Opinión

Crisis de liderazgo

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Agustín Carstens, gobernador del Banco de México (Cuartoscuro/Archivo)

Es cierto, como planteó El Financiero en su primera plana del martes, que la desconfianza que siente el empresariado mexicano choca con la confianza de los inversionistas. Posiciones en las antípodas que describe el diario como “paradójicas”, al mostrar la baja significativa en el índice de confianza empresarial contra la inversión fija bruta que creció notablemente. ¿Cómo puede conciliarse esta aparente contradicción? Una respuesta la dio el director del periódico, Enrique Quintana, quien explicó que tiene que ver con el deterioro de las expectativas y la frustración que experimentan muchos empresarios.

Se puede añadir a esa reflexión el contexto de que el empresariado mexicano está empapado de los factores sociales y políticos que lo llevan por el camino de la desconfianza, que produce su incertidumbre. La cercanía a la realidad del día con día incide en su ánimo, mientras que los inversionistas, que se encuentran distantes, no están atropellados por la coyuntura. Si se usara la metáfora del bosque, se podría ver a los empresarios mexicanos entre las ramas podridas –inseguridad, corrupción, conflictos de interés o decisiones presidenciales controvertidas–, en tanto los inversionistas ven el conjunto de los árboles desde lo alto.

Los inversionistas ven sólo los indicadores macroeconómicos y el entorno, con decisiones a ser tomadas en el largo plazo. Los empresarios mexicanos tienen que actuar en diferentes tiempos de forma simultánea, donde el corto plazo eleva la temperatura del humor, por lo que sus decisiones están permeadas por lo inmediato. Por ejemplo, si para mantener la estabilidad le permiten a los maestros quemar propiedades de las empresas privadas en Guerrero, Oaxaca y Michoacán, y poner en riesgo a sus trabajadores, o si la logística de sus operaciones se altera por la inconformidad social y la violencia, sus estrategias son modificadas por acciones tácticas.

La cercanía incluye en el análisis la capacidad de liderazgo de sus gobernantes, mientras que la lejanía se siente satisfecha con la frialdad de los datos macroeconómicos. Las decisiones de los primeros están subordinadas al acontecer diario de la política, que tiene contaminada a la economía. Nada mejor para explicar esta realidad que la decisión del presidente Enrique Peña Nieto de modificar la reforma fiscal y gravar a quienes ya pagaban impuestos, convencido de que con esa propuesta originalmente del PRD, habría legisladores de izquierda que votarían a favor de la reforma energética. Eso no sucedió, y su error de cálculo político provocó el inicio ininterrumpido de la caída en la aprobación presidencial, y el ascenso imparable de su desaprobación.

La política económica ha arrojado crecimientos mediocres que difícilmente se alterarán en el mediano plazo, lo que ha llevado a cuestionar a muchos su capacidad de liderazgo. No fue fortuita la ovación estruendosa que se le dio al gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, en la última Convención Bancaria, frente al aplauso protocolar con el que trataron al presidente Peña Nieto y al secretario de Hacienda, Luis Videgaray. Entre los hombres del dinero, dejaron claro, hay buenos y malos servidores públicos, medidos en términos de resultados. Peña Nieto, parafraseando a Ronald Heifetz, director del Centro de Liderazgo Público de la Universidad de Harvard, no ha podido movilizar a aquellos que se oponen a sus políticas económicas o fiscales, mediante argumentación y persuasión que las acciones tomadas tendrán resultados positivos para todos.

Peña Nieto no ha tenido el liderazgo que necesita quien gobierna, aunque no parece importarle. Lo explicó claramente el jefe de Oficina de la Presidencia, Aurelio Nuño, en una entrevista publicada en El País de Madrid en diciembre pasado: “no vamos a sustituir las reformas por actos teatrales con gran impacto, no nos interesa crear ciclos mediáticos de éxito de 72 horas. Vamos a tener paciencia en este ciclo nuevo de reformas. No vamos a ceder aunque la plaza pública pida sangre y espectáculo ni a saciar el gusto de los articulistas. Serán las instituciones las que nos saquen de la crisis, no las bravuconadas”.

Lejos de buscar consensos, el presidente –en voz de su consejero–, no parece quererlos. Últimamente se ha reunido con empresarios sin sus colaboradores, y los ha dejado bien impresionados por una determinación y voluntad política que, sin embargo, no ven reflejada en sus acciones públicas. A los empresarios les agrada la interlocución con el presidente, pero creen que quien toma las decisiones no es él, sino el cerrado grupo que cogobierna con él.

“Hay una gran diferencia entre una autoridad y un líder”, explica Heifetz. “Mucha gente en posiciones de autoridad no ejercita el liderazgo. Mucha gente tiene liderazgo sin mucha autoridad, y a veces sin ninguna en absoluto”.

Lo que se espera de la autoridad es dirección, protección, orientación, control de conflicto y mantenimiento de las normas, argumenta, y algunas autoridades se ven limitadas en el ejercicio del liderazgo porque no quieren alterar la vida de nadie.

Bajo esos criterios, Peña Nieto está en déficit. Puede cambiar el rumbo, pero para hacerlo tendría que estar consciente que lo necesita para gobernar y desterrar la idea reduccionista que su objetivo no es ser popular, sino gobernar bien, porque el tiempo le dará la razón. No se trata de ser popular, sino de dar resultados y construir el consenso para gobernar que hoy tiene, según los estudios demoscópicos, de manera artificial y con 44 meses más por venir. El presidente debe tener claro que solo, no podrá gobernar.

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