar de todo, los niños mostraban una gran emoción. Les sorprendía la luna, las estrellas, el mar de un lado y el río del otro. Yo empecé a hacer lo que ahora sé que es en pedagogía Freinet. Vivíamos la enseñanza sin libros, con mucha intuición”.

Pérez Catalán deseaba entrar a la Normal, pero terminó sociología. Luego descubrió y profundizó en la pedagogía Freinet, que propone que los alumnos aporten los objetivos de aprendizaje y una serie de técnicas para que trabajen sin que el maestro sea la figura central. Un par de años después, la huelga universitaria de 1999 radicalizó a sus compañeros y como ella se mantuvo al margen del movimiento estudiantil, fue marginada de las brigadas educativas.

López Catalán determinó que se convertiría en maestra y se formó en el INEA como alfabetizadora. “Era muy jovencita y andaba en las obras enseñándole a leer y a escribir a los albañiles”, hasta que supo que se solicitaba una maestra en una escuela particular, al lado de una asesora y una maestra que habían introducido la técnica Freinet en México, Alicia Morales y Graciela González Mendoza, el Colegio de Educación Integral. Adriana empezó a obtener experiencia mientras se especializaba en temas de aprendizaje y filosofía para niños.

Elisa de Tapia, hija de Graciela González y José de Tapia –precursor de la técnica en España–, la buscó unos años después para avisarle que había un sitio disponible en la escuela Bartolomé Cossio, la segunda que introdujo la pedagogía Freinet, después de una escuela experimental en San Andrés Tuxtla. “Me sorprendió que en esa comunidad los papás en general hacen lo que quieren: son cineastas, académicos, científicos, emprendedores… Traté de adaptarme a esta nueva comunidad, con mucho miedo porque la exigencia académica y cultural no tenía nada que ver con mi experiencia”.

Convertida en maestra de manera oficial por la SEP, López Catalán tomó el desafío de enseñar en la primaria pública Escuela de Participación Social Número Cinco, por la tarde: “Me gusta estar en contacto con las dos realidades. Los dos espacios se enriquecen uno al otro y mi espíritu también. Además, tengo un compromiso moral con los niños menos favorecidos”.

A pesar de algunas resistencias, Adriana ha hecho proyectos a partir de asuntos políticos difíciles de abordar por los niños, como la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y el muro soñado por Trump. “Algunos piensan que la política es incomprensible para niños de primer grado, que estos temas les provocan angustia, pero no es mi experiencia. Cuando desaparecieron los estudiantes de Ayotzinapa, los niños preguntaban y yo no podía hacerme la disimulada. Fui muy cuidadosa. Les conté la idea prehispánica de la muerte y al final del año evaluamos cómo se sentían, pues nadie habló de desaparición forzada y asesinato con ansiedad, pero sí de monstruos en el armario, arañas y otros temores típicos de la infancia. Cuando ganó Trump, uno de los niños presentó con su mamá una conferencia hermosísima y todos cantamos una canción andina sobre la muralla, basada en un poema de Nicolás Guillén. Como actividad final construimos un muro antiTrump, lleno de flores y color, donde contrastamos los valores que queríamos para Estados Unidos, México y el mundo con los valores de Trump. Estaba lleno de flores y color”.

-¿Haces el mismo tipo de actividades en la escuela pública?

-Las mismas, quizá con menor dimensión porque no voy todos los días y tengo un grupo multigrado, de segundo a sexto de primaria. Es mucho más difícil. Una vez trabajamos a partir de una canción de rap que eligieron ellos, una canción muy cruda. No sabía qué hacer. El coro decía algo sobre “esta vida de transa” y por fortuna, un chiquito entendió “esta vida me encanta” y entonces modificamos cada verso de lo que vivía el personaje por lo que debería ser, lo que se merece un ser humano. Los niños se sintieron muy aliviados”.

-¿Crees que tu profesión está subvaluada?

-Ahora que se habla tan mal de los maestros, siento indignación; cuando hablan mal de los maestros rurales, sobre todo. Recuerdo a mi abuelo, a mi mamá movilizada y con los pagos retenidos... Hay una parte bella de ser maestra, pero también hay padres de familia complicados, autoritarios, demandantes. Nadie sabe lo agotador que puede ser el ser maestro de treinta y tantos niños, sin recursos, a veces hasta con sabotaje, hostilidad y con las expectativas y los juicios sobre uno encima.

-¿Le tienes fe la reforma educativa?

-No.

Eso pensé.

Twitter: @scherermar

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