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Informe CIDH.

El país se deshacía como una pastilla efervescente en medio vaso de agua después del informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes que contradice la versión oficial sobre los hechos de la noche de Iguala y el final macabro y siniestro de los 43 jóvenes normalistas de Ayotzinapa. Tres asuntos: no fueron incinerados en Cocula, los expertos independientes dicen que eso resulta científicamente imposible, las llamas de los cuerpos, las llantas, la madera habrían ocasionado un incendio forestal; segundo, existe un quinto camión cargado con droga que los estudiantes secuestraron por error firmando su sentencia de muerte; tercero, el informe insinúa que no sólo la policía intervino en los hechos sino el Ejército mismo y considera oportuno buscar hornos crematorios en el territorio cercano a la masacre.

Gil no quiere ponerse pesado, pero los expertos independientes han logrado con muy poco una respuesta descomunal. La razón quizá estriba en que la investigación induce a concluir que el informe oficial de Murillo Karam ha construido interesadamente un montaje, una gran mentira. Quienes desde hace un año querían escuchar que “la verdad histórica” era un “patraña histórica”, al fin oyen esa música negra y no son, por cierto, solamente los padres sino el movimiento de oportunistas que ha tomado esa bandera. Ah, Gilga ya oye a lo lejos a la banda con sus estandartes y sus matracas: neoliberal infame, reaccionario de poca monta, integrante de la mafia en el poder, hirsuto.

Por cierto y cierta, especialistas de prestigio como el ingeniero español Guillermo Rein, con tantas medallas académicas que tapizarían esta página del fondo, y la doctora estadounidense Elayne Juniper Pope, con maestrías y doctorados de donde usted quiera y mande, ambos, han dicho que los jóvenes sí pudieron ser incinerados en el basurero de Cocula.

Como sea que suene y si Gil ha entendido algo, cosa improbable, no puede ser sino una victoria de los expertos independientes que la procuradora Arely Gómez haya anunciado un nuevo peritaje en el basurero municipal de Cocula a cargo de un “cuerpo colegiado de forenses del más alto prestigio”.

Viejos
Gilga tocará la orilla de la vejez, si la vida lo trata bien, y habrá visto pasar frente a sus ojos decenas de peritajes realizados en Cocula y nunca coincidirán dos de ellos pues todos los actores interesados, demasiado interesados, han tomado sus puestos: de un lado los que creen a pie juntillas que se trata de un crimen de Estado; del otro, los que sostienen que el crimen organizado, la policía, el gobierno perredista de Guerrero y el personaje anónimo que envió a los jóvenes de Ayotzinapa a Iguala son los verdaderos culpables del asesinato; de un lado quienes consideran que el informe oficial es una patraña; del otro los que creen que con todos sus numerosos defectos imperdonables, el informe de Murillo Karam contiene una versión producto de una investigación (sión-ción) seria de los hechos; de un lado los que consideran una verdad si no histórica al menos cercana a la verdad la que guarda en sus 600 páginas el informe de los expertos independientes; del otro los que piensan que los expertos no parecen tan expertos ni tan independientes. Por estos motivos, Gamés cree que llegará a viejo sin una versión que unifique más o menos los hechos de la Noche de Iguala. Helas!

Eduviges
La tía Eduviges vivió y murió convencida de que el hombre nunca había llegado a la Luna. Siempre pensó que el comandante Neil Armstrong nunca puso aquella bota blanca de suela increíble en la superficie lunar, que todas esas imágenes eran un invento de la locura megalómana estadounidense. Quiso persuadirse la tía Eduviges de que todo lo que supuestamente había pasado el 20 de julio de 1969 era una mentira, un montaje realizado en extraordinarios y costosísimos estudios televisivos que simulaban los parajes de la Luna con colosales aparatos de comunicación, una nave sofisticada que nunca despegó de Cabo Cañaveral. La mente de tía Eduviges funcionaba con tanta complejidad que el montaje mismo que producía su cabeza desconfiada, o confiada, como usted quiera, era mucho más complicado, difícil, arduo, inverosímil que el mismísimo viaje a la Luna. Eduviges vivió feliz y murió convencida, sin sombra de duda, de que el viaje del Apolo 11 nunca había ocurrido. Gil no sabe por qué ha traído el recuerdo de la tía Eduviges a esta página del fondo, no le hagan caso, en fon.

La máxima de Talleyrand Périgord espetó en el ático de las frases célebres: “Hay una cosa más terrible que la calumnia: la verdad”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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