Opinión

Corrupción y privilegios

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dinero

El mito fundacional de la modernidad, le decía ayer, es que todos los seres humanos somos iguales, y por lo tanto tenemos el mismo derecho a participar en el gobierno y la economía, y a ser tratados de la misma forma. Pero durante prácticamente toda la historia (desde hace seis mil años, pues) no fue este mito el que prevaleció, sino otro en el que las personas tenían su vida determinada por su nacimiento. Quien nacía en el grupo dirigente eso sería, y quien nacía entre militares a eso se dedicaría. Nacer campesino era vivir siempre en esa condición, la menor entre todas. Salvo casos muy excepcionales, nadie lograba evadir su destino, escrito en su nacimiento.

La transformación ocurre en occidente, Europa para ser precisos, y se relaciona con la disputa por el poder. El de la fuerza, el de los recursos y el de las ideas. A mí me gusta fechar su inicio en 1517, con la Reforma de Lutero. Menos de veinte años después de la muerte del monje, inicia la guerra que abrirá el espacio en Países Bajos para el inicio de la modernidad, que se traslada a Gran Bretaña un siglo después, e invade el mundo de las ideas en Francia en el XVIII.

Pero durante todo ese tiempo, una parte de Europa no aceptó las nuevas ideas. Preferían los privilegios, los fueros, las viejas costumbres, y especialmente la religión tradicional. Con esa parte de Europa íbamos nosotros, integrantes del imperio español. Cuando éste se derrumba a manos de Napoleón, y las nuevas ideas amenazan transformar España, mejor nos independizamos, para seguir siendo los de siempre.

Doscientos años después, América Latina es el continente más desigual del mundo, porque acá los seres humanos no son todos iguales. Hay unos que nacen para mandar, y otros para obedecer, y su circunstancia económica es reflejo de ello. No al revés, como creen muchos economistas, que piensan que bastaría con mejores políticas sociales, o más crecimiento, o salarios más elevados para resolver nuestros profundos problemas.

No, lo nuestro no es económico. Nuestro problema, insisto, es mental. No podemos aceptar el mito fundacional de la modernidad: no queremos ser iguales. Construimos obstáculos para mantener la pirámide en su lugar. El color de la piel, la forma de hablar, lo que sea para poder discriminar, es decir, separar unos grupos de otros, en estricto orden ascendente, y ubicarnos lo más alto que podamos. Y eso se reflejará, sin duda, en lo económico, que nos permitirá trasladar la posición obtenida a la siguiente generación.

Observe usted que mantener estos privilegios implica considerar a otros como inferiores, y por lo mismo susceptibles de ser maltratados: invadiendo la fila, estacionando donde nos parezca, abusando en lo posible. La única forma de impedir los privilegios en una sociedad moderna es a través de reglas claras, aplicables a todos. Es esa ley que, insisto, los mexicanos no quieren aceptar. Quieren que se les aplique a los demás, y no a ellos mismos, que son privilegiados.

No sé si he logrado describir lo que me parece el fondo del problema. No logramos enfrentar la corrupción, porque eso implicaría aplicar la ley, pero eso nos obligaría a aceptarnos todos como iguales, y renunciar a los privilegios. Si no somos todos iguales, entonces algunos están por encima de la ley: cada uno en su esfera, y lo más que puede. Cuando la esfera incluye a la empresa o a la política, la corrupción no es sino natural. Permítame intentar mañana algunas ideas acerca de cómo enfrentar los privilegios.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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