Opinión

Crecimiento económico con equidad

16 noviembre 2017 5:0
 
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IMEF

Por Katia Carranza Velázquez*

La educación de calidad, es decir, una educación que cumpla el mandato constitucional de garantizar el máximo logro de aprendizaje para cada alumno, es un elemento crucial para el futuro de México. Es claro que es un área estratégica del desarrollo social, pues atiende la raíz de los problemas, mientras que otros campos de la política pública logran apenas mitigar los efectos de distorsiones ya presentes. La justicia, la prosperidad y la equidad de la nación tienen fundamento en la capacidad de las personas que la componen, y dependen de la posibilidad de que la voz, agencia y participación de los ciudadanos se desarrollen desde su infancia y juventud, y continúen a lo largo de su vida.

El Desarrollo Infantil Temprano (DIT) se vuelve una etapa crucial en la vida de todo ser humano y un aspecto fundamental para lograr la equidad; puede delimitar trayectorias en la salud, el aprendizaje y la conducta e influir en las futuras etapas del desarrollo. El ambiente en el que viven los niños afecta su salud física y mental, no solo la inmediata, sino también la posterior, así como su capacidad de afrontar y resolver situaciones.

Durante estos años (cero a cinco), se puede favorecer (o no) un explosivo y expansivo enriquecimiento de las capacidades, de manera que las limitaciones del contexto familiar y del entorno socioeconómico puedan llevarse a la mínima expresión. Por ejemplo, una niña en su primera infancia, con la interacción adecuada puede desarrollar pautas de aprendizaje que resultan equiparables con los de sus pares nacidos en contextos más favorecidos, y puede distanciarse notablemente de los condicionamientos vinculados al bajo ingreso o la corta escolaridad de sus padres.

Los cuidadores y agentes educativos que los atienden tienen la responsabilidad de ofrecerles espacios seguros de aprendizaje y ambientes en los que no predomine el estrés crónico, causado por abusos físicos, sexuales y psicológicos; por el contrario, deben estimularlos de manera temprana, pero principalmente interactuar con ellos para propiciar el máximo desarrollo de sus capacidades y habilidades.

Comenzar a generar la equidad desde el DIT tiene una dimensión práctica y económica: los individuos desarrollan al máximo sus capacidades, y por lo tanto, generan más valor en el mismo tiempo comparados con aquellos que no tuvieron una interacción adecuada. A su vez, las personas que tienen sus capacidades más desarrolladas generan mayor riqueza y la distribuyen mejor, disminuyendo la inequidad e injusticia y propiciando mayor prosperidad.

Aunado a esto, en nuestro país tenemos una visión limitada de la educación: únicamente se le concibe como el espacio en donde los individuos desarrollarán sus capacidades, pero éstas están ligadas al empleo. Es decir, aprenderán técnicas y conocimientos que les ayudarán en sus actividades laborales, como por ejemplo, elaborar la nómina de una empresa, diseñar y construir adecuadamente un edificio o arreglar una computadora, pero no se le concibe como el lugar en el que se forman ciudadanos, en el que se inicia la participación, la expresión de ideas o la manifestación de inquietudes.

Es por eso que el DIT debe ser un proyecto prioritario, justamente porque es una de las etapas más decisivas y definitorias del futuro de un individuo. Si queremos un país con equidad, debemos sacarlo del abandono en el que está y darle un lugar prioritario en las políticas públicas. Debe ser el primer espacio en el que se tome en cuenta los intereses de los niños, para que cuando ingresen a la educación básica cuenten con las herramientas indispensables para seguir desarrollando esas capacidades.

Por eso se requiere una escuela que esté preparada para recibir a estos niños, que han desarrollado de manera adecuada sus capacidades. Es cierto que la educación básica está cambiando. En los contenidos de los libros de texto gratuito se incluyen valores, se habla de democracia, hay una orientación sobre cómo los estudiantes deben afrontar algunos inconvenientes o situaciones personales, familiares o con la comunidad.

Con el componente de autonomía curricular se comienza a dar independencia a las escuelas para que puedan decidir una parte de su currículo, pero no basta con eso. Se requiere perseverancia y sobre todo, recobrar el enfoque del aprendizaje en ciudadanía, lograr que las escuelas sean verdaderamente un laboratorio de la sociedad, en el que la participación de los niños, niñas y adolescentes en sus procesos de aprendizaje sea el primer paso para su desarrollo como ciudadanos. Si no logramos transmitir esta premisa, estaremos haciendo mal las cosas.

La educación, como valor, es un tema en el que pueden converger diferentes referencias políticas, pero si todos, incluida la sociedad civil, partimos con la misma visión de cómo debe ser, será más fácil comprometernos a llevarla a cabo.

Investigadora de Presidencia Ejecutiva de Mexicanos Primero

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