Opinión

Cuando el futuro nos alcance

 
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Siasun Robot & Automation Co. (China Daily)

A veces hace falta poner distancia para ver las cosas con más claridad. El debate persistente y el análisis microscópico de las cuestiones de corto plazo que nos abruman pueden hacernos perder de vista la perspectiva de más largo plazo que nuestras decisiones —y la falta de las mismas— podrán tener.

A principios de este año, el McKinsey Global Institute publicó un estudio titulado Un futuro que funcione: Automatización, empleo y productividad. El reporte habla de robotización, del ritmo que la automatización de empleos podrá seguir en diferentes economías y su vínculo con los salarios y la productividad del capital y del empleo.

Podríamos leer sus conclusiones pensando en alguna película de ciencia ficción como Gattaca o Soylent Green, pero sería más útil vincular lo que ahí se presenta con las decisiones de política que tomamos todos los días. El estudio profundiza en las dinámicas laborales de 46 países que analiza y pone a disposición pública la información utilizada en la plataforma Tableau Public.

Antes de hablar de los resultados que presenta el estudio sobre México en particular, vale la pena tener a la mano los últimos datos de productividad. El Inegi publica un índice de productividad laboral con base en horas trabajadas según la actividad económica. Los datos del Inegi son desalentadores. Usando las últimas cifras, la productividad laboral en México disminuyó 1.2 por ciento anualizado durante el tercer trimestre de 2016. Usando una serie más larga, los datos siguen siendo desoladores. No hemos logrado prácticamente ningún avance en productividad en los últimos 10 años.

Al usar los datos de la OCDE, la historia se valida. En términos reales, en el año 2000 nuestra productividad por hora trabajada era de 17.5 dólares, en 2010 fue 17.4 y en 2016 de 18.5 dólares. Eso sí, somos el país más trabajador. Los mexicanos trabajaron en promedio dos mil 228 horas durante 2014, mientras que los alemanes sólo lo hicieron mil 366 horas. Su hora trabajada vale 60 dólares.

Si nos sirve de consuelo, la productividad en el mundo ha estado estancada, pero el estudio de McKinsey es optimista. Sugiere que la automatización podrá generar un impulso necesario en la productividad sobre todo en las economías cuyas poblaciones envejecen y la población joven no es suficiente para mantener a una generación que vivirá por más años probablemente sin realizar actividades productivas.

El impacto, evidentemente, será distinto dependiendo del estado de desarrollo de cada economía, de su capacidad de absorber la tecnología y de sus mercados laborales. McKinsey Institute estima que la productividad podría incrementarse 1.4 por ciento anualmente en la medida en que los procesos se vayan automatizado.

A diferencia de otros análisis, el informe estudia las diferentes actividades dentro de cada ocupación para evaluar el porcentaje posible de automatización. Concluye que, con la tecnología actual —ya lista o en vías de implementación— únicamente 5.0 por ciento de las ocupaciones podrían ser totalmente automatizadas. Sin embargo, más de la mitad de las actividades dentro de cada ocupación podrían serlo.

Cada economía tiene un potencial distinto. En México el potencial de automatización es 52 por ciento, es decir, más de la mitad de las actividades que se realizan en todos los sectores económicos podrían ser reemplazados por máquinas. Son 25.5 millones de empleos. Para dar contexto, consideremos que hoy hay 52 millones de personas ocupadas. En sectores como agricultura, educación o construcción el potencial de automatización de México es mayor que el promedio global.

Algunas formas de automatización estarán sesgadas hacia los sectores de mayores habilidades. Es decir, podrá incrementarse la demanda por trabajadores altamente capacitados, mientras disminuye la de empleos que requieren menos habilidades. Esto podría, de inicio, ampliar la brecha de ingresos y empeorar la distribución del ingreso. En la medida en la que los salarios de los sectores menos productivos sean más altos, el ritmo de la automatización será mayor.

Las implicaciones de política pública son enormes. La innovación es un proceso que no debe ni puede ser frenado. No sólo eso, debe ser impulsado, pero acompañado de un sistema educativo distinto. Habrá que enseñar a los niños a aprender, a abrirles la mente y hacerlos flexibles al cambio. Habrá que pensar en ingresos suplementarios, en redes de protección, en reubicación de desplazados. Habrá que pensar en un sistema fiscal distinto, en enfoques diferentes para mejorar la distribución del ingreso.

Estamos a años luz de siquiera pensar estas cuestiones. Pero la innovación no se sentará a esperar que nosotros estemos listos.

La autora es profesora de Economía en el ITAM y directora general de México ¿cómo vamos?

Twitter: @ValeriaMoy

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