Opinión

Creyendo en
cuentos chinos

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China

Después de las fuertes caídas en los mercados accionarios internacionales, estamos presenciando una recuperación que dice justificarse porque el ministerio de Finanzas chino anunció planes para acelerar proyectos de construcción y reducir la carga fiscal corporativa. Eso es un cuento chino.

En los últimos años, mi objeción principal al modelo económico chino proviene de mi absoluto escepticismo a la posibilidad de que un gobierno pueda dictar crecimiento, que tenga capacidad indefinida para establecer contrapesos a las fuerzas del mercado. En la historia de la humanidad, no ha existido un Estado con tal fuerza, por autoritario o inteligente que sea.

El problema de generar crecimiento con base en el crédito está en que cada vez se necesita más. Se crea una pirámide invertida insostenible en la que la calidad del crédito otorgado va siendo cada vez menor. Conforme crece el número de deudores que deja de pagar, se van deteriorando los balances bancarios.

Esto ha pasado en China. Pero, en un sistema bancario estatal que no responde a los intereses de accionistas privados sino a los del gobierno central, los bancos han estado más que dispuestos a acelerar el otorgamiento de crédito a deudores que claramente no tienen capacidad de pago, prestándoles simplemente para que tengan con qué pagar los intereses de lo que deben. Esa práctica no es sostenible.

No lo es por otro gran problema que se genera cuando se busca invertir con el único objetivo de crecer. Idealmente, el proceso de invertir implica asignar recursos al mejor proyecto posible, a aquel en el cual se logrará optimizar la relación riesgo-rendimiento. Cuando el encargado de elegir dónde invertir es un gobierno que busca maximizar empleo y crecimiento, se construyen grandes elefantes blancos, ciudades fantasmas, e infraestructura redundante.

Por ello, el impacto marginal de cada unidad adicional de crédito va decreciendo. En 2007, cada yuan de crédito nuevo añadía 83 centavos de PIB. Para 2012 esa cifra se había reducido a 29 centavos, y para el primer trimestre de 2013 ya eran sólo 17.

Sabemos que China había decidido cambiar de modelo económico de uno que buscaba maximizar inversión a otro que quería depender de mayor consumo local, conforme fuera creciendo la pujante clase media. En ese “paso de la muerte”, cambiando de un modelo al otro, el crecimiento se cayó más rápido de lo esperado. La fragilidad de una dictadura se manifiesta cuando el factor que la legitima desaparece, ese factor era el crecimiento, que permitió una mejora continua en el nivel de vida de su población.

Tal y como ocurrió en China, muchas economías emergentes basaron su crecimiento en el crédito. Aprovecharon un entorno de tasas de interés históricamente bajas, combinado con que sus monedas estaban históricamente fuertes, para construir capacidad que les permitiera producción creciente de materias primas, como el acero brasileño por ejemplo, para poder proveer a la insaciable demanda china. Al detenerse ésta en forma súbita, ahora se topan con que tienen enorme capacidad instalada potencialmente ociosa, una deuda cuantiosa y una moneda devaluada.

La tentación natural de esos productores será utilizar la capacidad creada para vender, aunque sea con pérdida, con tal de generar flujo de efectivo que les permita seguir amortizando su deuda y pagando salarios, con la esperanza de que sean sus competidores en el mercado los que revienten antes, permitiendo así una reducción en la capacidad total que permita que los precios se recuperen.

Ese proceso será largo y doloroso. Por lo pronto, sabemos que la demanda que proviene de economías emergentes será mucho menor en los años por venir. Sabemos también que en muchos casos la oferta de bienes como el petróleo, por ejemplo, excederá por mucho a la demanda. La presión deflacionaria generada por esa situación hará un fuerte daño a la economía mundial.

Por todo lo anterior, los ajustes que empezamos a ver en los mercados financieros apenas empiezan. La capacidad de las empresas para generar utilidades se verá fuertemente mermada por la debilidad de la demanda global y por el excedente de oferta, en lo que van quebrando algunas empresas y se retiran del mercado.

Este es un momento para incrementar la productividad en forma obsesiva. En un mundo que no crece, la única forma de lograr crecimiento proviene de quitarle participación en el mercado a otro. Esto sólo se logra con competitividad.

En un entorno así, la corrupción es particularmente dañina. Lo es no sólo porque encarece todo proyecto productivo y desincentiva a inversionistas potenciales de asumir riesgo en el país en cuestión, sino también porque sesga la asignación de recursos tratando de llevarlos a proyectos que maximizan la renta de los políticos corruptos, y no a los que son prioritarios o hacen más sentido.

Los grandes cambios que vienen no se medirán en meses sino en lustros. Es importante tener consciencia de ello.

Twitter: @jorgesuarezv

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