Opinión

Cronenberg y Philibert: desmitificando

I. LA EXALTACIÓN ESTELAR. En Mapa a las estrellas (Maps to the Stars, EU-Canadá-Alemania-Francia, 2014), insidioso opus 22 del truenacocos canadiense universal cada vez más literario y chingaquedito a sus 71 años David Cronenberg (Crímenes del futuro 70, Promesas peligrosas 07), con guión del novelista místico Bruce Wagner (también turbulento autor total fallido de Te estoy perdiendo 98 y Mujeres en filme 01), la pirómana adolescente caribraciquemada recién salida del psiquiátrico Agatha (Mia Wasikowska malignamente encantadora con largos guantes negros) arriba en ómnibus a Los Ángeles, se liga de inmediato al conductor de limusina aspirante a actor-guionista pero apanicado erótico Jerome (Robert Pattinson subactuando), merced a un generoso twittazo de Carrie Fisher, consigue empleo como bocabajeada asistente milusos de la ajada actriz sólo obsedida por obtener el papel que volviera legendaria en los 60s a su luego autoinmolada progenitora Havana Segrand (Julianne Moore gloriosa) y, gracias a ésta, intenta reintroducirse en las vidas de miembros de su disfuncional familia, los seres queridos que añora pero que ahora, sólo por haber tratado de incinerarlos vivos algunos años atrás, la rechazan con violencia y la sacan a rastras de su mansión o de los estudios fílmicos donde suelen laborar, el padre seudoDr. Stafford Weiss (John Cusack), hoy exitoso en virtud de una pequeña celebridad del terapeuta de choque corporal aparte de TVconsejero autor de libros de autoayuda, y su declinante esposa Cristina (Olivia Williams), por sensible azar también su hermana incestuosa accidental, que se ha haya prácticamente en reclusión, pues se encuentra volcando todos sus esfuerzos en procurar la carrera de su prepotente hijo de 13 años Benjie (Evan Bird soberbio), quien, pese a su tierna edad, se haya en rehabilitación antidrogas e intenta retornar al estrellato, a través de una secuela de su cinta propulsora Bad Babysitter, si bien, a fuerza de presiones insoportables de su exaltación estelar, enloquecerá con culpable furia asesina a la primera droga de diseño GHB, mientras su madre se prendería fuego en una alberca y su padre se mataría en elipsis, ya echada a perder la dinámica actoral del muchacho, aunque pudiendo éste reunirse al fin con su hermana pródiga apenas acabe ella de ultimar a la envidiosa Havana con uno de los trofeos que adornaban su exasperada residencia baldía.

La exaltación estelar lanza sobre el actual mundo descompuesto de Hollywood una desmitificadora mirada acerba como nunca antes se hubiera concebido ni imaginado, incluso más allá del rencoroso desmontado de sus mecanismos corroídos por Minnelli (Cautivos del mal 53) o Aldrich (Intimidades de una estrella/El gran cuchillo 55) o Altman (El ejecutivo 92) o incluso el más cáustico Woody Allen (Stardust Memories 80, El precio del éxito 98), una antivisionaria visión desilusionada y resentida, seductora e irritante a la vez, minada y repulsiva, desesperante y desesperada, deliberadamente truculenta, barrocamente retorcida y gozosamente tremebunda, delirante en el sentido más saludablemente enfermo puesto que está siendo fundada y fundamentada sobre la marcha y de manera contradictoria, a semejanza d todos los cineastas de lo siniestro (llámense Polanski o Tsai Ming-ling, Zulawski o Fincher), mediante elementos tan dispares o definitivamente disparados e inconjuntables tipo el asalto constante de la desintegración mental y el consumo de enervantes como únicas guías posible hacia una conquista desalmada de la prefabricada popularidad volátil, la amoral persecución ampulosa del éxito a cualquier precio personal, la renuncia por principio a cualquier ideal o búsqueda axiológica o artística, el peso determinante del pasado determinante y triturador moral, el asedio constante de fantasmas subjetivamente visualizados (la madre antifáustica que acaricia a una hístero-vulnerado-dañadaza Havana, el actor puberto perseguido por la niña moribunda que visitó como mera exigencia autopublicitaria) e imposible de exorcizar (ni expulsando a gritos a los bañistas imaginarios de la piscina, ni baleando al perro del único amigo, ni siquiera estrangulando a un diminuto actorcito confundido con la infante espectral), la eufórica alegría por la desgracia ajena que hace correr y bailar de alborozo a la nefasta heroína al saber que el hijito de su rival por el ansiado rol se ahogó venturosamente, el vacío interior en pleno trío pansexual o cópula de a perrito en el lujoso vehículo con el eromanipulable galán de la ayudanta de súbito envidiada por su jovial lozanía, las ultragresivas alusiones signominosas a celebridades de todo tipo y época (a Shirley Temple, a Lance Armstrong, al Dalai Lama, a Nicole Kidman, a Halle Berry, a la Madre Teresa, a Oprah Winfrey o así, al mismo nivel, en un maniático dropping-names imparable) y, en último término pero no por ello insignificante, la irrealidad semidocumental de los ambientes urbanos tan envolventemente podridos cuan jubilosamente desencantados.

