Opinión

Cuando el amor duele
(Segunda Parte)

     
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Muchas veces nuestro pasado es un factor para determinar cómo enfrentamos una mala relación. (Cuartoscuro)

El factor que más se asocia con la transmisión generacional de la violencia en hombres, es haber observado la violencia del padre contra la madre y haber sido el objeto de burlas sádicas por parte del padre. La vergüenza, producto de la humillación sistemática del yo, es una de las emociones más fuertemente asociadas con la violencia adulta. De la humillación crónica se sigue la fragilidad narcisista. Estos hombres transforman todos sus sentimientos dolorosos en enojo para proteger al yo debilitado.

Una de las fallas del violento es la capacidad de mentalizar, término acuñado por Fonagy y Target. Mentalizar es ser capaz de reflexionar sobre lo que se experimenta y sobre las propias acciones. También poder leer en las acciones lo que quizá esté pasando en la mente de los otros. El hombre violento no reflexiona (no mentaliza) y fusiona la agresión que siente con sus actos. En otras palabras, no piensa ni unos segundos antes de actuar la furia que siente.

Es común que la mujer victimizada haya sufrido rechazo y devaluación en su familia de origen. Marginales o invisibles o descritas como locas, problemáticas y destructivas por no haber obedecido el mandato de quedarse calladas y someterse.

Algunas madres son incapaces de tolerar a una hija inteligente con necesidades propias y la viven como demandante e imposible. Por encima de la hija siempre está el hermano varón, una madrastra o una cuñada (que elevan su estatus al vincularse con el padre o con el hermano). La mujer que puede enredarse en una relación violenta no fue la niña de papá ni la ayudante de mamá, sino relegada e ignorada.

La vida romántica suele ser la fantasiosa segunda oportunidad que muchos nos damos en la vida para ser amados y reconocidos. En el principio de la relación, una mujer se enamora de ser necesitada, adorada y admirada por un hombre infantil, vulnerable pero masculino. Las víctimas se convencen de ser indispensables en las vidas de sus hombres y el deseo de ser vistas, escuchadas y valoradas, mantiene el apego por la relación violenta. Quedarse no es solo producto del masoquismo sino una lucha feroz por el reconocimiento.

El nudo de estos niños perdidos está completo: hombres con historia de abuso, propensos a la vergüenza y conflictos intensos de apego y separación. Mujeres hambrientas de reconocimiento, de pertenencia y de sentir que son valiosas.

El ciclo continuo de actos violentos seguidos de la reparación romántica, es incomprensible para los que están afuera de la relación. El violento y la víctima son estigmatizados por todos. La víctima siente su autoimagen reparada cuando él le ruega que lo perdone. La pareja violenta es un sistema cerrado y adictivo. El paso del amor al odio y viceversa es extremo.

Los conflictos en la vida sentimental son inevitables pero no a este nivel. Entender y ayudar a cambiar las creencias contradictorias de la violencia es muy difícil: hombres que toman el control perdiendo el control. Mujeres que aman y protegen a hombres que las lastiman. Los retos son enormes: Responsabilizar a los hombres y al mismo tiempo ayudarlos. Liberar a las víctimas de su confusión sobre ser culpables de lo que viven.

La violencia es voluntaria e impulsiva, instrumental y disociada. Todas las teorías que sirvan para entender y ayudar a estas parejas son útiles: feminismo, relaciones de objeto, sistémica, culturalista, neurobiológica.
La ayuda debe orientarse a terminar la violencia, garantizar la seguridad y la reparación.

Las parejas violentas se ubican en un espacio transicional entre lo público y lo privado. Lo personal es político y lo político es personal, por lo que es necesaria una narrativa colectiva sobre la violencia en las relaciones y sobre el costo humano del abuso y la victimización.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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