Opinión

Cosas raras que pasan

 
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Auditorio Ché Guevara.

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil leyó en su periódico La Razón que dos de las aspirantes a ocupar la rectoría de la UNAM, las directoras de las facultades de Ciencias y Derecho, coinciden en que el auditorio Justo Sierra le sea devuelto a la comunidad universitaria. Parece poca cosa, pero el hecho escalofriante es que desde el año de 1999 un grupo de activistas, aserrines del consejo de huelga que secuestró la universidad durante nueve meses, se enquistó en el viejo auditorio.

En el año de 1999, cuando la Policía entró a la UNAM para recuperar las instalaciones de las que se adueñó un fantasmal comité de huelga, el auditorio Che Guevara, o Justo Sierra, o Che Sierra quedó en manos de un grupo de huelga y huelgo. Y hasta la fecha. Como lo oyen, para evitarse un problema serio, las autoridades de la UNAM decidieron regalarle el Justo Sierra a un grupo de jóvenes rufianes que lo ha usado durante quince años como hostal, fonda, narcotienda, burdel, picadero, dormitorio, comedor, baño, casino, palenque, antro, piquera, en fon.

Si se regalan auditorios y se permite elegir, Gil quiere dos o tres cubículos de la Hemeroteca Nacional. Gamés se escurrió del mullido sillón y meditó en estado líquido: la pregunta es más bien simple: ¿la autoridad universitaria debe regalar pedazos de CU para evitar el vandalismo y la delincuencia? La autoridad ya obsequió el auditorio 15 años a un grupo de mendigos, borrachines, narcomenudistas, locos, ladrones, o lo que sean. Las autoridades han mantenido la paz en la Universidad, pero han tenido que ceder territorio público a la delincuencia.

Diálogo
Por estas verdades históricas, oh, las declaraciones de Rosaura Ruiz Gutiérrez de Ciencias y María Castañeda Rivas de la Facultad de Derecho tienen un peso específico (gran fórmula que nada dice) en el umbral de la sucesión. Esa es la buena noticia; pero hay una mala, las dos académicas afirman que será por el camino del diálogo que intentarán recuperar el auditorio. Jóvenes, buenas tardes, les pedimos encarecidamente que devuelvan el auditorio de la Facultad de Filosofía que desde hace algún tiempo, tampoco tanto, no exageremos, ustedes han utilizado para actividades no precisamente universitarias. Yo y mi equipo de funcionarios vamos a cerrar los ojos, en cuanto los abramos, ustedes desaparecen y santa solución. ¿De verdad las académicas creen que con diálogo les devolverán esa propiedad de la UNAM, es decir, de la nación? Un lamento se oyó en el amplísimo estudio: Ay, mis hijaaas ingenuas y tiernas.

Autocita
Gil se ha referido antes a este asunto del auditorio. Para no incurrir en pecado de refrito, prefiere la autocita, pecado menor:

La Facultad de Filosofía y Letras es el alma máter de Gilga. En el salón 103 recibió clases de cultura universal, en los salones del sótano dormitó mientras le enseñaban la lingüística; en el 215 se realizaron exposiciones de método crítico, que no era ni crítico ni método. Seminarios, créditos, optativas. Gonzalo Celorio y Hernán Lara Zavala daban buenas clases; Llompart enseñaba bien la historia de la cultura; Annunziata Rossi repasaba a fondo el diario de Pavese; Ingrid Weikert mostraba a los alemanes; Jaime Erasto Cortés proponía antologías de la crítica; Raquel Serur debutaba en la docencia y daba la materia de análisis de textos; Anamari Gomís investigaba y daba clases. En esa época, el Auditorio Che Guevara, antes Justo Sierra, programaba ciclos de cine culto.

El Auditorio Che Guevara no existe; o bien, existe, pero de otra forma; se convirtió en la casa de un grupo de jóvenes. Se lo apropiaron. Y deben ser temibles estos jóvenes, pues desde hace 15 años nadie ha podido ni querido echarlos a la calle para devolverle el auditorio a los universitarios.

En los interiores del extinto Justo Sierra viven, si no felices, sí cómodamente más de veinte familias. Sí, Gilga ha escrito familias. Los prados de la universidad son sus jardines, los salones de la facultad su escuela, el circuito de tránsito universitario, sus avenidas; en fin, una auténtica ciudad, se mandan así mismos, nadie los molesta. Incluso han iniciado negocios de comida rápida, fritanga, pulque (sí, pulque) y han realizado exposiciones de fotografía revolucionaria. No le pagan un peso a nadie, los mantiene la UNAM. ¿Cómo la ven? Sin asomo de albur.

Gamés sabe lo que están pensando la lectora y el lector: ¿por qué no los echan a la calle a patadas? Está bien, quitemos lo de las patadas y aceptemos lo de la calle con las amabilidades del caso. ¿Es Gil un reaccionario por inconformarse con el regalo que la UNAM le ha hecho a esas familias? Puede ser. Ahora mal: ¿estas líneas contienen un ataque insano a la UNAM? No, salvo que el silencio sea una forma de solidaridad con la cultura universitaria.

La sentencia de Aristóteles quiso adueñarse del ático y espetó: “Gracias a la memoria se da en los hombres lo que se llama experiencia”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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