La exaltación estelar se coloca bajo la bandera prestigiosamente transgresora del doble incesto entre hermanos, del bárbaro repudio familiar y la reiterada inmolación/autoinmolación miniwagneriana por fuego para realizar, con acre humor anglocanadiense, un compendio de las tensiones cronenbergianas que van del horror biológico de Rabia o Engendros del mal a la sobrecarga novelística de Crash-Extraños placeres 96 o Cosmópolis 12, y de las cruentas heterodoxias fraternales de Dead Ringers 88 o Una historia violenta 05 a los consentidos desquiciamientos psicóticos de Spider 02 o Un método peligroso 11, aunando sátira social e irrecuperable decadencia personal, que no obstante sus disparidades pueden aliarse y cebarse hasta en contra de un carismático chavo estrello a lo Justin Bieber inflado de soberbia precozmente autodestructora, o a favor de las subyugantes artimañas inconfesables de esa chava cuya insaciable repetición en voz alta de un libertario poema postsurrealista de Paul Eluard (“Sobre mis cuadernos escolares/ sobre mis refugios destruidos/ sobre los escalones de la muerte/ escribo tu nombre: Libertad”) lo torna insano como una absurda idea fija al fin sublimadoramente programática, cual mantra pronunciado en la soledad desnuda al término victorioso de cada lance.
Y la exaltación estelar va a culminar en la consumación del más sublime pacto suicida, con los recuperados anillos de boda de los padres prescindibles y con vista a las estrellas, retacados de pastillas calmantes y de genuina calma ritual-sacrificial, por fin sin necesidad de mapa alguno.

II. EL RUMOR LUMINOSO. En La casa de la radio (La maison de la radio, Francia-Japón, 2012), prolijo largometraje documental del prolífico documentalista de 61 años Nicolas Philibert (La ciudad Louvre 90, El país de los sordos 92, Ser y tener 02, Nénette 10), se penetra y hurga al escalpelo durante un día en el emporio de la legendaria estación radiofónica parisina Radio France con 6 mil empleados, vista como un edificio monumental, a la vez que legendario, un ámbito pleno de filiales y hasta con coro y orquesta propios, un omphalos perfecto de donde habrán de salir cotidianamente todo tipo de informaciones y atracciones y compañía auditiva para millones de escuchas planetarios con demandas adecuadamente repertoriadas y satisfechas por expertos tan bien entrenados como es posible, un desfile de actividades y personajes que de inmediato se vuelven entrañables, exactamente como los niñitos escolares de la clase única de Ser y tener, gracias a esa enorme capacidad del realizador de meterse en el terreno cotidiano y existencial de sus criaturas para hacer de lo banal algo esencial e intransferible, una parada de adorables lunáticos y maniacos admirables, un rumor luminoso que inunda el cielo auditivo de Francia desde el punto del alba hasta volverse la única compañía posible y deseable y confiable ya muy entrada la nocturnidad.

El rumor luminoso se torna un cine-ensayo sobre el trabajo, un trabajo fílmico sobre el trabajo al filo de las horas (sólo 24 en total de hecho), los trabajos y los días, un trabajo semejante al realizado con los trabajos que el documentalista contempló y registró y efectuó al interior del colosal y mastodóntico Museo del Louvre en La ciudad Louvre al verlo como un mundo específico y autónomo y esotérico que poco tiene que ver con la realidad real, una mirada en continuum lanzada sobre oficios y destrezas duramente aprendidas, un maelstrom mutante, trátese de ese conciliábulo de locutores de noticias sentados a la ménsula matutina cual Caballeros de la Mesa Redonda milimétricamente coordinados, ese encargado fanático del archivo sonoro prácticamente sepultado entre CDs al grado de apenas poder asomar la cabeza para tirar su enardecido rollo erudito, ese narrador merolico de la vuelta ciclista que no pierde ningún detalle desde el ubicuo asiento trasero de una motocicleta en movimiento perpetuo entre serpeantes callejuelas pueblerinas y síndicos atosigantes más que acogedores. El rumor luminoso se basa gustosamente en la musicalidad, una musicalidad que al modo de El país de los sordos éstos mismos y sólo ellos son capaces de escuchar a cabalidad, una musicalidad hecha de la exquisiteces de cierta hipercontrolada soprano deletreando a Schubert y las oleadas sinfónicas de Mahler hasta las percutivas sonoridades inéditas de la electroacústica (vocal, acuática, mecánica a partir de un meccano de juguete) siempre a la vanguardia o los carismáticos desfiguros de un excéntrico grupito de hip-hop, una musicalidad que se trepa al caos de los contrastes y las simultaneidades para neutralizarlas y hallar su sentido, una musicalidad provista por el montaje rítmico secuencial que alegremente se emparenta con delicia y humor a El hombre de la cámara (Vertov 29) para metamorfosearlo de mil maneras en una especie de El hombre del micrófono multívoco, una musicalidad que consuma el prodigio de filmar la naturaleza del sonido soberano (no la carencia de éste como en El país de los sordos) y la materia misma de las voces más acá de su fuente emisora o de su imposible representación. Y el rumor luminoso pertenece a un nuevo tipo de documental que ya no se conforma con describir, expresar y dramatizar sino que narra delirios, en la línea de aquél Nénette centrado sobre un solo simio gutural dentro de su jaula de ecos proteicos, una docuficción en germen a su manera también delirando, el monstruo radiofónico alucinado y sus pequeñas filiales-tentáculos tan acústicamente alucinadas como él.